La desigualdad corroe el proyecto europeo

La crisis y las políticas económicas dominantes erosionan la cohesión social, disparan los niveles de pobreza y ensanchan la brecha entre ricos y pobres

Claudi Pérez Bruselas 5 ENE 2014 – 22:19 CET

Seis años largos después del arranque de la Gran Recesión, el número de británicos que se ven obligados a acudir a instituciones benéficas para comer se ha multiplicado por 20, según un informe reciente de Trussell Trust. Italia reconoció la semana pasada a través de su Gobierno que los niveles de pobreza han subido a máximos desde 1997. El número de españoles atendidos en los servicios de acogida de Cáritas ha pasado de 370.000 a 1,3 millones en lo que va de crisis. A Grecia han vuelto enfermedades como la malaria y la peste.

La pobreza es una abstracción, menos para quienes la padecen: los síntomas de empobrecimiento colectivo y de creciente desigualdad están por todas partes. Desde la Gran Depresión hasta la década de los setenta, Occidente se volvió cada vez menos desigual gracias a lo que los economistas llaman políticas contracíclicas; a partir de ahí todo eso empezó a arrojarse por la borda. La crisis actual no ha hecho sino agudizar las desigualdades en Europa.

Los datos que ofrecen Eurostat, la Comisión Europea, la OCDE, el Banco Mundial y los informes del Luxembourg Income Studies son rotundos. Los índices de desigualdad crecieron durante los ochenta y se redujeron en los noventa, en general, en los países avanzados —aunque en España fue justo al revés—, para volver a agrandarse en los años previos a la crisis. Europa era en 2007 más desigual que en 1970. Una vez iniciada la Gran Recesión, la brecha entre ricos y pobres siguió creciendo levemente hasta 2010, y cogió velocidad con el estallido de la crisis de deuda —aunque ahí los datos aún tienen que confirmar con todas las de la ley los ya numerosos indicios—, que llevó al continente a activar duras políticas de austeridad.

Entre los países más desiguales del continente figuran los bálticos, los latinos —España ocupa el segundo lugar y es también el segundo país que más ha incrementado la desigualdad entre los Veintiocho— y los de Europa del Este, junto con los anglosajones, Reino Unido e Irlanda. Los menos desiguales son los centroeuropeos, que en algunos casos, como los de Alemania y Holanda, han aprovechado la crisis para reducir el abanico entre ricos y pobres.

Los países latinos, anglosajones y bálticos son los más desiguales

El alud de cifras de fuentes diversas es abrumador, y a veces contradictorio. Pero pueden espigarse algunos números que subrayan esa tendencia indiscutible hacia la mayor desigualdad. El 20% de los europeos más ricos gana cinco veces más que el 20% más pobre —un indicador que crece muy levemente en la eurozona— si bien en países como Grecia y España esa cifra es de hasta siete veces más, según Eurostat. En España, en particular, los datos de desigualdad crecen a toda velocidad, a un ritmo muy superior a la media. Y, al igual que en los países anglosajones, la cicatriz es especialmente visible en el 1% más rico: en 1976, el presidente de la tercera entidad bancaria española ganaba ocho veces más que el empleado medio; hoy gana 44 veces más.

El ritmo es asfixiante, aunque las magnitudes aún están lejos de las de EE UU: el primer ejecutivo de General Motors se llevaba a casa unas 66 veces el sueldo de un empleado medio; hoy, el presidente de Wal-Mart gana un salario unas 900 veces mayor. En general, la tendencia es preocupante en toda Europa, pero no caben los tenebrismos: las desigualdades son superiores en EE UU y en los países emergentes, donde la renta per cápita sube y millones de personas han salido de la pobreza, pero los más ricos son mucho más ricos que los pobres en comparación con los estándares europeos.

