Julia Conesa, que mi nombre no se borre de la historia

En esta ocasión, desde la curiosa mirada de Hipatia queremos hablarles de una mujer que antes de morir le rogó a su madre que su nombre no se borrase de la historia. En su carta, Julia Conesa, antes de ser fusilada junto a sus doce compañeras, escribiría: “Madre, hermanos, con todo el cariño y entusiasmo os pido que no me lloréis nadie. Salgo sin llorar. Me matan inocente, pero muero como debe morir una inocente. Madre, madrecita, me voy a reunir con mi hermana y papá al otro mundo, pero ten presente que muero por persona honrada. Adiós, madre querida, adiós para siempre. Tu hija, que ya jamás te podrá besar ni abrazar”. Julia cerraba su carta con una suplica, “que mi nombre no se borre en la historia”.
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Las guerrilleras silenciadas

“Para mí fue un orgullo participar en aquella lucha. Fui varios años enlace y después pase a la guerrilla del monte, con armas y luchando con ellos. No queríamos el…

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Eco Republicano: Antonio Machado sigue en el exilio 75 años después de su muerte

Eco Republicano: Antonio Machado sigue en el exilio 75 años después de su muerte

Antonio Machado sigue en el exilio 75 años después de su muerte

mujeres masonasAntonio Machado

La sepultura del poeta en Collioure se ha convertido, tras no pocas peripecias y polémicas, en el memorial más conocido y concurrido del medio millón de republicanos que pasaron derrotados la frontera, con quienes el poeta quiso compartir el destino hasta el final.

El 22 de febrero se cumplen 75 años de la muerte de Antonio Machado en el exilio de Collioure. Ya era considerado el primer poeta vivo en lengua castellana, una venerable figura patriarcal de 61 años, cuando decidió no marchar de España al inicio de la Guerra Civil, a diferencia de lo que hicieron Ramón Menéndez Pidal, Américo Castro, Azorín, Pío Baroja, José Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez, Ramón Gómez de la Serna, Gregorio Marañón, Pedro Salinas, Salvador de Madariaga, Ramón Pérez de Ayala y otros. Él quiso permanecer en el domicilio familiar de Madrid como gesto de apoyo a la legalidad republicana.

Pero con el precedente del fusilamiento de Federico García Lorca por los franquistas en agosto de 1936 en Granada, en noviembre se presentaron León Felipe y Rafael Alberti en casa de Machado para rogarle que aceptase la evacuación a Valencia, como ya había hecho el gobierno de la República en peso desde el día 7 de aquel mes, ante la amenaza de bombardeos y el asedio sobre la capital por parte de los sublevados. De entrada se negó, fue precisa una segunda visita para convencerle. Finalmente el 24 de noviembre dejó Madrid por Valencia, donde permaneció con su familia hasta finales de abril de 1938 en que fue evacuado de nuevo, este vez a Barcelona, conjuntamente con el gobierno de la República.

Primero se alojó en el hotel Majestic del Paseo de Gracia, convertido en residencia de invitados y corresponsales extranjeros. El ajetreo del céntrico establecimiento aconsejó trasladar a Machado y su familia al cabo de un mes a la Torre Castanyer, en el Paseo de San Gervasio nro. 21, un palacete incautado al vizconde de Güell. Contaba con amplio jardín, aunque la casa conocía problemas de calefacción y suministro eléctrico como la mayoría de la ciudad en aquellos momentos. El hecho de no saberse de ninguna salida de Machado de la Torre Castanyer durante los once meses de estancia en Barcelona trasluce su delicado estado de salud y el cariz que la guerra había empezado a tomar en el ánimo de todos.

El domingo 22 de enero de 1939, a les tres de la madrugada, Machado abandonó Barcelona en dirección a la frontera francesa, igual que todos los mandatarios republicanos, en una comitiva de coches y ambulancias formada por el poeta (con su madre, el hermano José Machado y su mujer Matea Monedero) y los hermanos Joaquim y Josep Xirau Palau con sus familias. Tomaron por la carretera litoral hasta Malgrat. Al alba del lunes 23 de enero atravesaron la ciudad de Girona, repleta de evacuados, bajo los bombardeos franquistas. Se alojaron en la masía Can Santamaria, en Raset. Allí se les unió una segunda comitiva integrada por el pedagogo Joan Roura Parella, el doctor Emili Mira, el lingüista Tomás Navarro Tomás, el médico Joaquim Trias i Pujol, el periodista Corpus Barga, el astrónomo Pedro Carrasco, el naturalista Enrique Rioja, el neurólogo José Miguel Sacristán y el geólogo José Royo Gómez, algunos con sus familias. El grupo quedó inmovilizado durante cuatro días, debido a la creciente inseguridad de las carreteras y al cierre de la frontera mantenido por las autoridades francesas. Royo Gómez tomó, en el patio de la casa, la última foto en vida de un Machado envejecido, demacrado, visiblemente abatido.

Tras recibir la noticia de la caída de Barcelona el jueves 26 de enero, aquel mismo día prosiguieron camino de noche en varios vehículos y por grupos separados. Una ambulancia condujo a Machado y sus familiares hasta el Mas Faixat, en una loma boscosa de Viladesens, a tan solo un par de kilómetros de trayecto. Allí pasaron la noche en blanco. Se les sumó un tercer grupo de intelectuales evacuados, encabezado por el presidente de la Institución de las Letras Catalanas, Josep Pous i Pagès, y su vicepresidente, el poeta y profesor Carles Riba.

En el Mas Faixat Carles Riba entregó a Machado un fragmento que acababa de componer, con la dedicatoria: “Con admiración y afecto, en la común esperanza que aún nos alienta, a don Antonio Machado, de su fiel amigo Carles Riba”. Aquellos versos aparecerían pocos años más tarde como íncipit de las célebres Elegies de Bierville: “Tristes banderes/ del crepuscle!/ Contra elles/ sóc porpra viva./ Seré un cor dins la fosca;/ porpra de nou amb l’alba”.

