Permiso para hacer la revolución

Una visión de la mujer como ‘sororidad’, como colectivo de hermanas, desde la comunidad de monjas que compusieron en el siglo XII el ‘Hortum Deliciarum’ hasta las modernos grupos de activismo feminista

Un instante del siglo XII: el momento en el que sesenta monjas, fatigadas sus miradas, manos e intelecto, terminan El Hortus Deliciarum. Tras treinta años de trabajo se detienen y posan: “Aquí estamos, nosotras fuimos las autoras de este libro”.

mujeres masonas

A la derecha aparece una figura preeminente, se trata de Herralda, la abadesa del scriptorium de Hohenburg, quien sostiene un pergamino en el que podemos leer la siguiente dedicatoria: “Herralda, por gracia de Dios abadesa de la iglesia de Hohenburg, aunque indigna, augura la gracia y la gloria del Señor a las dulcísimas vírgenes de Cristo (…). Para vuestra santidad os ofrezco este libro, que se titula Jardín de delicias”. Consciente de que su obra era un esfuerzo coral, quiso recompensar el trabajo de las novicias representándolas para la posteridad tal y como eran: unas jóvenes y otras ancianas, altas o encorvadas, cada una con su tocado particular, su nombre propio y singularidad intransferible. El Hortus fue una obra hecha en colaboración por las mujeres de la orden (las trescientas treinta y seis ilustraciones miniadas que recogen desde temas filosóficos, teológicos, históricos y literarios hasta escenas de la vida cotidiana en torno al convento de Hohenburg nos hablan de un trabajo desarrollado en equipo) y para las mujeres de la orden (con este “libro de texto” se las instruía en la lectura, en el aprendizaje de la, la composición e interpretación de textos, el estudio del latín y el aprendizaje de las técnicas para realizar miniaturas).

Pero si algo resulta sorprendente de esta imagen del siglo XII es que retrata el fin de una época: una época en la que, al menos intramuros, las mujeres se reconocen como maestras cultas y alumnas atentas, como sujetos ilustrados hermanadas, en este caso, por su valía intelectual.

DE HERRALDA A SHULAMIT

No años, sino siglos después nos encontramos con la fotografía de una joven que con sus enormes ojos miopes mira atentamente a la cámara de Michael Hardy. Su aspecto físico delata la época que corre, finales de los sesenta, pero jamás podríamos derivar de él la vasta experiencia política que esta mujer atesora: a los 23 años ha fundado tres de las organizaciones feministas más importantes de Nueva York, el New York Radical Women, Redstockings y la organización New York Radical Feminist. Ella es Shulamith Firestone y tras el éxito de su Dialéctica del sexo, publicada a los veintiséis años, abandonará la vida pública.

mujeres masonas

Podríamos ahora buscar un paralelismo entre la imagen del siglo XII y la fotografía de 1970, hacer un ejercicio literario que capture las similitudes entre la foto de tres cuartos de Firestone y las imágenes de las hermanas del Hortus. Pero no es necesario acudir a tal ejercicio para engarzar ambos momentos, ya que la propia Firestone urdió su trabazón en el Manifiesto de las Redstockings publicado en 969. Para acabar con las diferencias que mantenían separadas a las mujeres, las Redstockings se centraron en modelar una teoría de la hermandad o sororidad. Con este término se hacía referencia a la conciencia femenina del sometimiento dentro de la estructura patriarcal y a la reacción contra el mismo. El término sororidad, ausente en los diccionarios de la lengua española, procede de la raíz etimológica “sor” (definida como “hermana” casi siempre en relación con el ámbito religioso) y alude a la hermandad de las mujeres en el rechazo del papel que les ha tocado jugar en el guión patriarcal. Todas las mujeres unidas por una experiencia común de opresión, podría ser el lema que convirtió a las Redstockings en uno de los grupos más representativos del activismo feminista.

Desde 1967 los grupos en los que militó Shulamith Firestone bien fuera junto a Pan Allen (en el NYRW) Anne Koedt (en el NYRF) o Ellen Willis (en Redstockings) protagonizaron acciones de desobediencia civil en las que se empleaban métodos creativos para despertar la autoconciencia de las mujeres.