La media docena de fuentes consultadas para esta información coinciden en ese diagnóstico. Thomas Picketty, autor de un monumental libro sobre desigualdad —Capital en el Siglo XXI, aún no traducido al español—, asegura a este diario que la creciente desigualdad europea obedece a varias razones. En economías con bajo nulo crecimiento económico y de población, los efectos redistributivos del sistema fiscal y del Estado de Bienestar son menores. La crisis agudiza esa tendencia: reduce prestaciones, dificulta el acceso a la educación de los desfavorecidos y, en general, “avería el denominado ascensor social”. La globalización, la financiarización de las economías y la ingeniería fiscal han agudizado esa tendencia. “El problema básico de la UE es que nuestras insitituciones políticas no funcionan: activaron durísimos planes de austeridad para restaurar la credibilidad fiscal, pero nada de eso ha funcionado. Europa necesita imperiosamente más unión política, pero esta vez para acabar con la competencia fiscal, para volver a disponer de instrumentos que permitan luchar contra la desigualdad”, apunta.

La desigualdad es corrosiva; el historiador Tony Judt, ya fallecido, aseguraba que corrompe a las sociedades desde dentro. La Comisión Europea ha empezado a activarse ante un problema que se adivina más y más importante, pero con los mecanismos habituales: promete poner en marcha un indicador de desigualdad y, a falta de políticas —y dinero fresco—, ha apretado el botón de alerta: “Europa encarda una era de desigualdad creciente; la crisis ha golpeado particularmente a los más débiles, a las generaciones más jóvenes y a las ciudades y regiones más pobres. En los dos últimos año s hay más de siete millones de personas adicionales en riesgo de pobreza. Hay que moverse para salvaguardar el modelo social europeo”, explica el comisario Laszlo Andor.

Porque eso es lo que está en juego: las tendencias actuales corroen el contrato social europeo y puede que eso acabe desencadenando problemas sociales. Pese a que la crisis invita a ser prudente, ya ha habido acciones más o menos violentas (Grecia, Portugal, el movimiento 15-M) que se han movilizado contra ese incremento de la brecha entre ricos y pobres, pese a que esos brotes son aún insuficientes para concentrar el suficiente capital político. Y aun así, la sensación de que la alternancia política es meramente decorativa, la impresión cada vez más generalizada de que nada cambia en Bruselas, en Fráncfort o en Berlín, los verdaderos centros de decisión europeos, puede provocar que toda esa presión derivada del incremento de las desigualdades es evacúe hacia los populismos, según temen fuentes europeas. “Los extremismos, además, buscan chivos expiatorios —la inmigración, la corrupción, el descrédito de las instituciones— y desvían el punto de mira del que debería ser el auténtico objetivo: reformas fiscales audaces y cooperación fiscal internacional para taponar los agujeros negros del sistema financiero”, apunta una fuente europea.

Charles Wyplosz, del Graduate Institute, añade que la Gran Recesión “no ha dejado de elevar el grado de desigualdad, y no va a dejar de hacerlo: ¿Quiénes han perdido su empleo, y quiénes van a seguir perdiéndolo? Para suavizar eso se inventaron las políticas contracícilicas: para acortar recesiones y aliviar el sufrimiento de los más desfavorecidos. Pero Europa insiste en que este es el precio que hay que pagar para purgar los pecados del pasado, el despilfarro fiscal y la falta de reformas. En cierto modo, los políticos que han abrazado esa narrativa tienen razón, pero en algún momento alguien tiene que darse cuenta de que todo este castigo tiene algo de inmoral y puede llevarse por delante el proyecto europeo”.

La desigualdad es uno de los aspectos más controvertidos y va y viene, una y otra vez. En el siglo XIX, Karl Marx y David Ricardo alertaron de las incógnitas que suponían altos niveles de desigualdad para el conjunto del sistema. Tras el crack de 1929 llegaron décadas de esplendor y el debate se soterró cuando los niveles de desigualdad bajaron drásticamente. En algunos lugares, algunos indicadores de desigualdad vuelven a niveles próximos a los años previos a la Gran Depresión: Estados Unidos ha tomado nota y su presidente, Barack Obama, señala la lucha contra la desigualdad como “uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo”; Nueva York ha elegido a un alcalde, Bill DeBlasio, que llevaba la desigualdad como el mascarón de proa de su campaña; los mejores economistas se enzarzan en agrias polémicas al respecto.