La comitiva retomó la marcha al alba del viernes 27 de enero y llegó al puesto fronterizo de Cerbère al anochecer. Pese al colapso de la carretera por la cantidad de refugiados, la gendarmería tomó en consideración el estado del poeta y de su anciana madre y les condujo en coche hasta la estación de tren de la localidad, donde pasaron la noche a un vagón sin calefacción. A la mañana siguiente todos los integrantes de la comitiva de Machado (intelectuales bajo protección del gobierno de la República que no eran deportados por las autoridades francesas a los campos de concentración de las playas vecinas como los milicianos ni dispersados obligatoriamente hacia el interior de Francia como el resto de civiles) tomaron el tren para dirigirse a Perpiñán o a París, donde los medios de subsistencia eran más presumibles.

El consulado de la República española en Perpiñán ofreció a Machado la ayuda que necesitase y le recomendó trasladarse a París, donde era esperado. El poeta, tras más de dos años bajo la protección de las autoridades republicanas, esta vez declinó la ayuda. Sin fuerzas para continuar, decidió tomar él solo con sus familiares y el amigo Corpus Barga un tren local hasta algún discreto lugar cercano donde dejar caer sus huesos. Se apearon después de tan solo quince minutos de viaje, indefensos bajo la lluvia, en la diminuta estación de Collioure. Apenas había dejado atrás las estaciones de Banyuls y Port-Vendres. Solo faltaban dos más, Argelés y Elna, para llegar a la ciudad de Perpiñán, a quince minutos suplementarios de recorrido.

El joven ferroviario Jacques Baills, jefe suplente de la estación de Collioure, vio apearse del tren el sábado 28 de enero de 1939, a las cinco y media de la tarde, bajo la lluvia, a Machado y sus familiares. El poeta, exhausto, tan solo sobrevivió 26 días en Collioure, acogido por la propietaria del hotelito Bougnol-Quintana. Murió el 22 de febrero, “ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar”, tal como auguraban sus versos. La madre falleció dos días después en la misma habitación. Fueron enterrados en el cementerio viejo de la localidad.

Dentro de la sencillez vocacional de Machado, su sepultura en Collioure se ha convertido, tras no pocas peripecias y polémicas, en el memorial más conocido y concurrido del medio millón de republicanos que pasaron derrotados la frontera, con quienes el poeta quiso compartir el destino hasta el final. Hoy no son recordados solamente sus versos o su vida, también su muerte. Por eso la tumba mantenida en Collioure tiene el mismo sentido que el primer día. Es el memorial del éxodo de 1939. A nadie se le escapa que Machado se encuentra allí en el exilio, porque precisamente de lo que se trata es de recordarlo.

Xavier Febrés

Fuente: www.eldiario.es

Fuente: http://www.ecorepublicano.es/2014/02/antonio-machado-sigue-en-el-exilio-75.html?m=1
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Esta es la carta que acompaña a la foto de miliciana de Simone Weil. Búscame en el ciclo de la vida: 380. Carta de Simone Weil a Georges Bernanos.

Carta de Simone Weil a Georges Bernanos.

Simone Weil llegó a Barcelona en agosto de 1936, recién iniciada la Guerra Civil para alistarse en la columna Durruti. Al poco tiempo, a causa de un accidente doméstico regresó a Francia, pero mantuvo un especial interés por la causa española.

mujeres masonas

La carta que se trascribe a continuación fue enviada por Simone Weil a Georges Bernanos en 1938. Este último, autor de Los grandes cementerios bajo la luna, un magnífico libro sobre la guerra civil española, residía en Mallorca cuando estalló la contienda y se situó al lado de los militares rebeldes. Pero su fidelidad a los “nacionales” duro muy poco. Tras el fracaso del desembarco republicano de Porto Cristo fue consciente de la barbarie ejercida por los sublevados y no dejó a aullar contra ellos.

Simone Weil
3, rué Auguste-Comte, París.

Estimado señor:

Por ridículo que sea escribir a un escritor, que está siempre, por la naturaleza de su oficio, inundado de cartas, no puedo resistirme a hacerlo después de haber leído Los grandes cementerios bajo la luna. No es la primera vez que un libro suyo me afecta; el rural Diario de un cura es a mis ojos el más hermoso, al menos de los que he leído, y ciertamente un gran libro. Pero aunque me hayan podido gustar otros libros suyos, no tenía ninguna razón para importunarle escribiéndole.

En cuanto a este último es otra cosa; he tenido una experiencia que responde a la suya, aunque mucho más breve, menos profunda, situada en otro lugar y vivida, en apariencia —solamente en apariencia— en un espíritu muy distinto.

Yo no soy católica, aunque —lo que voy a decir parecerá presuntuoso a cualquier católico, dicho por un no católico, pero no me puedo expresar de otra manera— nada católico, nada cristiano me haya parecido nunca ajeno. A veces me he dicho que si se fijara a las puertas de las iglesias un cartel diciendo que se prohíbe la entrada a cualquiera que disfrute de una renta superior a tal o cual suma, poco elevada, yo me convertiría inmediatamente. Desde la infancia, mis simpatías se han dirigido hacia los grupos que se identificaban con las capas despreciadas de la jerarquía social, hasta que he tomado conciencia de que tales grupos son de una naturaleza que hace extinguirse cualquier simpatía. El último que me había inspirado alguna confianza era la CNT española. Había viajado un poco por España antes de la guerra civil; muy poco, pero lo suficiente para sentir el amor que es difícil no experimentar hacia ese pueblo; yo había visto en el movimiento anarquista la expresión natural de sus grandezas y sus defectos, de sus aspiraciones más legítimas y de las menos legítimas. La CNT, la FAI eran una mezcla asombrosa, donde se admitía a cualquiera, y donde, en consecuencia, se podría encontrar inmoralidad, cinismo, fanatismo, crueldad, pero también amor, espíritu de fraternidad y, sobre todo, la reivindicación del honor tan hermosa entre los hombres humillados; me parecía que aquellos que iban allí animados por un ideal prevalecían sobre aquellos a los que impulsaba la violencia y el desorden.