CABEZAS DE CERDO EN BANDEJA

Esta creatividad activista no pretendía ser arte, aunque sí utilizaba herramientas propias de él como los happening, las performances o el teatro de calle. Las componentes de WITCH emularon aquelarres en Wall Street y ante la sede de la Union Fruit Company , se pasearon desnudas portando bandejas con cabezas de cerdo durante la convención del partido demócrata en 1968, aunaron esfuerzos con el Women’s Liberation Movement (WLM) para boicotear el concurso de belleza de Miss America en Atlantic City, tiraron simbólicamente a la basura sujetadores, fajas, cosméticos y zapatos de tacón, asaltaron la Feria Nupcial de Nueva York de 1969…

Todas estas acciones tuvieron como denominador común el cruce entre creatividad plástica, práctica comunitaria y activismo político al asalto de instituciones clave en la dominación patriarcal. Formas de protesta social que fueron en sí estructuras estéticas y cuyo éxito dependía de su efectividad artística pero, al mismo tiempo, superaban los límites de la estética al influir en la opinión pública y a través de ella en la política. No cabe duda de que esto último sucedió: muchas mujeres fueron tomando las riendas de su vida y motivaron a otras a hacer lo mismo, se construyeron redes más amplias, agendas más completas y se multiplicaron las organizaciones, las protestas, marchas y manifestaciones.

En el año 1959 Simone de Beauvoir escribía: “A lo largo de la Historia las mujeres no han ganado más que lo que los hombres han querido concederles; no han tomado nada, han recibido” . Y esto, a juicio de la filósofa francesa, se debía a que entre las mujeres no había solidaridad ni sentimiento de unidad: “Viven dispersas entre los hombres, conectadas por el hábito, el trabajo, los intereses económicos y la condición social a algún hombre más estrechamente que a otras mujeres”. Diez años después de que Beauvoir describiera esta situación todo empezaba a cambiar gracias a la consrucción de la sororidad y de la pronunciación del “nosotras” como declaración de principios. El relevo de las Redstockings o de WITCH fue tomado por las Guerrilla Girls, las Pussy Riot, Femmen…

Kathleen Hanna y sus compañeras de Bratmobile escribían: “Porque nosotras, las chicas, ansiamos discos y libros y fanzines que nos hablen a nosotras y en los que nosotras nos sintamos incluidas y comprendidas”. Los nueve siglos que han pasado entre las líneas del Riot Grrrl Manifesto y el El Hortus Deliciarium confirman que cuando las mujeres son capaces de pensarse como colectivo no es necesario pedir permiso para hacer la revolución. Sólo añadir a este lance final una proclama a su altura, la de las chicas rojas e intelectuales del 69, las Redstockings:

“Convocamos a todas nuestras hermanas a unirse con nosotras en lucha. Llamamos a todos hombres a dejar su privilegio masculino y apoyar la liberación de las mujeres para el interés de la humanidad y de ellas mismas. El tiempo de las pequeñas batallas individuales ha pasado. Ahora vamos hasta el fin”.

Fuente original de este artículo [en línea]: http://mas.asturias24.es/secciones/lecturas/noticias/permiso-para-hacer-la-revolucion/1409725780

Autora del artículo: Susana Carro Fernández
Susana Carro Fernández (Mieres, 1971) es Doctora en Filosofía por la Universidad de Oviedo con la tesis que lleva por título Del arte feminista al arte femenino. Tiene en su haber tres obras publicadas: Educación para la igualdad de oportunidades (Ediciones FMB, 2001), Tras las huellas de El segundo sexo en el pensamiento feminista contemporáneo (KRK Ediciones, 2002) y Mujeres de ojos rojos (Editorial Trea, 2010). Actualmente coordina la edición del volumen Salud sexual y reproductiva y opciones de maternidad, de próxima publicación en la Editorial Trabe. En la actualidad es miembro de la asociación Deméter, colabora con la Universidad de Oviedo en tareas de investigación sobre estudios de género y escribe en publicaciones como las revistas Koré de Historia y Pensamiento de Género y la Revista Internacional de Culturas y Literaturas. En el presente desarrolla su actividad profesional como docente en el Instituto de Enseñanza Secundaria de Candás, Asturies.