En Europa, cuna de Marx y Ricardo, el nivel del debate es muy inferior. Pero empieza a estar ahí. ¿Qué dicen los marxistas al respecto? Costas Lapavitsas, profesor de la Universidad de Londres, es tajante: “Las políticas de rescate han agravado la desigualdad en todos los aspectos: salarios, pensiones, desempleo, laminación del Estado del Bienestar. Queda claro que la UE no tiene ya un programa keynesiano, que proyecte poder blando a través del crecimiento y el nivel de vida: se ha convertido en un proyecto neoliberal puro, elitista, socialmente insensible, que promueve una nueva estratificación social. Dadas las pobres perspectivas de Europa, las cosas solo pueden empeorar: política y socialmente, más desigualdad sería un serio peligro para Europa a la vista de los extremismos que vienen”.

Desde la ortodoxia, un economista muy diferente a Lapavitsas, Daren Acemoglu, apunta en la misma dirección: “Lo más peligroso de la desigualdad es cuando llega a tocar la política: la democracia corre riesgos cuando hay gente con mucho dinero que puede llegar a tener un enorme poder”. El sociólogo español José María Maravall huye de tenebrismos y explica que la tendencia hacia la mayor desigualdad es inequívoca, pero en el pasado “ya pudo controlarse a través del gasto social y de las orientaciones políticas de los Gobiernos europeos en determinadas épocas, la más reciente durante los años noventa”. ¿Hay políticos en Europa dispuestos a dar un golpe de timón con políticas redistributivas, y electorados dispuestos a apoyarles?

Fuente: El País Internacional – La desigualdad corroe el proyecto europeo [en línea] http://internacional.elpais.com/internacional/2014/01/05/actualidad/1388953809_021102.html. [Consulta 19 enero 2014]
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Nos prometieron un nuevo renacimiento y nos están llevando a un nuevo feudalismo | Economistas Frente a la Crisis

Nos prometieron un nuevo renacimiento y nos están llevando a un nuevo feudalismo
Posted on 02/12/2013

Por Juan Tugores Ques, Catedrático de Economía de la Universidad de Barcelona y colaborador de Economistas Frente a la Crisis en Cataluña

Una de las crueles paradojas de la crisis, cada vez más abrumadoramente evidente, es que su gestión ha estado, y continua estando, en manos de quienes la provocaron. Con ello han conseguido no sólo inmunidad e impunidad sino además generar un escenario postcrisis en que aumentan su peso los poderosos intereses que representan y que difieren sustancialmente de los del conjunto de la sociedad. Cada vez adquiere más relieve la expresión “quiet coup” – golpe de estado sigiloso, en alguna traducción en la web – que desde 2009 viene utilizando Simon Johnson – nada menos que execonomista-jefe del FMI – para describir, con experiencias de primera mano, cómo las élites financieras – con conexiones y altavoces en los ámbitos políticos y académicos cada vez más fácilmente identificables – nos han llevado a la actual situación y siguen decidiendo nuestros destinos.

Una parte importante del “relato” de estas élites caracteriza la crisis como una fase schumpeteriana de “destrucción creativa”. Apela a los excesos del pasado – sin mencionar que los más importantes son los que ellos mismos generaron en los ámbitos que controlaban – para presentar la crisis como un mecanismo depurador, prácticamente “purificador” de las ineficiencias acumuladas y, por ello, como la condición necesaria o antesala de una nueva era en que las fuerzas de la innovación creativa que ellos dicen encarnar – suelen llamarle “excelencia” – propiciarán un nuevo renacimiento una vez liberadas de lastres tales como los “derechos adquiridos”, los mecanismos de cobertura social y buena parte de las “cargas” del Estado de Bienestar.

La retórica de la austeridad se ha alejado de la noble virtud del ahorro y la preocupación por el futuro para pasar a prostituir el concepto utilizándolo como ariete contra el modelo social europeo – el estado del bienestar – logro histórico que ha demostrado que es posible combinar, con potentes complementariedades, un razonable crecimiento económico con la democracia política y las políticas sociales. Las verdaderas intenciones de esos planteamientos aparecieron con nitidez primero con la “carga” contra el estado de bienestar, luego con la presentación de los “gobiernos tecnocráticos” como alternativa superior a la democracia (y con la cada vez más indisimulada admiración, especialmente en privado, con los “parámetros” de gobernanza de China o incluso de Rusia), y más recientemente con las referencias a que el estancamiento secular puede ser una opción…si no seguimos sus directrices.