En julio de 1936 yo estaba en París. No me gusta la guerra, pero lo que siempre me ha provocado más horror que la guerra es la situación de los que se encuentran en retaguardia. Cuando comprendí que, a pesar de mis esfuerzos, no podía dejar de participar moralmente en esa guerra, es decir, desear todos los días, a todas horas, la victoria de unos y la derrota de los otros, me dije que París era para mí la retaguardia, y tomé el tren para Barcelona con la intención de comprometerme. Era a principios de agosto de 1936.

Un accidente me hizo abreviar forzosamente mi estancia en España. Estuve algunos días en Barcelona, después en pleno campo aragonés, junto al Ebro, a una quincena de kilómetros de Zaragoza, en el mismo lugar en que recientemente las tropas de Yagüe han pasado el Ebro. Después en el palacio de Sitges transformado en hospital; después nuevamente en Barcelona; en total, aproximadamente dos meses. Dejé España a mi pesar y con la intención de regresar; más tarde, voluntariamente no he hecho nada. No sentía ya ninguna necesidad interior de participar en una guerra que no era ya, como me había parecido al principio, una guerra de campesinos hambrientos contra propietarios terratenientes y un clero cómplice de los propietarios, sino una guerra entre Rusia, Alemania e Italia. He conocido ese olor de guerra civil, de sangre y de terror que desprende su libro; lo había respirado. No he visto ni oído nada, debo decirlo, que alcance la ignominia de algunas historias que usted cuenta, esos asesinatos de viejos campesinos a golpes de garrote. Sin embargo, lo que oí bastaba. Estuve a punto de asistir a la ejecución de un sacerdote; durante los minutos de espera, me preguntaba si simplemente iba a mirar o haría que me fusilaran al tratar de intervenir; todavía no sé qué habría hecho si una feliz casualidad no hubiera impedido la ejecución.

Cuántas historias se agolpan bajo mi pluma… Pero sería demasiado largo; ¿y para qué? Una sola bastará. Estaba en Sitges cuando llegaron, vencidos, los milicianos de la expedición de Mallorca. Habían sido diezmados. De cuarenta muchachos jóvenes que habían salido de Sitges, habían muerto nueve. Sólo se supo a la vuelta de los otros treinta y uno. La misma noche siguiente se hicieron nueve expediciones punitivas, se mató a nueve fascistas, o supuestamente tales, en esta pequeña ciudad donde, en julio, no había pasado nada. Entre esos nueve, un panadero de unos treinta años, cuyo crimen era, me dijeron, haber pertenecido a la milicia de los «somatén»; su anciano padre, del que era hijo único y el único sostén, se volvió loco. Otra: en Aragón, un pequeño grupo internacional de veintidós milicianos de todos los países cogió, después de una escaramuza, a un joven de quince años que combatía como falangista. Nada más ser cogido, temblando por haber visto cómo morían sus camaradas junto a él, dijo que se le había enrolado a la fuerza. Se le registró, se le encontró una medalla de la Virgen y un carné de falangista. Se le envió a Durruti, jefe de la columna, que tras haberle expuesto durante una hora las bellezas del ideal anarquista le dio la elección entre morir y enrolarse inmediatamente en las filas de aquellos que lo habían hecho prisionero, contra sus camaradas de la víspera. Durruti dio al muchacho veinticuatro horas de reflexión; al cabo de veinticuatro horas, el chico dijo no y fue fusilado. Durruti era, sin embargo, en algunos aspectos, un hombre admirable. La muerte de este joven héroe no ha dejado nunca de pesar sobre mi conciencia, aunque no lo haya sabido sino después. Y esto otro: en una aldea que rojos y blancos habían tomado, perdido, retomado, vuelto a perder, no sé cuántas veces, los milicianos rojos, habiéndola vuelto a tomar definitivamente, encontraron en las cuevas un puñado de seres despavoridos, aterrorizados y hambrientos, entre ellos tres o cuatro jóvenes. Razonaron así: si estos jóvenes, en lugar de venirse con nosotros la última vez que nos hemos retirado, han permanecido aquí y han esperado a los fascistas, es que son fascistas. Por lo tanto, los fusilaron inmediatamente, después dieron de comer a los demás y se creyeron muy humanos. Una última historia, ésta de la retaguardia: dos anarquistas me contaron una vez cómo, con otros camaradas, habían cogido a dos sacerdotes; a uno se le mató en el sitio, en presencia del otro, de un disparo de revólver; después se dijo al otro que podía marcharse. Cuando estaba a veinte pasos, se le abatió. El que me contaba la historia se asombró mucho de no verme reír.

En Barcelona se mataba como media, en forma de expediciones punitivas, a una cincuentena de hombres por noche. Proporcionalmente, era mucho menos que en Mallorca, puesto que Barcelona es una ciudad de casi un millón de habitantes; por otra parte, se desarrolló allí durante tres días una sangrienta batalla callejera. Pero tal vez las cifras no sean lo esencial en semejante materia. Lo esencial es la actitud con respecto al hecho de matar a alguien. Ni entre los españoles, ni siquiera entre los franceses llegados, sea para combatir, sea para darse un paseo —estos últimos con mucha frecuencia intelectuales blandos e inofensivos—, he visto nunca expresar, ni siquiera en la intimidad, la repulsión, el desagrado ni tan sólo la desaprobación por la sangre vertida inútilmente. Usted habla de miedo. Sí, el miedo ha tenido una parte en esas matanzas; pero allí donde yo estaba no he visto la parte que usted le atribuye. Hombres aparentemente valientes —de uno de ellos, al menos, he constatado personalmente su valor— contaban con una sonrisa fraternal, en medio de una comida llena de camaradería, cómo habían matado a sacerdotes o a «fascistas», término muy amplio.