Cinco libros fundamentales del feminismo (2)

Cinco libros fundamentales del feminismo
De Betty Friedan a Judith Butler, diferentes visiones de la identidad femenina

Por Montserrat Barba Pan

Casi todas las grandes autoras del feminismo han abordado en algún momento o como eje de su pensamiento la construcción de la feminidad. Muchas de las dificultades de las mujeres para ser plenamente libres y alcanzar sus derechos tienen su origen en este “molde”, que choca con su proyecto individual o colectivo de vida.

Los cinco ensayos seleccionados son clásicos del feminismo que abordan la identidad femenina desde diferentes perspectivas (incluso la negación de la misma). Fueron escritos en la segunda mitad del siglo XX y pertenecen a dos escuelas, la francesa y la americana:

“El segundo sexo”, Simone de Beauvoir
“Simone de Beauvoir”©Evening Standard/Getty Images
Simone De Beauvoir
‘El segundo sexo’ (1949) de la filósofa existencialista Simone de Beauvoir es la obra clave del feminismo de la segunda mitad del siglo XX y principal obra de referencia de la corriente del ‘feminismo de la igualdad’. Todos los textos posteriores la han tenido en cuenta, en muchas ocasiones para cuestionarla o rebatirla.

En ella se afirma “No se nace mujer, se llega a serlo”, es decir, no existe una esencia femenina (ni masculina). Teresa López Pardina, en el prólogo a la edición española lo explica de la siguiente manera: “Nos transmite que el género es una construcción cultural sobre el sexo, esto es, que la feminidad y la masculinidad son formas de ser mujer u hombre determinadas por la cultura y la sociedad”.

En este tratado, Beauvoir aborda temas como la educación, la independencia, el amor y el sexo romántico, el matrimonio, el lesbianismo y la maternidad, oponiéndose en todo caso al reduccionismo biológico.

Principales fragmentos e ideas de ‘El segundo sexo’. Enlace

Fuente: About.com Cinco ensayos fundamentales del feminismo [En línea] http://feminismo.about.com/od/publicaciones/tp/libros_feminidad.htm. [Consulta:19 de enero 2014]
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¿A quién pertenece el cuerpo de las mujeres?

¿A quién pertenece el cuerpo de las mujeres?

Amparo Ariño Verdú, doctora en Filosofía por la Universidad de Valencia, envía a Núria Varela, autora del blog nuriavarela.com, este interesante artículo que ella comparte como blog invitado y nosotras como blog con artículos muy interesantes.

http://nuriavarela.com/quien-pertenece-el-cuerpo-de-las-mujeres/
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¿A quién pertenece el cuerpo de las mujeres?

Amparo Ariño Verdú

Voy a centrarme en la alienación del propio cuerpo que sufre la mujer por el hecho de serlo. Es decir, la que sufre exclusivamente por ser mujer. Se trata por tanto de una situación específicamente femenina. Desde esa perspectiva es desde la que planteo la cuestión: ¿a quien pertenece el cuerpo de las mujeres?
¿Les pertenece a ellas mismas, como sujetos que son? ¿Pertenece sus parejas? ¿Pertenece a su familia, a la sociedad? ¿Son entonces realmente sujetos, y sujetos de derecho las mujeres, o son sólo objetos y objetos-para-otros?

Desde hace más de un siglo se han producido avances, diríase que innegables, en la situación legal de la mujer en Occidente -incluido, aunque con bastante retraso y con incierto futuro-, nuestro país. Pese a ello parece como si, de modo no siempre explícito, el cuerpo propio continuara sin pertenecerle a la mujer.