Pero la realidad es tozuda. Cada vez son más evidentes los cambios en la distribución de la renta, iniciados con la globalización pre-crisis, acentuados con ésta, y que, de continuar como hasta ahora, se acentuarán en los escenarios postcrisis. Incluso el Journal of Economic Pesrpectives dedica en 2013 uno de sus influyentes symposia a la concentración de los ingresos en el 1% más rico de la población. Algunos indicadores al respecto muestran cómo estos primeros tiempos del siglo XXI nos retrotraen a distribuciones de la renta similares a las de hace un siglo. Otro ex economista-jefe de FMI, Raghuram Rajan, ha explicado con claridad por qué la creciente desigualdad no es sólo un problema social “colateral” sino una fuente de ineficiencias y fragilidades que han tenido mucho que ver con la gestación de la Gran Depresión, de la actual Gran Recesión y, añadamos, si seguimos por este camino, de la próxima.

El empobrecimiento de amplios segmentos de las clases medias y populares ha debilitado el motor de la estabilidad económica y política especialmente en Occidente, abriendo incertidumbres sociopolíticas y conduciendo a revisar los acontecimientos que generaron en el Viejo Continente dinámicas similares en las décadas de 1920 y 1930. A un nivel más concreto, en algunos países como los del Sur de Europa, incluso el Banco de España ha mostrado datos acerca del sobrecoste que han de pagar por acceder al (escaso) crédito las medianas y pequeñas empresas en comparación con el coste de financiación para las grandes empresas. Las tendencias regresivas a escala internacional se ven así especialmente acentuadas en los países del Sur de Europa.

La concentración de poder en las élites no es sólo económica sino asimismo política e ideológica. La capacidad de los sectores más poderosos para influir sobre la realpolitik no ha dejado de crecer con la crisis pese, debe insistirse, a ser sus principales causantes. El discurso de la “inevitabilidad” trata de provocar la resignación del conjunto de la sociedad, y las formas despectivas (seamos suaves) con que influyentes sectores de la academia tratan cualquier discrepancia, pretenden cerrar el círculo de los poderosos (y bien financiados) “intereses creados”. Esta concentración del control de posiciones de influencia es sustancialmente más parecida a la de épocas feudales, con la ortodoxia económica desempeñando un papel similar al de la ortodoxia eclesiástica de aquellas épocas, incluidas las funciones inquisitoriales frente a cualquier disidencia. Estos rasgos, junto con las tendencias de desigualdad en la distribución de la renta, encajan bien en la conceptualización como neofeudalismo para referirnos a lo que se está alumbrando. Justo en las antípodas del neo-renacimiento que describen los apologetas de la ortodoxia. “Si no os gustó la crisis, esperad a ver lo que llamamos recuperación” podría ser el sentimiento íntimo de algunos de ellos…

Llegados a este punto aparece la cuestión central de la necesidad de profundizar en una alternativa sólida. El enorme reto abierto, tan crucial como urgente, es conformar una alternativa capaz no sólo de explicar de forma convincente un relato mejor sustentado en los hechos. También ha de ser capaz de sintonizar con las experiencias y expectativas de amplios sectores de la población. Capaz de convertir en planteamientos operativos a través del sistema democrático (todavía) vigente la conformación de propuestas susceptibles de recibir apoyos ciudadanos en las urnas. Capaz de superar las presiones y descalificaciones de todo tipo que se lanzan contra cualquier iniciativa al respecto. Capaz de jugar en los mismos niveles – nacionales e internacionales, mediáticos y sociales – en que han articulado ya posiciones hegemónicas los “intereses creados”. Capaz de afrontar la lección bíblica de que a menudo “los hijos de las tinieblas son más preclaros que los hijos de la luz”. Capaz, en definitiva, de re-encauzar los acontecimientos y las decisiones de tal manera que nuestros hijos y nietos puedan seguir viviendo en un modelo social y político en que se siga mostrando la complementariedad entre progreso económico, democracia política y bienestar social. Capaz de evitar, por el contrario, que cuando mi generación explique a sus nietos lo que era el estado del bienestar su respuesta no sea que no les “contemos batallitas”. Capaz de evitar que nos reescriban la historia a su dictado, como en la orwelliana 1984, los que nos prometieron un nuevo renacimiento y nos condujeron a un nuevo feudalismo en que las posiciones de señores y siervos quedaron consolidadas en el devenir de esta crisis…