En cuanto a mi, tuve el sentimiento de que, cuando las autoridades temporales y espirituales han puesto una categoría de seres humanos fuera de aquellos cuya vida tiene un precio, no hay nada más natural para el hombre que matar. Cuando se sabe que es posible matar sin arriesgarse a un castigo ni reprobación, se mata; o al menos se rodea de sonrisas alentadoras a aquellos que matan. Si por casualidad se experimenta primero cierto desagrado, se calla y pronto se lo sofoca por miedo a parecer que se carece de virilidad. Hay ahí una incitación, una ebriedad a la que es imposible resistirse sin una fuerza de ánimo que me parece excepcional, puesto que no la he encontrado en ninguna parte. He encontrado en cambio franceses pacíficos, que hasta ese momento yo no despreciaba, a los que no se les habría ocurrido ir por sí mismos a matar, pero que se sumergían en esa atmósfera impregnada de sangre con un visible placer. Nunca podré sentir por ellos, en el futuro, ninguna estima-

Una atmósfera así borra pronto el objetivo mismo de la lucha. Pues no se puede formular el objetivo más que reconduciéndolo al bien público, al bien de los hombres, y los hombres tienen un valor nulo. En un país en que los pobres son, en su gran mayoría, campesinos, el mayor bienestar de los campesinos debe ser un objetivo esencial para todo grupo de extrema izquierda; y esta guerra fue tal vez, ante todo, al principio, una guerra por y contra la repartición de tierras. Y bien, esos míseros y magníficos campesinos de Aragón, tan dignos bajo las humillaciones, no eran para los milicianos siquiera un objeto de curiosidad. Sin insolencias, sin injurias, sin brutalidad —al menos yo no vi nada de eso, y sé que robo y violación eran merecedores, en las columnas anarquistas, de pena de muerte— un abismo separaba a los hombres armados de la población desarmada, un abismo semejante al que separa a los pobres y a los ricos. Se sentía en la actitud siempre algo humilde, sumisa, temerosa de unos, en la soltura, la desenvoltura, la condescendencia de los otros. Se parte como voluntario, con ideas de sacrificio, y se cae en una guerra que se parece a una guerra de mercenarios, con muchas crueldades de más y el sentido del respeto debido al enemigo de menos.

Podría prolongar indefinidamente estas reflexiones, pero debo limitarme. Desde que estuve en España, oigo, leo todo tipo de consideraciones sobre España, y no puedo citar a nadie, aparte de usted, que se haya sumergido, que yo sepa, en la atmósfera de la guerra española y lo haya resistido. Usted es monárquico, discípulo de Drumont: ¿qué me importa? Usted me es más cercano, sin comparación, que mis camaradas de las milicias de Aragón, esos camaradas a los que, sin embargo, yo amaba.

Lo que dice del nacionalismo, de la guerra, de la política exterior francesa después de la guerra me ha llegado igualmente al corazón. Yo tenía diez años cuando el tratado de Versalles. Hasta entonces había sido patriota con toda la exaltación de los niños en período de guerra. La voluntad de humillar al enemigo vencido, que se desbordó por todas partes en ese momento (y en los años que siguieron) de una manera tan repugnante, me curó de una vez por todas de ese patriotismo ingenuo. Las humillaciones infligidas por mi país me son más dolorosas que las que éste pueda sufrir.

Temo haberle molestado con una carta tan larga. No me queda más que expresarle mi más sincera admiración.

S. Weil
Diario de España (Simone Weil)

[En línea] buscameenelciclodelavida.blogspot.com.es/2012/10/carta-de-simone-weil-georges-bernanos.html?m=1 [Consulta: 04/02/2014]
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Orwell: En España no sólo había una Guerra Civil, sino el inicio de una revolución

El escritor inglés plasmó en ‘Homenaje a Catalunya’ su experiencia personal en el frente de Aragón y sus opiniones sobre el proceso revolucionario que estaba iniciándose en Catalunya y que fue reprimido, entre otros, por la Unión Soviética, según escribió. Pero la traducción de la obra permaneció duramente censurada en España hasta 2003, como ha detallado el profesor de la Universidad de Alcalá Alberto Lázaro.

ALEJANDRO TORRÚS ⎮Público ⎮Madrid 12/01/2014

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George Orwell

Cuando George Orwell, cuyo nombre real era Eric Blair, llega a Barcelona el 26 de diciembre de 1936, se encuentra con una situación “abrumadora y sorprendente”. Los trabajadores “habían requisado casi todos los edificios y los habían tapizado de banderas rojas o con la bandera roja y negra de los anarquistas, habían pintado la hoz y el martillo y las iniciales de partidos revolucionarios en todas las paredes; habían saqueado casi todas las iglesias y quemado las imágenes”. Orwell quedó fascinado.

“Era la primera vez que yo pisaba una ciudad donde estaban al mando los obreros”, escribe el autor de ’1984′ en la obra Homenaje a Cataluña, donde muestra su experiencia personal en el frente de Aragón y sus opiniones sobre el proceso revolucionario que estaba iniciándose en Catalunya y que en su opinión fue reprimido por, entre otros, la Unión Soviética.

Pero lo que más sorprendió al famoso novelista y escritor no eran ya los edificios “requisados” sino el cambio en las relaciones humanas. “Los camareros y los dependientes de los comercios te miraban a los ojos y te trataban de igual a igual. Las formas de tratamiento serviles o ceremoniosas habían desaparecido temporalmente. Nadie decía señor, ni don, ni siquiera usted, sino que todos se llamaban camarada, se tuteaban y se decían salud en lugar de buenos días”.