En el pensamiento dominante a la mujer se la ha venido identificando con su cuerpo y por ende con la corporeidad, cosificandola así. El ser de la mujer es su cuerpo, y cuerpo sexuado. “Tota mulier in utero” escribió Tomás de Aquino, el filósofo que cristianizó a Aristóteles. Del pensamiento aristotélico-tomista (que tiene más de tomista que de aristotélico) nutre la iglesia católica muchos de sus dogmas y trata de darles una pátina de pensamiento racional. Y ese cuerpo del que habla Tomás de Aquino es mera «cosa», repito, mero objeto. Pero las cosas no son personas, no son sujetos. Las cosas no tienen derechos. Por eso los derechos de las mujeres, aun allí donde son reconocidos formalmente, no son respetados de hecho.

Esta concepción de la mujer como cuerpo-cosa, objeto y no sujeto, cosa y no persona, sería la causa última de la violencia contra la mujer. Y estaría implícita en la justificación de los asesinatos, violaciones y malos tratos a las mujeres que tan frecuentemente son noticia .

Hay hechos que sustentan esta afirmación aparentemente tan escandalosa: la afirmación de que a la mujer se la ha considerado como mera cosa, como objeto y no como sujeto, no como persona. Lo cierto es que esta concepción de la mujer no siempre se hace explícita, al menos en la cultura occidental, aunque sí en los dogmas y creencias religiosas, incluso en los códigos sociales de ciertas culturas. Pero cuando analizamos cual es la situación en general de la mujer, la idea subyacente de mujer-cosa sí se hace patente. Analicemos algunas de estas situaciones.

Así el tratamiento de la mujer en la publicidad. La cosificación de la mujer en la publicidad resulta muy evidente. Se utiliza la imagen del cuerpo de la mujer como reclamo publicitario. Una imagen modelada según el patrón del gusto masculino, de su deseo: mujer joven, de rasgos agraciados, a veces perfectos, en la que se combinan esbeltez y exuberancia. Una imagen mejorada artificialmente en ocasiones con las técnicas del “photoshop”, que resulta una meta inalcanzable para la mujer real, pero que se le trata de imponer como canon de belleza. Como se le impone tener y mantener, a costa de lo que sea, incluida la cirugía llamada «estética», un aspecto joven.

El cuerpo de la mujer, como de hecho no le pertenece a ella misma, debe ser una cosa moldeable que se adapte a la imagen que se le impone, la imagen que debe tener. Es el varón quien designa cómo, qué y quien es una mujer: mujer es quien despierta el deseo del varón heterosexual. Como denunciaba Simone de Beauvoir en El segundo sexo, aunque variable en sus formas, esta imagen suele estar vinculada a la sumisión: desde los pies diminutos con los huesos triturados exigibles cómo canon de belleza en la antigua China, al engorde forzado propiciado tambien por la inmovilidad, en el harén. O la delgadez exagerada y obligatoria que a tantas adolescente y mujeres ha empujado a la anorexia en toda la cultura occidental en la época actual y en otras. Porque aunque el canon estético de la belleza femenina puede variar, lo que no varía es el hecho de que siempre es impuesto. Este canon suele propiciar la limitación de movimientos. Así los corsés de varillas metálicas para conseguir 40cms. de cintura en tiempos pasados, que cortaban la respiración, o los tacones aguja y combinados con faldas «tubo» en épocas más recientes. Incluso en la diferencia de calzado para niños y niñas puede percibirse ya: en los niños prima la comodidad y robustez que garantizan seguridad para correr, saltar… Las niñas se impone la estética delicada (las llamadas merceditas o las bailarinas) sin cordones, de empeine escotado que dificultan las carreras y la rapidez de movimientos tan propios de la infancia.