Artículo del blog

Economistas Frente a la Crisis
El pensamiento económico al servicio de los ciudadanos
Enlace directo: http://economistasfrentealacrisis.wordpress.com/2013/12/02/nos-prometieron-un-nuevo-renacimiento-y-nos-estan-llevando-a-un-nuevo-feudalismo/
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LA BOLA DE CRISTAL: Premoniciones, visiones… para LA GEOPOLITICA DEL 2013, aplicando la lógica y la realidad, según Ignacio Ramonet en Le Monde Diplomàtique (enero 2013)

LA BOLA DE CRISTAL: Premoniciones, visiones… para LA GEOPOLITICA DEL 2013, aplicando la lógica y la realidad, según Ignacio Ramonet en Le Monde Diplomàtique (enero 2013)

Nº: 207 Enero 2.013

Así será 2013
Ignacio Ramonet
País: Latinoamérica, Europa, Oriente Próximo
Tema: Elecciones, Geopolítica, Relaciones internacionales, Revueltas sociales

Después de haber sobrevivido –el pasado 21 de diciembre– al anunciado fin del mundo, nos queda ahora tratar de prever –con razonamientos prudentes pero más cartesianos– nuestro futuro inmediato, basándonos en los principios de la geopolítica, una disciplina que permite comprender el juego general de las potencias y evaluar los principales riesgos y peligros. Para anticipar, como en unos tableros de ajedrez, los movimientos de cada potencial adversario.
Si contemplamos, en este principio de año, un mapa del planeta, inmediatamente observamos varios puntos con luces rojas encendidas. Cuatro de ellos presentan altos niveles de peligro: Europa, América Latina, Oriente Próximo y Asia.
En la Unión Europea (UE), el año 2013 será el peor desde que empezó la crisis. La austeridad como credo único y los hachazos al Estado de bienestar continuarán porque así lo exige Alemania que, por primera vez en la historia, domina Europa y la dirige con mano de hierro. Berlín no aceptará ningún cambio hasta los comicios del próximo 22 de septiembre en los que la canciller Angela Merkel podría ser elegida para un tercer mandato.
En España, las tensiones políticas aumentarán a medida que la Generalitat de Catalunya vaya precisando los términos de la consulta a los catalanes sobre el futuro de esa comunidad autónoma. Proceso que, desde Euskadi, los nacionalistas vascos seguirán con el mayor interés. En cuanto a la situación de la economía, ya pésima, va a depender de lo que ocurra… en Italia en las próximas elecciones (el 24 de febrero). Y de las reacciones de los mercados ante una eventual victoria de los amigos del conservador Mario Monti (que cuenta con el apoyo de Berlín y del Vaticano) o del candidato de centroizquierda Pier Luigi Bersani, mejor colocado en las encuestas. También dependerá de las condiciones (sin duda brutales) que exigirá Bruselas por el rescate que Mariano Rajoy acabará pidiendo. Sin hablar de las protestas que siguen extendiéndose como reguero de gasolina y que acabarán por dar con algún fósforo encendido… Podrían producirse explosiones en cualquiera de las sociedades de la Europa del sur (Grecia, Portugal, Italia, España) exasperadas por los matraqueos sociales permanentes. La UE no saldrá del túnel en 2013, y todo podría empeorar si, además, los mercados decidieran cebarse (como los neoliberales les están incitando a hacerlo) (1) con la Francia del muy moderado socialista François Hollande.
En América Latina, el año 2013 también está lleno de desafíos. En primer lugar en Venezuela, país que desde 1999 representa un papel motor en los cambios progresistas de todo el subcontinente. La imprevista recaída del presidente Hugo Chávez –reelegido el pasado 7 de octubre– crea incertidumbre. Aunque el dirigente se está restableciendo de su nueva operación contra el cáncer, no pueden descartarse nuevas elecciones presidenciales en febrero próximo. Designado por Chávez, el candidato de la revolución bolivariana sería el actual vicepresidente (equivalente a primer ministro) Nicolás Maduro, un líder muy sólido con todas las cualidades, humanas y políticas, para imponerse.
También habrá elecciones, el 17 de febrero, en Ecuador: la reelección del presidente Rafael Correa, otro dirigente latinoamericano fundamental, ofrece pocas dudas. Importantes comicios asimismo, el 10 de noviembre, en Honduras donde, el 28 de junio de 2009, fue derrocado Manuel Zelaya. Su sucesor, Porfirio Lobo, no puede postularse para un segundo mandato consecutivo. En cambio, el Tribunal Supremo Electoral ha autorizado la inscripción del partido Libertad y Refundación (LIBRE), liderado por el ex presidente Zelaya, que presenta, como candidata, a su esposa y ex primera dama, Xiomara Castro. Importantes elecciones igualmente en Chile, el 17 de noviembre. Aquí, la impopularidad actual del presidente conservador Sebastián Piñera ofrece posibilidades de victoria a la socialista Michelle Bachelet.