Esta sensación de que la revolución social se estaba implantando fue mantenida por Orwell durante su estancia en el frente de Aragón junto a las milicias del POUM, partido al que se alistó nada más llegar a Barcelona porque “en aquel momento y en aquel ambiente parecía lo único lógico”. En el frente de batalla no había jerarquías, todo el mundo se tuteaba y todos los soldados, del rango que fueran, cobraban lo mismo. Eso sí, puntualiza, todos obedecían las órdenes, aunque la guerra, como tal, que se encontró en Aragón, entre enero y abril de 1937, no era lo que él esperaba.

“Los ingleses adquirieron la costumbre de decir que aquello no era una guerra, sino una siniestra pantomima. Los fascistas apenas disparaban. El único peligro era el de las balas perdidas, que (…) llegaban de varias direcciones. Todas las víctimas de aquella guerra las causaban las balas perdidas”, señala el escritor.

La percepción de que la revolución social se estaba implantando en Catalunya desapareció en la primavera de 1937, sobre todo, tras los sucesos de mayo cuando la Guardia de Asalto de la República tomó el edificio de Telefónica de la ciudad condal, que hasta entonces y desde el inicio de la guerra había estado controlado por los trabajadores, en su mayoría afiliados al sindicato anarquista CNT, y tras el inicio de la feroz represión de los dirigentes del POUM, ilegalizado el 15 de junio, que acabó con el secuestro y posterior asesinato de Andreu Nin a manos de agentes soviéticos.

“Yo no era culpable de nada más que de trotskismo. Que hubiera combatido en la milicia del POUM bastaba para enviarme a la cárcel””Los estalinistas estaban en el poder y todo el mundo sabía que los trotskistas corrían peligro (…) No estaban deteniendo a criminales; era meramente el reinado del terror. Yo no era culpable de nada, en concreto, pero sí de trotskismo. El hecho de que hubiera combatido en la milicia del POUM bastaba para enviarme a la cárcel”, escribe Orwell, que ha reconocido en varias ocasiones que su experiencia en la Guerra Civil española fue la que le hizo “abrir los ojos” sobre la realidad de la Unión Soviética de Stalin y su deriva totalitarista.

Su experiencia en el frente de Aragón con la milicia del POUM, primero, y las Brigadas Internacionales, después; y en Barcelona el invierno de 1936/37 y el mes de mayo de 1937 llevaron al autor a señalar que “lo que había sucedido en España no era sólo una Guerra Civil, sino el inicio de una revolución”.

“Sólo era el comienzo de una revolución, no una revolución completa. Incluso cuando los trabajadores, sin duda en Catalunya y posiblemente en todas partes, tuvieron el poder para hacerlo, no derrocaron ni reemplazaron el Gobierno. Es evidente que no podían hacerlo con Franco a la puerta y con parte de la clase media de su lado. El país atravesaba una etapa de transición que podía derivar hacia el socialismo o hacia una república convencional”, escribe el autor.

Bajo su punto de vista, la Guerra Civil española y el conflicto interno que se vivió en el bando republicano fue silenciado por la prensa internacional. ”Otra de las enseñanzas que me llevo de esta guerra es que tanto la prensa de derechas, como la prensa de izquierdas, mienten por igual”, llega a escribir. “La prensa antifascista europea ha tratado de ocultar [el aspecto revolucionario], reduciéndolo todo a una cuestión de fascismo contra democracia y pasando por alto en lo posible el aspecto revolucionario. En Inglaterra, donde la prensa está más centralizada y la opinión pública es más fácil de manipular que en ninguna otra parte, sólo se ha dado publicidad a dos versiones de la guerra de España: la versión de la derecha de unos patriotas cristianos enfrentados a unos bolcheviques con las manos manchadas de sangre, y la de la izquierda de unos caballerosos republicanos aplastando una revuelta militar”, explica.

Problemas para su publicación

La obra Homenaje a Cataluña de George Orwell tuvo serios problemas para ver la luz debido a la feroz crítica al stalinismo. De hecho, el libro pondrá en aprietas la relación de Orwell con su editorial habitual, que se negó a publicar la obra, y que finalmente salió a la venta con la pequeña editorial Secker & Warburg. “La ‘verdad’ que quería contar Orwell en su libro sobre España resultaba excesivamente incómoda para un editor que se sentía, como tantos otros, compañero de viaje del Partido Comunista”, escribe Miquel Berga, doctor en Filología Inglesa por la Universidad Autónoma de Barcelona y especializado en escritores ingles y la Guerra Civil española.

No obstante, la publicación de la obra fue un fiasco editorial. Los 1.500 ejemplares de la primera edición aún no se habían agotado a la muerte de Orwell en 1950. La editorial tardó 14 años en recuperar el avance de 150 libros que había pagado al autor. Sin embargo, en 1975, las ventas ya eran millonarias, tal y como recoge Berga.

En España, la publicación del libro de Orwell tuvo que esperar más de treinta años. La primera edición, publicada en 1970 en catalán y en castellano, fue duramente censurada y hasta 2003 no se público el libro tal y como lo escribió el escritor inglés. Alberto Lázaro, profesor de la Universidad de Alcalá, ha hecho un estudio meticuloso de la censura franquista en el libro de Orwell. Lázaro resume en una tabla comparativa lo escrito por Orwell y lo publicado en el régimen franquista.

Así, la obra publicada, vigente hasta 2003, no podía hablar de “fascistas” sino de “franquistas o nacionales”; la ”bandera nacional catalana” debía ser “la bandera catalana”; lo que Orwell llamaba el alzamiento del pueblo español fuese sustituido por “la izquierda española”; o que cuando el autor decía que valía la pena luchar por el Gobierno “contra el fascismo más crudo y desarrollado de Franco y Hitler” se le hiciese decir simplemente “contra el fascismo”. En otros casos, sin embargo, se optó por la eliminación de un párrafo entero, como uno en el que Orwell afirma que Franco “está vinculado a los latifundistas feudales y defendía la vetusta reacción militar eclesiástica”.
Citas de Orwell sobre la Guerra Civil:
Sobre España y españoles

“Prefería ser extranjero en España que en cualquier otro país. ¡Qué fácil es hacer amigos en España! Al cabo de un día o dos, ya había veinte milicianos que me llamaban por mi nombre de pila, me enseñaban toda clase de trucos y me abrumaban con su hospitalidad”.