Y es que la mujer es cosa en tanto que es o debe ser objeto sexual. La mujer es el objeto de deseo, la cosa deseada para el varón heterosexual. La desea para disfrutar sexualmente de ella. Y para asegurarse ese disfrute instituye un modo de derecho de posesión, el llamado débito conyugal, y lo garantiza con el amparo de la institución matrimonial. Pero el acceso a la mujer como cosa sexualmente deseada puede lograrlo tambien el varón mediante las transacciones comerciales en las que consiste la prostitución. En esa situación puede utilizar a la mujer-prostituta como explícita sirvienta sexual, como un objeto comprado o alquilado, con el fin de lograr placer. En ocasiones, la situación de humillación en que se encuentra la mujer prostituida, la completa cosificación de su cuerpo como obediente instrumento de placer y la subsiguiente deshumanización de la relación, no son ajenos a la obtención del fin que el cliente /comprador persigue. Como cosas, es decir en tanto que deshumanizadas, las mujeres son vendidas y compradas. Se trafica con ellas como con una mercancía. Se las explota económicamente, muchas veces son otros, en general hombres, quienes se lucran de ese comercio. Y los cliente que utilizan sus servicios no desconocen estas circunstancias. Pero la prostitución se justifica y se pretende que es inevitable (legislaciones a discutir sobre ella aparte) porque las necesidades sexuales masculinas son consideradas no sólo respetables, sino sagradas.

Y, por antonomasia, el cuerpo de la mujer es el instrumento utilizable y utilizado para la generación de nuevas vidas. El modo de utilización por excelencia del cuerpo/cosa de la mujer es la maternidad impuesta. Se trata del modo tradicional de sometimiento de la mujer. Obligada a gestar, a parir y a criar a los hijos «que mande Dios». Puesto que la religión, y me voy a referir aquí fundamentalmente a los tres monoteísmos, legisla sobre el papel de la mujer en la procreación condenando el uso de métodos anticonceptivos y sacralizando el sometimiento de la mujer, no sólo a los designios de una supuesta divinidad, sino a los de su dueño y señor en este mundo: su esposo. Patriarcado sobre patriarcado. En el mismo sentido va la prohibición del derecho a la interrupción voluntaria del embarazo. La mujer no tiene derecho a decidir. Su cuerpo no le pertenece.

Como nos recuerda Toni Martinez (en la web de La Marea el 12 de noviembre) el arzobispo de Granada, Javier Martinez , que apoya la publicación del libro «Cásate y sé sumisa» de Constanza Miriano, ya se hizo famoso por unas declaraciones contra el aborto en las que venía a defender que si una mujer aborta, el varón puede abusar de ella: «el aborto da a los varones la licencia absoluta, sin límites, de abusar del cuerpo de la mujer» .

A mi entender, lo que está queriendo afirmar el obispo es que la mujer no es, en absoluto, dueña de su propio cuerpo. De modo que si decide interrumpir la gestación está actuando como si lo fuera y, en este caso, merece sufrir cuantos abusos quieran infligirle los varones, para que entienda que su cuerpo no le pertenece.

Además, en tanto que pareja (novia, esposa, incluso amante) la mujer es propiedad del varón, una cosa más entre sus propiedades. Puede exhibirla y ufanarse de ella ante los otros varones, de la belleza cuyo uso y disfrute entiende que le pertenece en exclusiva. Hace ostentación del cuerpo de «su» mujer y, en su caso, de las joyas o ropajes caros con las que se adorna, del mismo modo que hace ostentación de un coche caro o de cualquier otra propiedad que muestra ante los demás como señal de poder. Pues, en tanto que cosa, su mujer puede ser considerada una propiedad más.

Esta concepción de la mujer como, cosa y no como persona, como objeto y no como sujeto estaría también en el origen de la actitud podríamos decir algo «pasiva» de la sociedad, y en la falta de una reacción proporcionada, con honrosísimas excepciones, a la gravedad de los hechos por parte de las autoridades: policías, jueces… El trato que a veces reciben las mujeres que denuncian agresiones es, en ocasiones, vejatorio, se desconfía de su testimonio o se argumenta que algo habrá hecho la mujer que «justifica» el maltrato que ha recibido. No hay verdadero rechazo social del maltratador, no se le aísla . En muchos casos ni siquiera se le aleja suficientemente de la víctima. Eso sí, en caso de resultado de muerte, se aplaude al paso del féretro y, a veces, hasta se guarda un minuto de silencio.