La atención internacional también se fijará en Cuba. Por dos razones. Porque continúan en La Habana las conversaciones entre el Gobierno colombiano y los insurgentes de las FARC para tratar de poner fin al último conflicto armado de América Latina. Y porque se esperan decisiones de Washington. En los comicios estadounidenses del pasado 6 de noviembre, Barack Obama ganó en Florida; obtuvo el 75% del voto hispano y –muy importante– el 53% del voto cubano. Unos resultados que le dan al Presidente, en su último mandato, un amplio margen de maniobra para avanzar hacia el fin del bloqueo económico y comercial de la isla.
Donde nada parece avanzar es, una vez más, en el Cercano Oriente. Ahí se encuentra el actual foco perturbador del mundo. Las revueltas de la “primavera árabe” consiguieron derrocar a varios dictadores locales: Ben Alí en Túnez, Mubarak en Egipto, Gadafi en Libia y Saleh en Yemen. Pero las elecciones libres permitieron que partidos islamistas de corte reaccionario (Hermanos Musulmanes) acaparasen el poder. Ahora quieren, como lo estamos viendo en Egipto, conservarlo a toda costa. Para consternación de la población laica que, por haber sido la primera en sublevarse, se niega a aceptar esa nueva forma de autoritarismo. Idéntico problema en Túnez.
Después de haber seguido con interés las explosiones de libertad de la primavera 2011 en esta región, las sociedades europeas se están de nuevo desinteresando de lo que allí ocurre. Por demasiado complicado. Un ejemplo: la inextricable guerra civil en Siria. Ahí, lo que está claro es que las grandes potencias occidentales (Estados Unidos, Reino Unido, Francia), aliadas a Arabia Saudí, Qatar y Turquía, han decidido apoyar (con dinero, armas e instructores) a la insurgencia islamista suní. Ésta, en los diferentes frentes, no cesa de ganar terreno. ¿Cuánto tiempo resistirá el Gobierno de Bachar El Asad? Su suerte parece echada. Rusia y China, sus aliados diplomáticos, no darán luz verde en la ONU a un ataque de la OTAN como en Libia en 2011. Pero tanto Moscú como Pekín consideran que la situación del régimen de Damasco es militarmente irreversible, y han empezado a negociar con Washington una salida al conflicto que preserve sus intereses.
Frente al “eje chií” (Hezbolá libanés, Siria, Irán), Estados Unidos ha constituido en esa región un amplio “eje suní” (desde Turquía y Arabia Saudí hasta Marruecos pasando por El Cairo, Trípoli y Túnez). Objetivo: derrocar a Bachar El Asad –y despojar así a Teherán de su gran aliado regional– antes de la próxima primavera. ¿Por qué? Porque el 14 de junio tienen lugar, en Irán, las elecciones presidenciales (2). A las cuales Mahmud Ahmadinejad, el actual mandatario, no puede presentarse pues la Constitución no permite ejercer más de dos mandatos. O sea que, durante el próximo semestre, Irán se hallará immerso en violentas pugnas electorales entre los partidarios de una línea dura frente a Washington y los que defienden la vía de la negociación.
Frente a esa situación iraní de cierto desgobierno, Israel en cambio estará en orden de marcha para un eventual ataque contra las instalaciones nucleares persas (3). En el Estado judío, en efecto, las elecciones generales del 22 de enero verán probablemente la victoria de la coalición ultraconservadora que reforzará al primer ministro Benjamín Netanyahu, partidario de bombardear cuanto antes Irán.