“A los españoles se les dan bien muchas cosas, pero no combatir. A todos los extranjeros les horroriza su ineficacia y, sobre todo, su desesperante falta de puntualidad. Lo quiera o no, un extranjero siempre acabará aprendiendo la palabra mañana. Siempre que es humanamente posible, los asuntos de hoy se posponen a mañana. Tan evidente es que los propios españoles bromean con ello. En España, desde una batalla a una comida, nunca ocurre a la hora acordada”.
Sobre la preparación de la milicia del POUM y el material bélico

“La supuesta instrucción consistía solo en estúpidos y anticuados ejercicios de desfile: variación derecha, variación izquierda, media vuelta, en columna de tres y todos sinsentidos que habría aprendido a los quince años. Era un modo insensato de entrar a un ejército de guerrilleros. Es evidente que, si solo se dispone de unos días para adiestrar a un soldado, es imprescindible enseñarle lo más necesario: a ponerse a cubierto, a avanzar por terreno despoblado, a montar guardias y construir un parapeto y, sobre todo a utilizar armas. Sin embargo, aquella turba de muchachos entusiastas a quienes iban a enviar al frente al cabo de unos días no aprendía a disparar un fusil o a quitar el seguro de una granada. En aquel momento, no caí en la cuenta de que sencillamente no tenían armas. En la milicia del POUM, la falta de fusiles eran tan desesperante que las tropas recién llegadas al frente tenían que utilizar los de los soldados a quienes habían ido a relevar”.

“Los proyectiles eran viejísimos; no recuerdo quién encontró una espoleta con la fecha impresa y era de 1917. Los cañones fascistas eran del mismo fabricante que los nuestros, y los obuses que no llegaban a estallar se reparaban y se volvían a utilizar contra ellos. Se contaba que había un proyectil, que tenía mote propio, que iba de un lado al otro sin explotar nunca”.
Enfrentamiento en la Telefónica a favor de los anarquistas

“En cuanto supe lo que ocurría me sentí aliviado. La cosa estaba clara. De un lado estaba la CNT, del otro la Policía. No siento especial simpatía por el “obrero” idealizado por los comunistas burgueses, pero cuando veo a un obrero de carne y hueso enfrentado a su enemigo natural, el policía, no necesito preguntarme de qué lado estoy”.
Barcelona, en la primavera de 1937

“La indiferencia generalizada por la guerra me pareció sorprendente y repulsiva. Horrorizaba a los que llegaban a Barcelona procedentes de Madrid o incluso de Valencia. En parte se debía a lo lejos que estaba del frente. (…) Nadie quería perder la guerra, pero la mayoría quería que acabara cuanto antes. Se notaba en todas partes. Fueras a donde fueses te recibían con la misma observación: ‘¡Qué guerra tan terrible! ¿Cuándo acabará?’ A la gente con conciencia política le preocupaban más las rencillas internas entre los anarquistas y los comunistas que la lucha contra Franco.
Herido en el frente

Apenas llevaba diez días en el frente cuando me hirieron. Recibir un balazo es una experiencia interesante, y creo que la pena describirla con detalle. (…) Es muy difícil decir lo que sentí, aunque lo recuerda de manera muy vívida. A grandes rasgos, tuve la sensación de encontrarme en el centro de una explosión. Creí oír una detonación muy fuerte, vi una luz muy intensa y sentí una tremenda sacudida, aunque no me dolió: sólo fue una una sacudida muy violenta, como una descarga eléctrica, acompañada de una debilidad terrible, como si me hubieran golpeado y no tenía fuerzas para hacer nada. (…)

“Enseguida supe que me había dado. (…) Justo después se me doblaron las rodillas. Caí y me golpeé la cabeza contra el suelo, pero por suerte no me dolió. (…) Cuando me incorporaron, me salió un chorro de sangre de la boca y oí decir a un español que tenía detrás que la bala me había atravesado limpiamente el cuello. Noté que el alcohol, que en condiciones normales me habría escocido como un demonio, me producía un frescor agradable en la garganta. (…) Di por hecho que estaba listo. Nunca había oído hablar de hombre o animal al que hubieran disparado en el cuello y que hubiese sobrevivido.”

“Debieron pasaron dos minutos en los que pensé que me habían matado. Y eso también fue interesante; me refiero a que es interesante saber en qué piensa uno en una ocasión así. Aunque parezca un tópico en lo primero que pensé fue en mi mujer. Lo siguiente que sentí fue una violenta rabia por tener que dejar este mundo, en el que, a pesar de todo, me encuentro muy bien. Tuve tiempo de sentirlo de forma muy vívida”.

Fuente: http://www.publico.es/politica/494645/orwell-en-espana-no-solo-habia-una-guerra-civil-sino-el-inicio-de-una-revolucion
Orwell: “En España no sólo había una Guerra Civil, sino el inicio de una revolución”, 5.0 out of 5 based on 3 ratings

Fuente: Iniciativa debate. Orwell: “En España no sólo había una Guerra Civil, sino el inicio de una revolución” [en línea]
http://iniciativadebate.org/2014/01/12/orwell-en-espana-no-solo-habia-una-guerra-civil-sino-el-inicio-de-una-revolucion/ [consulta 19-01-2014]
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Maria Torres en Búscame en el ciclo de la vida: 273. FRIDA KNIGHT, brigadista.