Es aquí, en el hecho de que la mujer pueda ser considerada como propiedad de otro, donde encontramos la verdadera raíz de la justificación de la violencia contra la mujer: malos tratos, violaciones, asesinatos en manos de sus parejas, exparejas e incluso pretendientes rechazados. En otros tiempos, lugares o culturas, tambien en manos de padres, hermanos o de cualquier varón que pueda considerar dañado su «honor” por el comportamiento de una mujer de su familia.

En contraste con el avance que supone para los derechos de las mujeres, el reconocimiento judicial de violación dentro del matrimonio como delito en nuestra legislación, no es menos cierto que en nuestro país ha habido jueces que han llegado a justificar una violación por la mera atracción que un varón sienta ante una mujer que «va provocando» por su vestimenta, por el lugar solitario o las horas en las que pasea a solas por determinados lugares. Es lo que se conoce como desplazamiento de la culpa. Yo preferiría hablar de causa o de responsabilidad. Se pretende que la supuesta culpa, y responsabilidad cierta, está en el objeto que atrae, no en quien se siente atraído. La existencia de la mujer resulta ser un peligro, hace pecar o, en su caso, delinquir al varón. La mujer, su cuerpo, resulta así ser un objeto pecaminoso, peligroso. Si atrae al hombre es culpa suya (de ella). De ahí la imposición de ocultar su cuerpo con vestimentas especiales: velo, burka, cabeza cubierta, «modestia” en el vestir, que es común a las tres religiones del libro. Y no sólo eso, en otras culturas a la mujer que ha sido víctima de una violación, incluso en los casos en que ha sido considerada botín de guerra y violada por el enemigo, se la considera culpable de causar el deshonor de su familia. Puede llegar a ser condenada a muerte por lapidación, igual que si comete adulterio.

Voluntariamente o no, si mantiene relaciones sexuales fuera del matrimonio la mujer está incurriendo en un delito. Porque, repito por enésima vez, su cuerpo no es suyo. Puede aducirse que estos castigos y estas situaciones se dan en culturas aparentemente muy distintas a la nuestra pero, en realidad, lo que a estas subyace es un concepto de mujer que es esencialmente universal: la mujer es objeto y no sujeto de pleno derecho, por eso, en realidad, su cuerpo no le pertenece y no se le reconoce derecho a decir libremente sobre él: ni sobre su sexualidad, ni sobre su aspecto, ni sobre sus actos. Ni siquiera su vida le pertenece. Cuando escribo este texto (14 noviembre 2013) ya han sido asesinadas 62 mujeres en España, en lo que va de año, víctimas de crímenes de género.

Yo no soy feminista

Yo no soy feminista

ines.saenz@itesm.mx

Así es la reacción de la mayor parte de mis alumnas de literatura cada vez que empezamos a leer Un cuarto propio de Virginia Woolf, o La mujer rota, de Simone de Beauvoir. Desde hace casi dos décadas ejerzo la docencia no sólo en el ámbito universitario sino también en círculos de lectura. Semestre tras semestre, ciclo tras ciclo, programa tras programa, mujeres inteligentes, responsables, empeñosas, analíticas me aclaran -antes de empezar el tema-: “Yo no soy feminista”.

Me pregunto, ¿a qué suena la palabra “feminista”? ¿Por qué genera una especie de repulsa en mujeres educadas y de vida mal que bien resuelta? ¿Por qué salta el decoro cuando se pronuncia esta palabra? ¿Por qué el malentendido? ¿La asocian con mujeres agresivas, come-hombres? ¿Con arribista, maquinista, masoquista, chauvinista o comunista? Para poder atisbar una respuesta, quisiera rescatar de esta asociación libre la relación entre el feminismo y el comunismo.

En nuestra sociedad, la palabra feminismo se hermana con la palabra comunismo en el sentido de que ambas evocan en el imaginario colectivo una serie de fantasmas que no corresponden a la realidad en que vivimos. Todavía al día de hoy, a décadas de la caída del muro de Berlín, cuando se acumulan riquezas antes inconcebibles, cuando la gestión del lujo es un tema de estudio, la palabra comunismo es un estigma para quien la pronuncia. Hoy que escuchamos la carcajada sonora del capitalismo rampante mientras vemos por la televisión la última imagen de Fidel Castro condecorado con la marca Adidas en el mismo lugar que portara las insignias de general, hoy que la política internacional abreva del modelo Hollywood, todavía hay personas que tiemblan con la palabra comunismo. Entendamos la verdadera ecuación: comunismo-anacronismo. ¿Cuál es el miedo?

Pasemos al tema que me interesa, que es precisamente el feminismo (¡cuánto rodeo para llegar al punto!). Vuelvo al recuerdo de mis alumnas regiomontanas muchas, mexicanas todas, sentadas en sus bancas o en un sillón cualquiera. Heterogéneas y listas, su grado de conciencia sobre la condición femenina es prácticamente nulo y su indiferencia infinita. ¿La razón? Está dicha: “yo no soy feminista”. Las pienso a todas y cada una de ellas, obteniendo títulos universitarios, con derecho al sufragio, accediendo a un mundo donde las mujeres tienen más posibilidades de desarrollo que en cualquier otra época. Mis alumnas desconocen sus privilegios. Creen que su lugar ha sido siempre el mismo. Ignoran que su acceso a una propiedad, a una opción política, a un título universitario, a un empleo remunerado, es el resultado de la lucha de muchas mujeres del pasado. Esas mujeres nos dieron un legado que debemos cuidar. Precisamente, las teorías feministas son un punto de vista, una óptica desde la cual se mira la realidad, tratando de responder una simple pregunta: ¿dónde están las mujeres?

A pesar de que el siglo XX fue una época de radical transformación de la vida femenina, transformación impulsada por la segunda gran guerra de la cadena interminable de guerras, la utopía feminista de la igualdad (ojo: la igualdad, no la superioridad) está lejos de cumplirse y los datos sustentan la situación todavía precaria de la experiencia femenina. Estas alumnas graduadas con honores, de preparación exquisita, llevan todas las de ganar, exceptuando un sueldo que en el caso de México, está 35% por debajo del salario de los hombres, aunque desempeñen actividades de igual categoría profesional. Estas mujeres profesionistas constituirán el 5% de las mujeres en edad activa que cuentan con un trabajo formal en México. Muchas de estas mujeres políglotas, desenvueltas, exitosas, se casarán y ese mismo día pondrán fin a su carrera profesional. Otras continuarán en la lucha, aunque ahora con doble jornada: la que se paga y la no remunerada. Esa que no se nota y se hace día con día. Eso sí, todas las mujeres, solteras o casadas, viudas o divorciadas, se toparán con el famoso “techo de cristal” y nunca tendrán acceso a la cúspide de la pirámide. He hecho a un lado otras cuestiones muy importantes que tienen que ver con la vida de las mujeres que las feministas observan, analizan y denuncian. La utopía de la igualdad está todavía muy lejos cumplirse. Entendamos la verdadera ecuación: feminismo-idealismo. El ejemplo vale solamente para preguntarnos ¿A qué viene tanto pudor?

Se habla mucho de la importancia de crear una conciencia de comunidad, de la necesidad de tramar un tejido social que nos permita como ciudadanos dialogar, debatir, cuestionar, exigir. La condición femenina es tema que debe ser incluido más allá de los homenajes-catapulta a las mujeres cada 8 de marzo. Nada de esto será posible si las mujeres educadas nos consolamos con la afirmación “yo no soy feminista”. Al decirlo, negamos la historia. Al negarla, no podemos ver que todo paso hacia delante puede seguirse de varios pasos hacia atrás. Todo avance para alcanzar la dignidad humana es precario; tendremos que leer a las escritoras iraníes para entenderlo. Habrá que asumir el verdadero estado de las cosas si acaso queremos un cambio.

A Simone de Beauvoir la conciencia de lo que significa ser mujer en este mundo le llegó entrada en los cuarenta, cuando escribió El segundo sexo.

¿Hay esperanzas?
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