Ese ataque no puede llevarse a cabo sin la participación militar de Estados Unidos. ¿Lo aceptará Washington? Es poco probable. Barack Obama, que toma posesión el 21 de enero, se siente más seguro después de su reelección. Sabe que la inmensa mayoría de la opinión pública estadounidense (4) no desea más guerras. El frente de Afganistán sigue abierto. El de Siria también. Y otro podría abrirse en el norte de Malí. El nuevo secretario de Estado, John Kerry, tendrá la delicada misión de calmar al aliado israelí.
Entretanto Obama mira hacia Asia, zona prioritaria desde que Washington decidió la reorientación estratégica de su política exterior. Estados Unidos trata de frenar allí la expansión de China cercándola de bases militares y apoyándose en sus socios tradicionales: Japón, Corea del Sur, Taiwán. Es significativo que el primer viaje de Barack Obama, depués de su reelección el pasado 6 de noviembre, haya sido a Birmania, Camboya y Tailandia, tres Estados de la Asociación de Naciones del Sudeste de Asia (ASEAN). Una organización que reúne a los aliados de Washington en la región y la mayoría de cuyos miembros tienen problemas de límites marítimos con Pekín.
Los mares de China, que designará a Xi Jinping presidente en marzo próximo, se han convertido en las zonas de mayor potencial de conflicto armado del área Asia-Pacífico. Las tensiones de Pekín con Tokio, a propósito de la soberanía de las islas Senkaku (Diaoyú para los chinos), podrían agravarse después de la victoria electoral, el pasado 16 de diciembre, del Partido Liberal-Demócrata (PLD) cuyo líder y nuevo primer ministro, Shinzo Abe, es un “halcón” nacionalista, conocido por sus críticas hacia China. También la disputa con Vietnam sobre la propiedad de las islas Spratley está subiendo peligrosamente de tono. Sobre todo después de que las autoridades vietnamitas colocaran oficialmente, en junio pasado, el archipiélago bajo su soberanía.
China está modernizando a toda marcha su Armada. El pasado 25 de septiembre lanzó su primer portaaviones, el Liaoning, con la intención de intimidar a sus vecinos. Pekín soporta cada vez menos la presencia militar de Estados Unidos en Asia. Entre los dos gigantes, se está instalando una peligrosa “desconfianza estratégica” (5) que, sin lugar a dudas, va a marcar la política internacional del siglo XXI.

(1) Léase el dossier “France and the euro. The time-bomb at the heart of Europe”, The Economist, Londres, 17 de noviembre de 2012.
(2) En Irán, el presidente no es el jefe de Estado. El jefe de Estado es el Guía Supremo, elegido de por vida, y cuya función ejerce actualmente Alí Jamenei.
(3) Léase, Ignacio Ramonet, “El año de todos los peligros”, Le Monde diplomatique en español, febrero 2012.
(4) The New York Times, Nueva York, 12 de noviembre de 2012.
(5) Léase Wang Jisi y Kenneth G. Lieberthal, “Adressing U.S.-China Strategic Distrust”, Broo¬kings Institution, 30 de marzo de 2012. www.brookings.edu/research/papers/2012/03/30-us-china-lieberthal