Maria Torres en Búscame en el ciclo de la vida: 273. FRIDA KNIGHT, brigadista.

mujeres masonas 017

Fuente original: http://buscameenelciclodelavida.blogspot.com.es/2012/06/frida-knight-brigadista.html?m=1

¿Quién fue el responsable del “millón de muertos” de Hernando?

¿Quién fue el responsable del “millón de muertos” de Hernando?

franco
Ante las declaraciones del portavoz adjunto del PP en el Congreso sobre la II República, ‘Público’ ha contactado con cuatro historiadores de conocido prestigio para explicar por qué hubo una Guerra Civil y quién fue el culpable de las más de 500.000 víctimas mortales que causó el conflicto bélico.

Alejandro Torrús – Público – 01/09/2013
Aza
Rafael Hernando, portavoz adjunto del PP en el Congreso, acudió al programa de televisión La mañanas de Cuatro con una estrategia clara: comparar la apología del fascismo y de la dictadura de Franco con el apoyo a la Segunda República. Ante la insistencia del presentador para que contestara a la pregunta de si aboga por expulsar a los jóvenes de Nuevas Generaciones (NNGG) que muestren símbolos franquistas, Hernando perdió los papeles y acabó diciendo que “las consecuencias de la Segunda República llevaron a un millón de muertos”.

El argumento no es nuevo. A la hora de justificar la Guerra Civil, que acabó en genocidio, diversos políticos conservadores, como Esperanza Aguirre o Manuel Fraga, así como historiadores neofranquistas, han utilizado como argumento el fracaso de la II República. “La II República fue un auténtico desastre para España y los españoles”, escribió Aguirre en un artículo publicado en ABC. Fraga fue aún más lejos y en una entrevista concedida a El País en el año 2007 señaló: “Pero los muertos amontonados son de una guerra civil en la que toda responsabilidad, toda, fue de los políticos de la II República. ¡Toda!”, dijo.

Para aclarar esta cuestión y con la intención de evitar que a base de repeticiones se pueda terminar convirtiendo en verdad, Público ha contactado con cuatro historiadores de reconocido prestigio en el campo de la historiografía de la Guerra Civil repitiendo una única pregunta: ¿Quién fue el responsable del millón de muertos de la Guerra Civil? Estas son sus contestaciones.

Julián Casanova
Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza

La Guerra Civil es resultado de un golpe de Estado y de una sublevación militar. Sin ese golpe de Estado habrían pasado muchas cosas pero nunca se hubiera abierto una Guerra Civil. No se puede decir nunca que la República provoca un millón de muertos. Primero porque la Guerra Civil cuenta 600.000 muertos más 50.000 asesinados después de la guerra por el régimen. De esos 600.000 muertos, 130.000 son asesinados en las zonas controladas por los rebeldes y unos 55.000, en la zona republicana. El resto muere en el frente de batalla.

Además, la República, que llega por un proceso de elecciones libres, no tiene ningún plan de exterminio. A la República, como dice Azaña, le obligan a hacer una guerra. Es obvio que por abajo hubo un sector de gente que aprovechó la situación para tratar de eliminar al que consideraba su enemigo, pero la República paró esa dinámica en diciembre de 1936 y eso se puede ver perfectamente en el registro de defunciones. En bando franquista, sin embargo, las voces dirigentes, incluidas la Iglesia católica, defienden hasta el final el exterminio del contrario. Las fuentes históricas son muy claras respecto a este tema, pero este país nunca ha tenido educación histórica en las aulas y la educación política es como es.

Mirta Nuñez
Directora de la cátedra de Memoria Histórica de la Universidad Complutense de Madrid

El señor Hernando ha bebido de leyendas franquistas. Por varios motivos. Como ya está más que demostrado, nunca hubo un millón de muertos aunque evidentemente la guerra fue sangrienta, terrible y triste. Lo que debería saber el señor Hernando es que lo que causó la guerra fue un golpe de Estado encabezado por militares insurrectos que tenían en su cabeza al general Mola y al general Franco. Por tanto, al millón de muertos, como él dice, se les puede poner cara. Cabe decir también que la República fue el primer régimen democrático de España.

Fue el primero en salir de unas urnas limpias y el primero en llevar una reforma progresista del Estado en forma de revolución burguesa, tantas veces frustrada en España. Además, fue una reforma que se intentó hacer desde la ley y el Parlamento por lo que fue un proceso mucho más lento de lo que hubieran querido muchos sectores sociales. Las investigaciones han mostrado también como los llamados rebeldes, de modo frecuente, elaboraban en pueblos y ciudades listas de miembros de partidos políticos o sindicatos dando lugar a una brutal represión, a veces legal y otras veces irregular. No hay que olvidar que los enemigos de los insurrectos no eran sólo los partidarios del marxismo sino también los demócratas. El odio de los insurrectos hacia la democracia se puede probar.

José Luis LedesmaHistoriador e investigador. Coautor de Violencia roja y azul

Las declaraciones de Hernando lo retratan mejor que una descripción. El problema es que no se le debería prestar ninguna atención si no fuera por el cargo que ostenta. Desde un punto de vista histórico, político y moral, sus declaraciones son aberrantes. Sus declaraciones, además de falsas y contrarias a un 99% de los historiadores, son aberrantes moralmente. Si tenemos que discutir sobre quién causó “el millón de muertos” no son los republicanos sino los que provocaron la Guerra Civil, es decir, una parte del Ejército español que se sublevó contra la legalidad, contra un Gobierno legítimamente constituido y el fracaso de ese golpe de Estado provocó la guerra.

La única participación de la República en aquella guerra fue defenderse. Sus afirmaciones muestran como una parte del Partido Popular utiliza aún hoy argumentos rancios que proceden de la propia propaganda del régimen franquista. Sus declaraciones son tan aberrantes como decirle a Alemania que la República de Weimar provocó el holocausto judío. Lo más grave es que su afirmación busca absolver de cualquier tipo de responsabilidad al otro bando y justificar la Guerra Civil.

