Julia Conesa, que mi nombre no se borre de la historia

En esta ocasión, desde la curiosa mirada de Hipatia queremos hablarles de una mujer que antes de morir le rogó a su madre que su nombre no se borrase de la historia. En su carta, Julia Conesa, antes de ser fusilada junto a sus doce compañeras, escribiría: “Madre, hermanos, con todo el cariño y entusiasmo os pido que no me lloréis nadie. Salgo sin llorar. Me matan inocente, pero muero como debe morir una inocente. Madre, madrecita, me voy a reunir con mi hermana y papá al otro mundo, pero ten presente que muero por persona honrada. Adiós, madre querida, adiós para siempre. Tu hija, que ya jamás te podrá besar ni abrazar”. Julia cerraba su carta con una suplica, “que mi nombre no se borre en la historia”.
http://losojosdehipatia.com.es/cultura/historia/julia-conesa-que-mi-nombre-no-se-borre-de-la-historia/

El hombre y sus costumbres

¿Por qué los hombres se van de putas?
El pasado 10 de marzo se presentaron en la Facultad de Derecho y Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Córdoba los resultados del estudio que con el título Masculinidades y consumo de prostitución en Andalucía, que ha realizado un grupo de sociólogos de la Fundación Iniciativa Social por encargo del Centro de Estudios Andaluces. En dicho estudio se recogen las opiniones de más de 40 hombres andaluces, de entre 18 y 70 años, consumidores de prostitución, y que han sido agrupados en cinco categorías: propietarios rurales, trabajadores manuales, empleados urbanos, jóvenes metropolitanos y homosexuales urbanos. De entre los resultados del estudio, cabe destacar que todos los participantes en los grupos de discusión, con independencia de su origen social, coinciden en señalar …

ttp://www.huffingtonpost.es/octavio-salazar/por-que-los-hombres-se-va_b_6848252.html

Qué es una película machista

Enlace

El 70 % de los personajes que aparecen en el cine son hombres. Dato curioso, si tenemos en cuenta que el 50 % de los habitantes del mundo son mujeres.

Tenemos pues una primera evidencia: algo chirría, aunque solo sea desde un punto de vista fríamente numérico, en la representación del mundo que nos ofrece el cine (véase el estudio Gender Bias Without Borders del Geena Davies Institute, 2014). Pero vamos ahora con lo cualitativo. Y utilicemos como ejemplo las cinco cintas nominadas al Goya a la mejor película….

http://www.huffingtonpost.es/laura-freixas/que-es-una-pelicula-machista_b_6833124.html

La geógrafa israelí Tovi Fenster aboga en la ULL por un modelo de ciudad que tenga en cuenta la noción de género

El patriarcado atraviesa transversalmente todo hecho social y cultural. Esta investigación cursioamente lo analiza en el mismo epicentro de donde surge: la ciudad de Jerusalén, cuna de las tradiciones monoteístas del llibre fonamentadoras del patriarcado.

mujeres masonasFoto: Ull. Diario digital Universidad de la Laguna

martes, 21 de enero de 2014

La geógrafa israelí Tovi Fenster aboga en la ULL por un modelo de ciudad que tenga en cuenta la noción de género

La ciudad es un hecho geográfico, pero también cultural y social, en el que los sesgos de género afectan al uso que los ciudadanos pueden hacer de sus espacios. Para la investigadora israelí Tovi Fenster, es necesario comprender la multiplicidad de capas que existen en lo urbano, y aboga por pasar del “derecho generificado a la ciudad” a otro más radical: “el derecho a la ciudad generificada” (“gendered city”).

Fenster ofreció hoy, martes 21 de enero, en una conferencia celebrada en el edificio de Económicas y Empresariales de la Universidad de La Laguna titulada “The Gendered City and Public Space”, invitada por el grupo de investigación “Ciudad, Política y Sociedad” del Departamento de Geografía de la ULL. La ponente es profesora del Departamento de Geografía y Medio Humano de la Universidad de Tel Aviv, y posee una amplia trayectoria investigadora en materia de derechos humanos, género y etnicidad para la planificación y el desarrollo.

Fenster no solo impartió esta conferencia, sino que además celebrará dos seminarios especializados a lo largo de esta semana en los que profundizará en la materias que apuntó en esta primera intervención. Comenzó hablando de sus orígenes como geógrafa especializada en asuntos sociales y culturales que ha trabajado durante más de diez años como consultora de una empresa en asuntos de desarrollo en varias partes del mundo, hasta que comenzó su carrera académica en 1993.

Desde sus inicios, la investigadora se interesó por los asuntos de género, puesto que estos no suponen diferencias únicamente biológicas, sino culturales. Se ha centrado tanto en el ámbito doméstico como el público y, especialmente, las ciudades, vertiente ésta sobre la que versó su ponencia.

Explicó su noción de “ciudad generificada” (“gendered city”), que no es otra cosa que analizar las capas de la ciudad (física, cultural, social y cultural) desde una perspectiva de género. Para ello, utilizó diferentes “lentes” metafóricas: las dinámicas de poder del patriarcado; los roles que juegan hombres y mujeres; cómo afectan esas relaciones de poder al espacio y a la vida; y, por último, la búsqueda de medios para que los investigadores puedan influir en el cambio de las relaciones de género.

La investigadora sentó las bases teóricas en las que suele mover sus investigaciones. El primer referente que reconoció fue de la teoría de Lefebvre sobre el “derecho a la ciudad” que, de manera muy sucinta, se basa en el hecho de habitarla y conlleva la potestad tanto de apropiarse como de participar en ella.

Esta visión se complica con el proceso de la globalización, que ha creado dos tendencias que “reescalan” el concepto de ciudadanía: una para aumentar su rango de acción, como sucede al hablar de este término en un ámbito como la Unión Europea, y otra para disminuirlo, cuando se pone énfasis en los municipios y vecindarios.

Otra de las bases que Fenster tiene en cuenta en sus investigaciones es la tensión entre lo público y lo privado, cómo está cambiando su significado y, sobre todo, cómo puede abordarse desde el punto de vista de género.

En 2005 la ponente se atrevió a criticar la teoría de Lefebvre porque, si bien la consideró “radical”, no tuvo demasiado en cuenta los asuntos de género. Identificó un sesgo patriarcal en las relaciones de poder dentro del ámbito urbano y, obviamente, en el ámbito doméstico. Como explica la investigadora, si la mujer no puede conseguir un derecho al uso y a la participación del ámbito doméstico, difícilmente se podrá lograr en el ámbito público.

Ese mismo año, Fenster acuñó el término del “derecho generificado a la ciudad”, el cual matizó en 2011, tras su participación en las protestas ciudadanas celebradas en Israel, y ahora entiende como “el derecho a la ciudad generificada”. Es decir, puso un mayor énfasis en la naturaleza estratificada de la ciudad: “no se trata de poner énfasis solo en el género, sino también en etnicidad, la sexualidad”. Con ese punto de vista, hay que analizar asuntos como la legalidad e ilegalidad, lo prohibido y lo permitido.

Geografía emocional

En sus investigaciones da mucha importancia al día a día y, sobre todo, a un concepto que denominó la “geografía emocional”, es decir, cómo se siente la mujer ante el hecho urbano, estudiando sensaciones como la comodidad, la pertenencia o el compromiso. Así, puso ejemplos de varios testimonios de mujeres israelíes a las que ha entrevistado: para algunas el hogar era la “libertad” mientras que para otras era una “prisión”.

Las exclusiones de género en la ciudad son especialmente visibles en ciudades como Jerusalén, en la que en la parte “santa” de la ciudad está prohibida para ciertos colectivos. Fenster reconoció que es un ejemplo extremo, pero que esa tendencia a la exclusión de algunas personas se da en casi todas las ciudades.

También puso varios ejemplos fotográficos de espacios públicos de San Francisco, Nápoles, Londres o Jerusalén, en los que analizó conceptos como la seguridad para las mujeres, teniendo en cuenta si es un espacio abierto, si ofrece cobijo en caso de agresiones, si es discreto o, incluso, si existen áreas que sean exclusivas para alguno de los sexos.

La ponente apreció que en los países mediterráneos la división entre lo público y lo privado se diluye, como, por ejemplo, cuando en verano los vecinos sacan parte de su mobiliario a la calle. Explicó también que en un barrio ultra ortodoxo en el centro de Jerusalén se pide a las transeúntes que vistan de manera “modesta” y “decorosa”. Es decir, se condiciona el derecho a disfrutar de la ciudad a la observación de ciertas normas. La paradoja es que también se debe defender el derecho a esa comunidad a tener esas creencias, y por ello se produce la tensión.

Otro ejemplo de cómo el género afecta al uso de lo urbano fue una imagen de Londres, en las que las mujeres musulmanas estaban disfrutando de un día en el parque, pero totalmente cubiertas: de nuevo, el atuendo determina el derecho de la mujer a utilizar el espacio.

Ya durante el debate posterior, Fenster reflexionó que muchas veces el turista es capaz de distinguir características concretas de una ciudad de manara mucho más clara que sus habitantes, ya que las observa con cierta objetividad. También recordó que hasta hace no mucho, el urbanismo no tenía muy en cuenta a los ciudadanos, ya que antaño los arquitectos se consideraban a sí mismos “artistas” y, por tanto, no se detenían tanto en cuestiones como el confort o utilidad de las infraestructuras para centrarse más en la monumentalidad o la estética.

Ull. Universidad de la Laguna. Diario Digital. http://www.ull.es/viewullnew/institucional/prensa/Noticias_ULL/es/2488471
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Tú no lo ves, pero te toca

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¿Qué es el Patriarcado? Me preguntas, clavando tu pupila en mi pupila lila… ¿Patriarcado? ¿Y tú me lo preguntas? Patriarcado eres tú.

Patriarcado somos todas. Y todos. Porque es el sistema en el que nos hemos construido como mujeres, como hombres, como personas, como sociedad, como sistema. Es difícil de explicar, es invisible, pero está ahí.

El patriarcado es el miedo. El que te da volver sola a casa de noche. El que te da cruzarte con un desconocido por la calle, a oscuras. El miedo que te da decir que no -o que sí- a las cosas que te propone tu amante. El miedo a que llegue el día de tu violación, ese que tenemos casi tan asumido como el de nuestra muerte.

Sigue en este enlace…

http://www.faktorialila.com/index.php/es/blog/82-faktoria-lila-web/blog/134-tu-no-lo-ves-pero-te-toca
Enace

Quien controla a la mujer controla el mundo.

Por ello el patriarcado que conlleva el capitalismo y viceversa. A ver si es verdad que el sigloXXI es el de las mujeres y vislumbramos una real transformacion social… con mayor equidad y justicia para tod@s.

El mal de la civilización es la mente patriarcal.

Claudio Naranjo:
El mal de la civilización es la mente patriarcal.

claudio naranjo

La nave se está hundiendo pero la gente tiende a estar más ocupada en mantener el estatus que en salvarse; en defender lo poco que les queda, aunque se haya visto lo poco que vale, que en la transformación, en dejarlo todo y empezar a construir de cero.

Claudio Naranjo estudió medicina, psiquiatría y música y acabó convirtiéndose en un referente mundial en la investigación de la mente humana. Integrador de la sabiduría tradicional y científica, oriental y occidental, y el conocimiento histórico, antropológico, sociológico, psicológico y espiritual del ser humano. Creador del programa SAT, en principio dirigido a profesionales de la psicoterapia y derivado en un programa de transformación individual y social para uso personal y en el ámbito educativo. Autor de más de 20 libros, traducidos a varios idiomas.

“La única salida a esta crisis es la transformación interior”.

La crisis actual ha tambaleado muchos cimientos del sistema y ha acabado revelando algunas de sus muchas fisuras. El comunismo se hundió por sus fallos de funcionamiento pero el capitalismo no parece salir mejor parado. Llevamos siglos cambiando gobiernos, haciendo revoluciones políticas y sociales pero nunca llegamos a buen puerto quizás porque nos olvidamos de las transformaciones más básicas y elementales que tienen lugar en la revolución personal.

Tenemos el mundo que tenemos por el tipo de conciencia que se desarrolla a través de la educación, según Claudio Naranjo. Y si queremos salir de verdad de esta crisis económica, social y humana hemos de superar el ego individualista e iniciar una auténtica transformación interior.

¿La civilización está enferma? ¿De qué?

El mal de la civilización es la mente patriarcal. Y no me refiero sólo a la sociedad patriarcal que hace que los machos predominen sobre las mujeres y tengan un acceso más fácil al poder y a la economía. Me refiero a una forma de mentalidad que actualmente ya todos compartimos, hombres, mujeres y niños, contaminados por el mismo virus.

¿A qué nos referimos exactamente, con esa “mentalidad patriarcal”?

A una pasión por la autoridad. Por el ego, el ego patrístico, un complejo de violencia, desmesura, voracidad, conciencia insular y egoísta, insensibilidad y pérdida de contacto con una identidad más profunda.

Hay quien cree que todo esto forma parte de la naturaleza humana y que siempre ha sido así.

Pues no. Hay indicios de la existencia de un pasado matrístico, y aún hoy existen algunas sociedades indígenas de estas características que no funcionan en absoluto con estas directrices y valores que conocemos en la civilización. Esta mente, lejos de ser inherentemente humana, en realidad empezó a gestarse hace sólo unos 6.000 años, cuando, ante una crisis de supervivencia, ciertas poblaciones agrícolas arcaicas indouropeas y semitas tuvieron que volver a hacerse nómadas y acabaron convirtiéndose en comunidades de guerreros depredadores.

¿Y cómo se manifiesta esta mente patriarcal?

En unas relaciones de dominio-sumisión y de paternalismo-dependencia, que interfieren en la capacidad de establecer vínculos adultos solidarios y fraternales. El cerebro patriarcal-racional llama a la competencia, mientras que el femenino llama a la cooperación. Esta dependencia y obediencia compulsiva (a los gobiernos y al poder en general) no sólo son enajenadoras para el individuo sino que constituyen distorsiones, falsificaciones y caricaturas del amor.

Pero las cosas pueden ser de otra manera. Usted dice que, en realidad, somos seres “tricerebrados”.

Efectivamente. En un lenguaje anatómico, poseemos un cerebro instintivo, que compartimos con todos los reptiles; emocional, como el resto de los mamíferos, y el racional, que es el último que se ha desarrollado y, sin embargo, ha acabado imponiéndose a los otros dos. Es como si en nuestro interior lleváramos a tres personas: una de tipo intelectual-normativo, que sería el padre; una persona emocional, que representa el principio del amor, que es la madre, y una instintiva, que sería el niño. Pues bien, en la sociedad actual, lo que denominamos la civilización, predomina el cerebro racional y tiene lugar el imperialismo de la razón sobre lo emocional y lo instintivo.

Pero esta razón que impera, ¿es realmente racional o más bien irracional?

Ahí has dado en el clavo, porque en realidad no es racional ni inteligente, desde el punto de vista de los resultados en el bienestar social y personal. Ha corrompido conceptos como la inteligencia, la eficacia o la racionalidad misma. Es una mente rígida, aislada, autoritaria y normativa que busca resultados y ganancias a corto plazo, pero ganancias desde el punto de vista competitivo, materialista o consumista, no en cuanto al bienestar profundo, desarrollo personal o convivencia con el medio. Y, en consecuencia, toda la educación está sujeta a este paradigma racionalista.

Que se manifiesta en…

En considerar la educación un mero traspaso de información, alejado de objetivos como el autoconocimiento, que debería ser prioritario. Y así vemos cosas en la escuela como que un niño o una niña llora y le llaman la atención.

Y si se ríe le echan de clase.

Las emociones están prohibidas. Y lo instintivo aún más. Y sin embargo, para que la persona esté sana en una sociedad sana sería preciso el equilibrio entre los tres cerebros. Armonizar los binomios competencia/colaboración, agresión/ternura. Desarrollar una sana agresión en vez de la agresividad depredadora imperante. Y sobre todo desarrollar la capacidad amatoria, la ternura.

¿Estamos en el camino? Usted habla del ocaso del patriarcado.

Por una parte, vemos que el autoritarismo en las familias disminuye y también el de los gobiernos. Pero han cogido el poder las empresas y su control en la sombra es enorme. Pero quizás sí, podemos decir que la nave se está hundiendo pero la gente está más ocupada en mantener el estatus que en salvarse; en defender lo poco que les queda, aunque se haya visto lo poco que vale, que en la transformación, en dejarlo todo y empezar a construir de cero.

Por eso insiste usted tanto en la importancia de la educación.

Claro, porque es más fácil prevenir que curar. Hemos de prevenir la destrucción de la mente. La educación actual cuenta con una agenda implícita que requiere que los niños sean igualitos a los papás, cuando los papás son el problema. Decimos que la educación es para transmitir nuestros valores y no nos damos cuenta de que estamos transmitiendo nuestras plagas.

¿Y esto es responsabilidad de la escuela, de la familia, de los medios?

De las autoridades en todos estos ámbitos, desde los profesores quemados hasta la misma opinión pública. Los padres aspiran a que sus hijos triunfen en este mundo de competencia económica, no importa que también sea un mundo de pobreza creciente mientras que no les toque a ellos. Prefieren la educación que sirve como una máquina de certificación. No les interesa educar sino servir al mundo del trabajo. Insisten en que desean el bien de los hijos pero en realidad no les interesa el bien de los hijos más que como eficacia en los negocios. Tenemos el mundo que tenemos por el tipo de conciencia que se desarrolla a través de la educación, que es una educación implícitamente explotadora.

Es usted muy crítico con la educación y muy en especial con los educadores.

Porque no considero educación el mero traspaso de información, como una forma más de producción, de formación y explotación de nuevos trabajadores, que es en lo que consiste la escuela actual. Debemos volver a las raíces de la educación como autoconocimiento, en la búsqueda de ese “conócete a ti mismo” de Sócrates. Al autoconocimiento transformador que posibilite el cambio.

Sin embargo, hay algunas iniciativas educativas diferentes, como por ejemplo las escuelas internacionales de Krishnamurti.

Sí, pero aún esas escuelas llegan hasta el debate, y eso está bien, porque por lo menos te da la oportunidad de aprender a pensar por ti mismo. Pero el debate en sí no transforma nada. Hay que integrar procesos de autoconocimiento transformador.

La transformación individual para transformar y sanar la civilización.

No hay cambio posible sin pasar por el autoconocimiento individual. Siglos y siglos de cambios sociales y políticos han fracasado porque han pasado por alto el cambio de las personas. Sólo podemos sanar el tejido a través de las células, las personas. Y para eso tenemos que sembrar la semilla en la escuela. Pero ha de ser una nueva escuela que tenga en cuenta los tres aspectos de las personas: el conocimiento, la salud amorosa y la salud instintiva.

Suena diferente.

Pero necesario, si queremos transformar las cosas de verdad. El otro día me invitaron a dar una conferencia en una universidad, y antes de empezar me pidieron que evitara los temas espirituales y los psicológicos y me limitara a la pedagogía. Chocante. La educación se resiste a integrar lo transcendental-espiritual y lo terapéutico y sigue considerándolo un campo ajeno porque, de lo contrario, complicaría las cosas. Y es cierto, las complicaría un poco, porque significaría permitir que las personas piensen por sí mismas. Así que no se asume el riesgo. Claro que no se calcula el precio.

¿Y cuál es el precio?

La infelicidad colectiva.

¿Y qué podemos hacer?

En primer lugar, reconocer que es un hecho que los niños llegan cada vez más emocionalmente dañados al colegio. En muchos casos los padres están ausentes de la educación de los hijos. Escasea el tiempo libre y casi no se disfruta del ocio, y mucho menos compartido en familia. Y sin embargo, el ocio está ligado al crecimiento y al espíritu, ya que te ofrece la oportunidad de estar contigo mismo.

¿Qué más?

Reconocemos también que están faltos de amor y de esa parte del saber, no científico, la sabiduría que nos permite tomar buenas decisiones en la vida. Decisiones que nos conduzcan de verdad a ser más felices.

¿La escuela tiene que ocuparse de todo esto?

Sí, la escuela tiene que incorporar ese aspecto humanizante. Revelar la insatisfacción latente y canalizarla. No sólo para sacar a flote este sistema económico en crisis sino por el coste personal y de sufrimiento.

¿A qué se refiere con revelar la insatisfacción?

Porque detrás de toda búsqueda hay una insatisfacción y si queremos iniciar una búsqueda personal hacia el autoconocimiento y la transformación debemos ser conscientes primero de que este estado de cosas no nos satisface. La insatisfacción está ahí, bien latente y bien visible, lo que pasa es que el consumismo nos da respuestas del tipo: cómprate un coche mejor, cambia de casa, de ciudad, de pareja, de trabajo. Pero no vale la respuesta del consumismo porque la insatisfacción, así, no sólo no se resuelve sino que acabamos haciéndonos adictos a ella, que en realidad es lo que necesita el sistema: que seamos unos obedientes consumistas insatisfechos crónicos. Necesitamos respuestas más profundas que nos lleven a hacer cambios significativos.

Tengo la impresión que tanto en la escuela como en la familia no siempre está bien vista la búsqueda ni la insatisfacción.

Y así es. Porque nuestra cultura no reconoce la búsqueda como un valor sino como un síntoma. Sólo se admite si está en el camino de la ambición profesional, pero si es algo indefinido, que es como tiene que ser la búsqueda en estado puro, enseguida se etiqueta. Dicen “qué persona tan inquieta”, y se la ve rara. Si además es muy apasionada, la búsqueda no comprendida ni apoyada se hace dolorosa y acaba en la consulta del psiquiatra. Cabe la posibilidad de que se acabe interpretando como un síntoma esquizofrénico, angustia, etc., cuando en realidad no es más que la insatisfacción natural ante la vida alienada, separada y desestructurada que llevamos.

¿De qué manera podemos actuar desde la familia?

Lo máximo que pueden hacer los padres por sus hijos es ocuparse de su propio desarrollo personal. Que el padre y la madre se desarrollen como personas y sean el ejemplo. Que no aspiren solo a que el hijo o la hija traigan buenas notas a casa. Que tomen conciencia de todo eso que está faltando en la educación y parece que nadie lo nota.

El libro.

Sanar la civilización.

Claudio Naranjo.
Ediciones La Llave.

Secretaría +34 93 209 7938
Fax +34 93 414 1710
www.fundacionclaudionaranjo.com

La reina de las fiestas

Os adjuntamos el enlace al artículo de El País, sección mujeres. La reina de las fiestas

Enlace a artículo de El País

La reina de las fiestas

Por: Octavio Salazar | 23 de agosto de 2013

Fiestas

Vivimos, sin duda, tiempos de neomachismo. Y no sólo porque las conquistas que creíamos irreversibles en materia de igualdad de género corran el riesgo de ser aniquiladas por la crisis y el triunfo del neoliberalismo, sino también porque el lenguaje moral de nuestra sociedad sigue prorrogando, en muchas ocasiones bajo el disfraz de lo políticamente correcto, la diferenciación jerárquica que durante siglos ha determinado el lugar de mujeres y hombres en la sociedad. De esta manera, y aunque es indudable que las mujeres han ido alcanzado determinadas cuotas de autonomía e incluso de poder, siguen estando condicionadas por un mandato de género que tiende a cosificarlas, a convertirlas en objeto sexual, a someterlas a los dictados de un canon estético que las tiraniza y les niega la cualidad de sujetos.

La mayoría de las culturas, y no digamos de las religiones, han contribuido de manera singular a mantener ese rol subordinado de las mujeres, el cual se ha traducido a lo largo de la historia en rituales e imágenes que han negado su subjetividad y las han mantenido calladas, dispuestas a ser observadas y deseadas, pero sin capacidad para abrir la boca o hacer expresa su inteligencia. En este sentido bastaría hacer un recorrido por muchas de las tradiciones de nuestros pueblos para descubrir esos ritos, esa simbología, ese papel que se prorroga y se justifica en la historia sin que haya la valentía de cuestionar su oportunidad en pleno siglo XXI.

En estos meses de agosto y de septiembre, en los que las fiestas se multiplican por nuestra geografía, sigue siendo fácil encontrar rastros de esa cosificación de la mujer. Así, no me ha resultado del todo extraño leer en un periódico digital que el Ayuntamiento de Estepa recupera este año, tras haberse interrumpido en 1982, la tradición de elegir a una Reina de las Fiestas y a su corte de honor. “Un jurado compuesto por personas de relevancia en el ámbito de la belleza y la moda, tanto de Estepa como de otros pueblos de la provincia, determinará quiénes van a seguir en su intento de alzarse con el título de Reina de la Feria 2013 en la primera edición que se celebra desde que en el año 1982 se interrumpiera el certamen”, ha dicho el Ayuntamiento estepeño en nota de prensa.

Una noticia que, insisto, no me ha sorprendido, porque en mi pueblo, Cabra, al sur de la provincia de Córdoba, al igual que en otros muchos de esta Andalucía tan patriarcal, esta tradición se ha mantenido hasta el día de hoy y ha sido incluso potenciada por gobiernos municipales que decían defender la igualdad de género en sus programas electorales. Las jóvenes egabrenses, al igual que supongo este año las estepeñas, tienen la oportunidad de lucirse durante varios días en los que se valora más su belleza que su inteligencia, en los que lucirán varios modelos con los que tratarán de emular a las top de moda y en los que lo mismo harán el saque de honor de un partido de fútbol que lucirán mantilla en actitud de recogimiento delante de la patrona. Ante tal cúmulo de despropósitos, que me retrotraen a los años del franquismo en los que eran las señoritas de buena familia las elegidas para tal honor, no sólo me cuestiono la lucidez de unos equipos de gobierno que amparan estas tradiciones sino también la misma actitud de unas jóvenes que siguen estando dispuestas a lucir palmito y a sentirse por unos días las princesas del cuento. Algo, sin duda, hemos hecho mal en estas décadas en materia de educación igualitaria.

Puestos a mantener las tradiciones, y siendo fieles a los objetivos paritarios que nuestro ordenamiento insiste en perseguir, lo suyo sería que en todos estos pueblos que siguen empeñados en mantener ese ritual, fuéramos también los chicos incorporados en igualdad de condiciones. De esta manera, reina y rey, y la correspondiente corte de infantas e infantes, compartirían el brillo de lo superfluo y harían las delicias de todas y de todos, con independencia de la orientación sexual y de los deseos del respetable. En este sentido, la reciente noticia de que una transexual haya sido elegida como dama en las fiestas de Almendral representa, sin duda, una ruptura como mínimo sorprendente y digna de aplauso. Ahora bien, como yo no entiendo la paridad como la extensión a la mitad de la humanidad de las mismas tonterías hechas por la otra mitad, optaría por la eliminación de unas tradiciones que durante décadas han convertido a las mujeres en mero objeto expuesto a las miradas del público. Y ello porque también los gestos, las imágenes, los rituales, alimentan un orden cultural que tanto esfuerzo está costando erosionar. De ahí que, de la misma manera que somos extremadamente críticos con las costumbres de otras culturas que denigran a la mujer, le tapan el rostro o le niegan la palabra, deberíamos empezar por serlo con las que en nuestra propia casa avalan la concepción de las mujeres como, Amelia Valcárcel dixit, “el sexo que debe agradar”. De lo contrario, las ventanas seguirán estando rotas y será un peligro para las mujeres. Porque, como bien explica Caitlin Moran en el imprescindible Cómo ser mujer, “basta dejar una ventana rota sin reparar en un edificio vacío para que los más vándalos empiecen a romper las demás. Al final se colarán en el edificio, y encenderán fogatas o se convertirán en okupas”. De ahí que haya llegado el momento de que las mujeres inicien, como reivindica la británica, “su propia política de Tolerancia Cero con las Ventanas Rotas de su vida.” Una política de tolerancia cero “con esa Mierda De Ventanas Rotas del Patriarcado”.

La Revolución patriarcal y el Fin de las diosas

Adjuntamos artículo que lleva por título: La Revolución patriarcal y el Fin de las diosas.

Este es el enlace a la fuente original:

Aquí transcribimos el texto:

La Revolución patriarcal y el Fin de las diosas.
Por: Coral Herrera Gómez*

De la misma forma que un pueblo lleva a cabo la devaluación simbólica del pueblo enemigo para lograr que sus habitantes se odien y traten de exterminarse mutuamente, el hombre ha necesitado una operación simbólica de gran envergadura para dividir la realidad en dos esferas y lograr que la mitad de la Humanidad se subyugue a la otra mitad.
El patriarcado, como veremos, comenzó con una rebelión llevada a cabo por hombres, pero no por todos los hombres del planeta. Es decir, no fue una revolución de varones contra mujeres, sino una revolución de hombres violentos contra hombres pacíficos, mujeres, niños, animales y recursos naturales. Todo proceso de colonización tiene su dimensión militar, política y económica, pero también cultural. Para derrocar las deidades femeninas y sustituirlas por dioses masculinos, primero fue necesario despreciar la feminidad y caracterizarla como una categoría ontológica inferior, lo que sirvió para imponer una nueva cultura y una nueva religión en torno a una ideología violenta, dominadora y excluyente.
Los estereotipos patriarcales sobre las mujeres las han presentado siempre como símbolo de la naturaleza, lo irracional, lo turbio, lo emocional, lo contaminante. La feminidad se relaciona, en el imaginario colectivo, con lo salvaje, la maldad, la impulsividad, la ignorancia y la estupidez, la incapacidad, la cobardía, la debilidad (entre otras muchas cosas negativas). Probablemente esta necesidad de denigrarlas simbólicamente se debió a su poder mágico para procrear, pues los seres humanos tardaron muchos años en entender el proceso por el cual los espermatozoides fecundan un óvulo y dan lugar a una vida nueva. Hasta este siglo, el hombre no ha podido sentirse una pieza clave del proceso de creación de una nueva vida, y tampoco ha podido saber con seguridad si los hijos de su compañera eran suyos; quizás este miedo a perder energías y recursos en hijos de otros ha sido lo que ha motivado la reclusión de las mujeres en el ámbito doméstico y la constricción o limitación de su sexualidad.
En este artículo nos vamos a centrar en la dimensión cultural del sistema patriarcal. Seguiremos a Joseph Campbell, cuya tesis es que hacia el final de la Edad del Bronce y en el amanecer de la Edad del Hierro (alrededor de 1250 a.C. en Levante) existió una especie de rebelión contra el poder femenino que instauró a la fuerza una cultura patriarcal. En el seno de esta revolución patriarcal se eliminó la veneración a diosas o dioses de la fertilidad, y comenzaron a triunfar héroes masculinos con valores patriarcales como la capacidad de acción, la valentía, la fuerza bruta, la capacidad de herir y defenderse…pero también, como nos muestra la Historia de Occidente, la práctica de aniquilar y destrozar culturas, y de expoliar los recursos de los pueblos más débiles y pacíficos.
Las diosas, la vida y la muerte.

Las primeras representaciones simbólicas femeninas del Paleolítico (período que comenzó hace unos 2,5 millones de años (en África) hasta hace unos 10 000 años) son de carácter religioso. Antes de la revolución patriarcal, la mayor parte de las deidades humanas eran femeninas. En todo el mundo antiguo, desde Asia Menor al Nilo y desde Grecia al Valle del Indo abundan las estatuillas de la figura femenina desnuda, en diferentes posturas, de la diosa sostenedora y abarcadora de todo.
Martin-Cano sostiene que no es hasta la Edad del Bronce cuando aparece la figura del sacerdote, por lo que no tiene sentido pensar que en la Prehistoria había chamanes. La arqueología demuestra que durante los últimos 40.000 años de la Prehistoria humana sólo se rendía culto al Principio femenino, a la Madre Naturaleza, o a la Gran Madre Tierra, todas ellas variantes de un mismo mito. Numerosos antropólogos presuponen que entonces su culto era llevado a cabo por su representantes femeninas: sacerdotisas, magas, hechiceras, curanderas, hadas, chamanas, brujas, meigas, remedeiras/salud-dadoras, pharmaceuticas, vestales, adivinas. Posteriormente se incorporaron al culto varones que se travestían de mujeres y se auto emasculaban y convertían en eunucos, para representar y personificar en la Tierra, al paredro mortal de la Gran Diosa.
Esta idea la corroboran las obras de arte humanas más antiguas encontradas: las producciones simbólicas antropomorfas: esculturas, relieves y grabados de todos los continentes, son exclusivamente femeninas. Lo confirma Joseph Campbell para yacimientos tanto paleolíticos como Neolíticos de Europa:
“… no se han encontrado objetos de arte humano anteriores al período auriñaciense, cuando aparecen de pronto las estatuillas femeninas. Hemos encontrado en Europa centenares de pequeñas figuras neolíticas de la Diosa, y casi nada en cuanto a figuras divinas masculinas. El toro y algunos otros animales, tales como el jabalí y el chivo, pueden aparecer como símbolos del poder masculino, pero la Diosa es la única divinidad visualizada en aquel entonces”. (Campbell, 1991) .

Según Armstrong (2005), la revolución neolítica había hecho que el género humano tomara conciencia de una energía creadora que invadía todo el cosmos. Al principio era una fuerza sagrada indiferenciada que convertía la tierra en una manifestación de lo divino: “Pero la imaginación mítica tiende a hacerse más concreta y circunstancial. Al igual que la adoración del cielo había conducido a la personificación del dios del cielo, la maternal y nutritiva tierra se convirtió en la Diosa Madre”.

Después de la revolución del Neolítico, los varones son considerados a menudo ineptos y pasivos; es la diosa femenina la que recorre el mundo, lucha contra la muerte y obtiene el sustento de la raza humana. La Madre Tierra, según Karen Armstrong (2005), se convierte en un símbolo del heroísmo femenino en unos mitos que, en última instancia, hablan de equilibrio y armonía restablecidos. La Diosa simbolizaba la vida y la fertilidad de las mujeres y de la tierra, pero su adoración presenta numerosas variaciones según las épocas y los lugares. Por ejemplo, en numerosos cultos la Diosa Naturaleza no es una Madre Tierra que alimenta, sino un personaje implacable, vengativo y exigente, según la antropóloga Armstrong:

“Los nuevos mitos Neolíticos siguieron obligando a la gente a afrontar la realidad de la muerte. No eran bucólicos idilios, y la Diosa Madre no era una deidad dulce y consoladora, porque la agricultura no se experimentaba como una ocupación pacífica y contemplativa. Era una batalla constante, una lucha desesperada contra la esterilidad, la sequía, el hambre y las violentas fuerzas de la naturaleza, que también eran manifestaciones de un poder sagrado. (…) La reproducción humana era sumamente peligrosa, tanto para la madre como para el hijo. Del mismo modo, la labranza de los campos sólo se lograba tras un duro y agotador trabajo”.
En la época del Neolítico, los cazadores veían que las mujeres eran la fuente de la nueva vida; eran ellas –y no los varones, de los que se podía prescindir- quienes aseguraban la continuidad de la tribu. Al igual que la Gran Diosa de los cazadores, la Diosa Madre del Neolítico demuestra, según Karen Armstrong, que aunque los hombres puedan parecer más fuertes, en realidad las mujeres tienen más fuerza y ejercen un mayor control que ellos. De ese modo la hembra se convirtió en un icono imponente de la vida en sí, una vida que requería el incesante sacrificio de hombres y animales.

En Mesopotamia, la Diosa Madre no es redentora, sino causante de dolor y muerte. Su viaje es una iniciación, un rito de transformación que se nos exige a todos. En Sumeria, Innana desciende al mundo de los muertos para encontrarse con su hermana, un aspecto soterrado e insospechado de su propio ser. Según Armstrong, en muchos mitos de este período, un encuentro con la Diosa Madre constituye la aventura definitiva del héroe, la iluminación suprema.
Ereshkigal, señora de la vida y la muerte, es también una Diosa Madre a la que se la representa pariendo continuamente. Para llegar hasta ella y alcanzar la verdadera iluminación, Innana tiene que desprenderse de la ropa que protege su vulnerabilidad, deshacerse de su egoísmo, abandonar su antiguo yo, asimilar lo que parece opuesto y hostil a ella y aceptar lo inadmisible: que no puede haber vida sin muerte, oscuridad y penurias. Según Fernand Comte (1992), Innana es una diosa astuta, voluntaria y reivindicativa: protege a Uruk y lleva a su ciudad la civilización. Diosa del amor y de la Guerra, manda en la vida y en la muerte.

Los babilonios la llamaban Ishtar, que simboliza la estrella de la montaña y la guerra. Según Comte, ella es “la estrella de la noche, es amor y voluptuosidad. Es siempre virgen, porque recobra su virginidad bañándose en un lago. Sus templos son lugares de prostitución. Bienhechora, acude a socorrer la impotencia sexual. Como diosa de la guerra es cruel”.

Los egipcios llamaban a la Diosa Madre Isis (diosa del año 1700 a.c), representada también como La Gran Maga, gran bienhechora, porque pone sus poderes mágicos al servicio de la vida. Lleva un disco solar. Es madre, protectora del amor y dueña del destino. Maga y curandera, según Comte su culto se extendió a todo el Oriente Medio.

Los sirios la llaman Astarté o Asherrat, y en India se conoce comoAditi, la benéfica: los himnos védicos la celebran como portadora de todas las plantas, de todos los animales y madre de todos los seres. Es la madre por excelencia y protectora de los partos. Según Comte, Aditi es la madre, el padre, todos los dioses; Aditi es todo lo que ha nacido. Es además la “No-ligada”, es la Libre, relacionada con la extensión, la amplitud. Es todo a la vez; es la suma, el origen y el fin, y al mismo tiempo, los contrarios; es la divinidad indiferenciada.
Otras representaciones de la Gran Diosa fueron: Abahíta (diosa persa de la fecundidad y de la aurora; es la alta, la poderosa, la inmaculada),Shing-Moo (la Inteligencia Perfecta de China, con una niña en brazos), Cibeles ( a la vez diosa de la Tierra y la Luna, maestra de las fieras, madre de los dioses, 900 a.c.), Amaterasu (diosa japonesa del sol y de la luz, del crecimiento y la fertilidad), Selene, diosa griega de la Luna llena, Artemisa o Diana, Afrodita, Amus (diosa de los celtas), Tetevina (diosa madre del dios de los aztecas).
Este concepto está también presente en el mito griego de Deméter y su hija Perséfone, que casi con toda seguridad se remonta al período Neolítico. En la antigua Grecia, Deméter era la diosa de los cereales y Señora de la Muerte y presidía el misterioso culto de Eleusis, cerca de Atenas. Según Samuel y Reyes , los antiguos cultos de la fertilidad siguieron siendo venerados en todo Israel; en el Pentateuco permanecen las huellas, silenciosamente implícitas en símbolos, de la sabiduría de la vieja Madre Tierra y su esposo serpiente. Joseph Campbell por su parte entiende que, en cuanto madre de todos los vivos, Eva debe ser reconocida como el aspecto antropomórfico perdido de la diosa madre. Y Adán, por tanto, debe haber sido su hijo, así como su esposo: porque la leyenda de la costilla es claramente una transmutación patriarcal (dando prioridad al varón) del mito anterior del héroe nacido de la Diosa Tierra, que vuelve a ella para renacer.
La sustitución masculina del poder femenino

Francisca Martin-Cano (2001), siguiendo a Campbell, defiende la idea de que la revolución patriarcal acabó con una cultura que veneraba la vida, la fertilidad y la capacidad femenina para procrear. Con el culto a la muerte, el poder de esta Diosa-Madre sufrió un proceso de depreciación simbólica a lo largo de la historia de Occidente. Las diosas serán difamadas, injuriadas, insultadas y derrotadas por sus hijos, como en la mitología griega, pero “permanecerán como una amenaza constante a su castillo de la razón, que está edificado sobre una tierra que ellos consideran muerta, pero que realmente está viva, respirando, y amenaza con escapárseles bajo los pies”.
El mito de la Gran Madre ha pervivido en numerosas culturas; en la nuestra lo ha hecho a través de la Virgen María como madre de Dios. Sin embargo, es importante destacar que fue la cultura

patriarcal la que convirtió a la Gran Diosa en “Madre de” Dios, que es un concepto bien distinto. A partir del Neolítico, la Diosa es la madre-esposa del dios muerto y resucitado, cuyas primeras representaciones conocidas se sitúan hacia el 5.500 a.C. según Campbell. El antropólogo defiende que la epopeya babilónica y el resto de las épicas neolíticas evolucionaron de este modo:
1) El mundo ha nacido de una diosa.
2) El mundo ha nacido de una diosa fecundada por un consorte masculino.
3) El mundo está hecho del cuerpo de una diosa por un dios guerrero masculino.
4) El mundo se creó sin ayuda de un poder femenino; fue un dios masculino.
Joseph Campbell (1964), explica en su obra que en la primera de las grandes civilizaciones, Sumeria (3500-2350 a.C.), la Gran Diosa de veneración suprema fue un símbolo metafísico totalizante, que abarcaba toda la realidad, la cognoscible y la incognoscible, el tiempo y la materia, lo oscuro y lo luminoso, lo masculino y lo femenino: “En los más antiguos mitos y ritos de la madre tanto los aspectos luminosos como los oscuros de esa mezcla de ambos que es la vida, habían sido honrados por igual, mientras que en los posteriores mitos patriarcales, orientados hacia el varón, todo lo que es bueno y noble se atribuía a los nuevos y heroicos dioses dominantes, dejando a los poderes naturales nativos sólo el carácter de oscuridad, al que ahora se añadía también un juicio moral negativo”.
Según Campbell, los nómadas arios desde el Norte, y los semitas del Sur, pastores de ovejas y cabras, impusieron violentamente estos héroes solares y dioses masculinos. Las literaturas de la primera Edad del Hierro están atravesadas por el tema de la conquista por un héroe radiante del monstruo oscuro y desacreditado del anterior orden divino, de cuyos anillos se obtendría algún tesoro: una doncella, una tierra, un regalo de oro o la liberación de la tiranía del propio monstruo. Según Jane Ellen Harrison, citada por Campbell, esta mitología se presenta “primero y principalmente como protesta contra la adoración del Tierra y los demonios de la fertilidad de la tierra. Así, el punto de vista patriarcal se distingue de la anterior visión arcaica porque separa a todos los pares de opuestos: varón y hembra, vida y muerte, bueno y malo, verdad y mentira, como si fueran absolutos en sí mismos, y no meros aspectos de la más amplia entidad de la vida”.
En Grecia, la voluntad y el Ego masculino, según Campbell, prosperaron de una forma que en aquella época fue única en el mundo, por la forma de una inteligencia responsable de sí misma, que considera racionalmente y juzga responsablemente el mundo de los hechos empíricos, con la intención última no de servir a los dioses, sino de desarrollar y madurar al hombre. Los rituales hindúes del sacrifico humano ante Kali ignoraban al individuo; eran disciplinas destinadas a inspirar y consumar una espiritualidad de devoción impersonal a los arquetipos mitológicos del orden social .

Pero en Grecia, con su apreciación apolínea de la forma individual, su belleza y su excelencia particular, el acento de los antiguos temas míticos básicos pasó del arquetipo repetido continuamente a la individualidad única de cada víctima en particular: y no sólo a esta individualidad particular, sino también a todo el orden de valores que podemos llamar “personal” en oposición a los impersonales. Este cambio trascendental es lo que Campbell señala como el milagro griego, y afirma que es comparable a una mutación psicológica evolutiva.
En la cosmogonía griega, quedó asegurado el reino de los dioses patriarcales del Monte Olimpo sobre la anterior progenie de la Gran Diosa Madre gracias a la victoria de Zeus sobre Tifón, (el menor de los hijos de Gea, la Diosa Tierra) . Esta victoria de las deidades patriarcales sobre las anteriores matriarcales no fue tan decisiva en la esfera grecorromana como en los mitos del Antiguo Testamento (en Grecia los dioses no exterminaron a las diosas, sino que se casaron con ellas, con lo cual siguieron teniendo poder e influencia). Según Joseph Campbell, la nueva mitología se utiliza para crear no sólo un nuevo orden social, sino también una psicología nueva, una nueva verdad, una nueva estructura de pensamiento y sentimiento humana a la que se atribuye alcance cósmico.
La batalla, como si fuera la de los dioses contra los Titanes antes del principio del mundo, en realidad se libró entre dos aspectos de la psique humana en un momento crítico de la historia, cuando las funciones racionales y luminosas, bajo el signo del Varón Heroico, derrotaron a la fascinación del oscuro misterio de los más profundos niveles del alma. Así, lo luminoso lo representan los dioses solares, y lo oscuro queda representado por las diosas femeninas.
Para la doctora Harding, el símbolo de los misterios femeninos mitificados es la Luna. En muchos pueblos abundan los vocablos que significan a la vez luna y menstruación, esta misma palabra quiere decir “cambio de luna”, pues mens se refiere al mes como medida de tiempo por los ciclos lunares. “para el hombre primitivo, el Sol es masculino y la Luna femenina”, idea vigente en tribus de América, África, Australia y la Polinesia en la actualidad. “Según los pueblos más primitivos, la Luna es una presencia benéfica cuya luz se considera indispensable para la germinación; es una fuerza fertilizante de eficacia general sin la cual ni los animales tienen crías ni las mujeres pueden tener hijos” .
No sólo se creía que la Luna era la causa del embarazo de las mujeres, sino que además las protegía y se invocaba su ayuda en el momento del parto. Harding sostiene que la Vieja Madre es, en verdad, un título general de la Luna, y que sus poderes fueron desde un principio ambivalentes: unos benéficos y otros maléficos. Eran simbolizados por la Serpiente, que tenía prestigio por su capacidad de autorrenovación, igual que la Luna y la mujer en sus ciclos.
Campbell cree que el culto a la Luna fue sustituido por el culto al Sol y a los dioses masculinos. Afirma también que el hecho de que la Gran Diosa Madre haya sido relegada, insultada, sustituida, y asesinada por sus propios hijos en la mitología griega sigue actuando como oponente en el inconsciente de la civilización actual, lo que ha creado una especie de neurosis de evitar todo lo que ella representaba (vida, fertilidad, sentimientos) y ha reducido nuestro pensamiento a pares de elementos (masculino/femenino), en los que uno prevalece sobre el otro, declarándose superior y conformando dimensiones jerárquicas que generan desigualdades.
Campbell defiende y demuestra en su obra que en todas las mitologías patriarcales la función de la mujer ha sido devaluada sistemáticamente, no sólo en un sentido simbólico cosmológico, sino también personal, psicológico.

*Es Doctora en Humanidades y Comunicación Audiovisual, con énfasis en Teoría de Género

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