Francisco Sánchez Pérez
Profesor Historia Universidad Carlos III. Coordinador de Los mitos del 18 de julio

Las declaraciones de Hernando responden a un patrón habitual de mezclar la Guerra Civil y la República. Esta es una manera frecuente de deslegitimar la democracia que hubo en este país antes de Franco, es decir, la República. La Guerra Civil es producto de un golpe de Estado militar que contó con el apoyo de civiles de extrema derecha. De todo esto, la República no tiene ninguna culpa. En otros países hubo tensiones similares y no se resolvieron con un golpe de Estado ni una Guerra Civil. En España tenemos el problema de quién ganó la Guerra Civil.

Mientras en Europa las democracias liberales y el comunismo ganaron al fascismo, en España, la Guerra Civil la ganó el fascismo doméstico. En Europa no puedes hacer símbolos nazis, aquí hasta dirigentes de NNGG se hacen fotos con símbolos fascistas. Este es un problema histórico que tenemos en este país. La derecha española tiene el problema de que reivindica la derecha antiliberal que existió durante la República, la derecha de Gil Robles o Calvo Sotelo. No citan a Alejandro Lerroux o Alcalá Zamora. Beben de la derecha más extrema. La República tuvo sus problemas, pero los muertos tienen que ver con los que estaban en contra de la República y no aceptaron el juego democrático. Su argumento es completamente insostenible. El problema de todo esto es que la frase la ha dicho el portavoz adjunto del Congreso del PP. Estaría bien saber qué libro de referencia sobre la República y la Guerra Civil tiene Hernando. Sería interesante ver qué ha leído sobre el tema. Esta es una incógnita que ocupa muchas conversaciones entre los profesores.

Fuente de este artículo: Enlace a buscameenelciclodelavida

Homenaje a mujeres represaliadas ante la tumba de Queipo de Llano

El general franquista está enterrado con honores en la basílica de La Macarena, en Sevilla.

Vestidas de riguroso luto, un grupo entró tímidamente y en silencio sepulcral en la iglesia depositando sobre la tumba de Queipo una corona de flores blanca con un lazo rosa en el que se podía leer ‘Las mujeres no olvidamos. 1936-2013’.

Colectivos feministas recuerdan sus discursos en los que animaba y justificaba la violación de mujeres “por mucho que berreen y pataleen”.

Este viernes era el Día Internacional de las Mujeres por la Paz y el Desarme. Una treintena de mujeres rindieron homenaje a las represaliadas durante el alzamiento golpista contra la II República, la guerra civil y la dictadura de Franco. La acción, promovida por algunos colectivos feministas de Sevilla, quiso recordar especialmente a aquellas que sufrieron la represión en Andalucía de la mano del teniente general Gonzalo Queipo de Llano, que en sus discursos desde Radio Sevilla llegó a animar y justificar la violación de las mujeres del bando republicano.

Una grabación de estos discursos sonó ayer frente a la basílica de la Macarena, donde el general fascista está enterrado con honores: “Nuestros valientes legionarios y regulares han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombres de verdad y de paso también a sus mujeres. Esto está totalmente justificado porque estas comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricones. No se van a librar por mucho que berreen y pataleen”.

Parte del grupo de mujeres, vestidas de riguroso luto al estilo de los años de aquellos sucesos, entró tímidamente y en silencio sepulcral en la iglesia depositando sobre la tumba de Queipo una corona de flores blanca con un lazo rosa en el que se podía leer ‘Las mujeres no olvidamos. 1936-2013’. Rápidamente, uno de los trabajadores de la basílica se acercó extrañado por la presencia del grupo y, al encontrarse una cámara grabando el momento, espetó un “oye, aquí no se puede grabar sin permiso”. En apenas 30 segundos abandonan la iglesia sin mediar palabra. Fuera, un grupo más amplio esperaba, junto al arco de la Macarena, con una réplica en madera de la lápida de Queipo de Llano, sobre la que realizaron un baile flamenco a modo de acción artística-política. Silencio, luto, dos mujeres se miran y empieza la coreografía. Suena compás flamenco y los tacones en golpes secos bailan sobre la tumba del líder militar, cuyo golpe supuso el asesinato, solamente en Sevilla entre julio de 1936 y enero de 1937, de más de 3.000 personas.

Tras el simbólico zapateado, dieron lectura a un texto en el que recordaron la vida y valentía de aquellas mujeres sobre las que se ensañaron, porque representaban “la transgresión del modelo tradicional de mujer, participando activamente en la vida cultural, económica y social”. Juzgadas por el tribunal militar, condenadas a una represión de carácter ejemplarizante, “afeitándoles la cabeza, exponiéndolas a la vergüenza pública ataviadas con un camisón. También fueron violadas y usadas como botín de guerra”.

Hasta 2008, Gonzalo Queipo de Llano era hijo adoptivo de Sevilla; hasta 2009, la Virgen de la Macarena vestía su fajín. El año pasado, el ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, expedía el título de marqués al nieto del general, algo que la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica consideró un insulto a las víctimas de la dictadura. Sus restos son aún venerados y reposan en un lugar privilegiado de la iglesia como Hermano Mayor Honorífico.

“Queremos decir que nosotras, igual que aquellas mujeres, queremos seguir construyendo un mundo libre, igualitario y justo”, afirmaron. Con la frase “los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla”, cerraban la lectura del texto y justo en ese instante las campanas de la iglesia empezaron a repicar, sumándose en una metáfora paradójica al aplauso del público congregado. Finalizado el acto con cantos, las mujeres abandonan el lugar con celeridad. “Han llamado a la policía”, se escucha.

En este vídeo más completo se observa el recorrido histórico por las calles de Sevilla que hizo este grupo de mujeres, que este viernes se ha sumado al Día Internacional de las Mujeres por la Paz y el Desarme con varias representaciones y cánticos en homenaje a las represaliadas: