Margarita Xirgu

Margarita Xirgu.
La excepcional actriz jamas pudo volver del exilio

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Muere Ana María Moix, poeta de la ‘gauche divine’

La poeta, narradora y editora ha muerto a los 66 años. La única chica entre los Nueve novísimos
Fue una de las protagonistas de una época esplendorosa en Barcelona
Juan Cruz 28 FEB 2014 – 23:26 CET

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Tenía 66 años y seguía siendo La Nena, a la que quería todo el mundo. Ana María Moix, poeta, narradora, editora, periodista, murió anoche en Barcelona, donde nació, después de una enfermedad que la golpeó varias veces. Y ya no pudo resarcirse del último embate. Padecía cáncer.

Escribió, en los años 70, en TeleXpres, las más agudas conversaciones literarias que se recuerdan en el periodismo español y su literatura poética e íntima siempre tuvo que ver con los estados de ánimo de su generación. Su último libro de relatos, de 2002, fue De mi vida real nada sé. Sus libros primeros incluyen poesía y narrativa: Baladas al dulce Jim, Julia, Walter, ¿por qué te fuiste?, Vals Negro, además de la recopilación de las entrevistas que hizo a los representantes del boom y de la llamada gauche divine.

A pesar de que la vida la puso en medio de los grandes, poetas, escritores, arquitectos, periodistas, ella se mantuvo siempre al margen

Fue la única mujer que reclutó Josep Maria Castellet, su antólogo y su maestro, para los muy famosos Nueve novísimos. A pesar de que la vida la puso en medio de los grandes, poetas, escritores, arquitectos, periodistas, ella se mantuvo siempre al margen, como si mirara desde fuera el carnaval del mundo literario. No era desdén: era el sitio que buscó.

En los últimos tiempos había acendrado su sentido crítico sobre la situación que vivían España y el mundo, y reflejo de ello fue su Manifiesto personal, un puñetazo moral en la mesa de un país que se había abandonado a los fastos de los 80 y de los 90 y había descuidado de manera suicida los valores de una sociedad que no merecía la dejadez civil.

Cuando publicó uno de sus últimos libros, los relatos De mi vida real nada sé, en 2002, Rafael Conte escribió aquí sobre el estado de ánimo de La Nena: “Ana María está triste, desde luego, y nos dice por qué: por el paso del tiempo, por la progresiva presencia de la muerte…”. Marcada ya por esa adivinación, superó con entereza los últimos años de su vida; rodeada de amistad y de amor, sus últimas preocupaciones tenían más que ver con la vida de otros (y, sobre todo, con la pervivencia de la obra de su hermano Terenci Moix) que con sus propias ambiciones literarias, que siempre mantuvo en sordina.

Le dije un día en Barcelona que por qué no reeditaba, por qué no se ocupaba más de lo que ya hizo. Me dijo: “Ya soy mayor para cambiar”. Le gustaba hablar de sus amigos, saber de ellos, y saber que les iba bien, le resultaba más importante que buscar papeles que reflejaran lo que otros dijeran de sus libros.
Los amigos de la Nena

La última vez que hablé con ella Ana María Moix habló de otros; ocurría siempre. Esta vez le llamaba para saber cómo estaba pasando el fin de año, cómo iba la vida. Ella se precipitó: el Mestre (así llamaba a Josep Maria Castellet) está muy enfermo, ya sabes. Para que la conversación no discurriera por los lados dramáticos que desde hacía raro tenía la vida, derivamos hacia el fútbol, que era su pasión declarada; el Barça iba mal, bien, regular, todos los días había un elemento nuevo en esa vertiginosa realidad barcelonista, pero ella confiaba. El Barça era un talismán, una medida de la calidad. Luego, en esa conversación, se fue por otros nombres propios. Qué sabes de Juan, de Carmen…

Durante años, en TeleXprés, publicó unas conversaciones por las que desfiló todo el mundo que en los años 70 hicieron de Barcelona la capital editorial del boom, así que por ahí desfilaron Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, José Donoso, Julio Cortázar; también se llevó a ese rincón lujoso de su manera de mirar a los jóvenes que compartían con ella la coqueluche literaria de la ciudad. Sus libros se fueron haciendo como con la otra mano, pues ella estaba más pendiente de los otros nombres propios que de sí misma, de su carrera.

En los últimos tiempos su máxima en la vida era hacer que la gente se enterara de una vez de la hondura y la pasión literarias de su hermano Terenci,

En los últimos tiempos su máxima en la vida era hacer que la gente se enterara de una vez de la hondura y la pasión literarias de su hermano Terenci, al que la soledad y la prisa habían arrinconado en el lado de los escritores cuyo glamour importaba más que su letra. Ya entonces, cuando marcó ese territorio como un objetivo, Ana Maria Moix era una mujer con la carrera hecha, pero seguía siendo la Nena, una niña que sollozaba por dentro y que fumaba ya a escondidas, marcada por la enfermedad y sus circunstancias.

Sus libros estaban ahí, ella no se tenía muy en cuenta. De hecho, la última vez que la vida de lo que quería hablar era de la carrera del hijo de Rosa, su compañera, de Rosa, de la generosidad de la que se veía rodeada. En un momento de la conversación (que fue para EL PAÍS Semanal en 2013) anoté algo que me dijo sobre la gente que había conocido: “He tenido amigos que han durado años”. Ese era su tesoro, haber sido querida por tanta gente, haber querido, de veras, a tantos. Detrás de donde se sentaba, en su casa, había dos fotos de Colita, los rostros de Barral y de Gil de Biedma. “Esos son mis amigos. La amistad es una obra”, me dijo.

Fuente: (en línea) http://cultura.elpais.com/cultura/2014/02/28/actualidad/1393608441_117527.html. Consulta: 09/03/2014
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Heronías: Alfonsina Storni

Miércoles, 11 de enero de 2012
Alfonsina Storni

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El clamor

Alguna vez, andando por la vida,
por piedad, por amor,
como se da una fuente, sin reservas,
yo di mi corazón.

Y dije al que pasaba, sin malicia,
y quizá con fervor:
-Obedezco a la ley que nos gobierna:
He dado el corazón.

Y tan pronto lo dije, como un eco
ya se corrió la voz:
-Ved la mala mujer esa que pasa:
Ha dado el corazón.

De boca en boca, sobre los tejados,
rodaba este clamor:
-¡Echadle piedras, eh, sobre la cara;
ha dado el corazón!

Ya está sangrando, sí, la cara mía,
pero no de rubor,
que me vuelvo a los hombres y repito:
¡He dado el corazón!

Alfonsina Storni Martignoni (Sala Capriasca, Suiza, 22 o 29 de mayo de 1892– Mar del Plata, Argentina, 25 de octubre de 1938) fue una poetisa y escritora argentina del modernismo.

Sus padres, dueños de una cervecería en San Juan, regresaron a Suiza en 1891. Y en 1896 volvieron a Argentina junto con Alfonsina, quien había nacido durante la estadía de la pareja en el país europeo. En San Juan concurrió al jardín de infantes y desarrolló la primera parte de su infancia. A principios del siglo XX la familia se mudó a Rosario, donde su madre fundó una escuela domiciliaria y su padre instaló un café cerca de la estación de ferrocarril Rosario Central. Alfonsina se desempeñó como mesera en el negocio familiar, pero dado que este trabajo no le gustaba se independizó y consiguió empleo como actriz. Más tarde recorrería varias provincias en una gira teatral.

Storni ejerció como maestra en diferentes establecimientos educativos y escribió sus poesías y algunas obras de teatro durante este período. Su prosa es feminista, ya que busca en ella la igualdad entre el hombre y la mujer, y según la crítica, posee una originalidad que cambió el sentido de las letras de Latinoamérica. Otros dividen su obra en dos partes: una de corte romántico, que trata el tema desde el punto de vista erótico y sensual y muestra resentimiento hacia la figura del hombre, y una segunda etapa en la que deja de lado el erotismo y muestra el tema desde un punto de vista más abstracto y reflexivo. La crítica literaria, por su parte, clasifica en tardorrománticos a los textos editados entre los años 1916 y 1925 y a partir de Ocre encuentra rasgos de vanguardismo y recursos como el antisoneto. Sus composiciones reflejan, además, la enfermedad que padeció durante gran parte de su vida y muestran la espera del punto final de su vida, expresándolo mediante el dolor, el miedo y otros sentimientos.

Fue diagnosticada con cáncer de mama, del cual fue operada. A pedido de un medio periodístico se realizó un estudio de quirología, cuyo diagnóstico no fue acertado. Esto la deprimió, provocándole un cambio radical en su carácter y llevándola a descartar los tratamientos médicos para combatirla.

Se suicidó en Mar del Plata arrojándose de la escollera del Club Argentino de Mujeres. Hay versiones románticas que dicen que se internó lentamente en el mar. Su cuerpo fue velado inicialmente en esa ciudad balnearia y finalmente en Buenos Aires. Actualmente sus restos se encuentran enterrados en el Cementerio de la Chacarita.

Cuadrados y ángulos

Casas enfiladas, casas enfiladas,
casas enfiladas.
Cuadrados, cuadrados, cuadrados.
Casas enfiladas.
Las gentes ya tienen el alma cuadrada,
ideas en fila
y ángulo en la espalda.
Yo misma he vertido ayer una lágrima,
Dios mío, cuadrada.

http://amediavoz.com/storni.htm#
http://es.wikipedia.org/wiki/Alfonsina_Storni
http://libre-expresion2009.blogspot.com/2009/07/silencio-de-alfonsina-storni.html

http://donesicultura.blogspot.com/2012/01/silencio-de-alfonsina-storni.html

Fuente original del artículo: http://heroinas.blogspot.com.es/2012/01/alfonsina-storni.html?spref=fb&m=1
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Nadie se acuerda de Elisa Garcia

Catalina Gayà Periodista – El Periódico

Nadie se acuerda de Elisa Garcia en la calle de las Monges, en Sant Andreu. Ningún vecino recuerda que durante la guerra, según explica el historiador Jordi Rabassa en su blog Perquè vull, esa calle tenía el nombre de esa mujer, de esa miliciana que, el 24 de agosto de 1936, murió en el frente de Aragón. Cuando la mataron, sus compañeros de les Joventuts Cooperativistes de Barcelona escribieron que no la olvidarían y no lo hicieron. En enero de 1937, y por dos años, esta calle tranquila de Sant Andreu, entonces Harmonía de Palomar, se llamó como la joven cooperativista que trabajó en los almacenes de la Sagrera de la Fabra i Coats y que se alistó como soldado.

calle de les monges

Una imagen de la calle de las Monges, en Sant Andreu, ayer. SARA MARITAN

En el blog de Rabassa, se recoge la noticia que publicó el diario ABC tras la muerte de «la heroica enfermera». Es un texto corto, pero se incluye una carta que Elisa envió a sus padres. Les dice lo siguiente: «Si os dijeran que la lucha no es propia de las mujeres, decid que el cumplimiento del deber revolucionario corresponde a toda persona que no sea cobarde». La joven se puso pantalones y se fue al frente, y ahí la recuerdan como enfermera.

Jordi Rabassa reproduce un fotograma de un documental grabado por la CNT durante la guerra. En una pared de una casa en un pueblo de los Monegros se lee: «Calle de Elisa García. Muerta por la Libertad».

Ahora no hay calle alguna que lleve el nombre de Elisa. Barcelona parece haber olvidado a la miliciana. El nomenclátor solo recoge que la calle de las Monges se llama así desde 1900 por dos monjas, sor Bernabé y sor Sebastiana, que en 1850 fundaron una escuela. Esa escuela católica ahora es un bloque de pisos, pero los vecinos ubican el colegio perfectamente. Me lo dice una señora que pasea un perro. Me lo indica un vecino. De Elisa, nada.

En la calle de las Monges está el lateral del Mercado de Odeón, que este año celebra 30 años. Está el cine Lauren, que cerró ya hace años. Hay también peluquerías, una tienda, lugares donde se practica la fotodepilación y cerrajeros que hacen copias de llaves. En las casas con picaportes que son manos hay flores que se asoman por los enrejados y, desde un balcón, cuelga una pancarta descolorida que recuerda la lucha que ha mantenido Sant Andreu del Palomar en los últimos años: «Salvem el Casc Antic».

Por el blog de Jordi Rabassa sé que, el 14 de abril del 2012, a Elisa Garcia la recordaron en Sariñena y que en Barcelona, en marzo del 2013, unos vecinos taparon el nombre de la calle con un cartel en el que se leía: «Elisa Garcia, cooperativista y miliciana de Sant Andreu». El acto, se lee en el blog de Rabassa gracias a la entrada de una lectora, no duró mucho porque apareció la Guardia Urbana y «pusieron multas y hubo detenciones». Recorro esta calle. No sé si Elisa pasó por aquí, pero la imagino junto a los niños de la Cooperativa Popular L’Adreuenca. Las flores de los árboles son moradas. Pregunto a los abuelos que pasan y nadie parece recordarla.

Contacto a Jordi Rabassa, vía twitter, y, ya por teléfono, me explica que la historia la ha olvidado porque «era del bando perdedor, porque era mujer y porque era miliciana y revolucionaria». Dice también que son «los compañeros de los Monegros» los que hace años que buscan información sobre Elisa. En su blog, leo que el alcalde franquista de Sariñena destruyó la leyenda que escribieron sobre la tumba de la chica de 19 años. La quisieron borrar; no pudieron.

Este artículo original se puede visualizar en http://www.elperiodico.com/es/noticias/barcelona/nadie-acuerda-elisa-garcia-2500245 . Autora: Catalina Gaya

Fuente: http://www.elperiodico.com/es/noticias/barcelona/nadie-acuerda-elisa-garcia-2500245

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Jean Shinoda Bolen – Las diosas de cada mujer

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Libros Autografiados
Jean Shinoda Bolen – Las diosas de cada mujerJean Shinoda Bolen (n. 1936, en Estados Unidos) es doctora en medicina, psiquiatra, analista junguiana, así como escritora y conferenciante internacionalme­nte conocida que extrae fuentes de experiencia de la espiritualidad,­ el feminismo, la psicología analítica, la medicina y lo personal.Biografía

Es Distinguished Life Fellow de la American Psychiatric Association y antigua profesora de psiquiatría clínica en la Universidad de California en San Francisco, así como antiguo miembro de la junta de la Ms. Foundation for Women y de la International Transpersonal Association. Recibió el Pioneers in Art, Science, and the Soul of Healing Award del Institute for Health and Healings, y es diplomada por el American Board of Psychiatry and Neurology.

Apareció en dos aclamados documentales, la cinta de antiproliferaci­ón nuclear ganadora del premio de la academia Women—For America, For the World, y Goddess Remembered de la National Film Board of Canada.

Las diosas de cada mujer
Una nueva psicología femenina

¿Por qué algunas mujeres valoran, ante todo, el matrimonio y la familia, mientras que otras atribuyen más importancia a la independencia y a la propia realización? ¿Por qué una misma mujer se comporta, según sea el entorno, como extravertida o introvertida? Éstas y otras muchas preguntas reciben una insólita y fascinante respuesta en el presente libro. Sucede que cuanto más compleja es una mujer más probable es que tenga dentro de sí muchas “diosas activas”. La tarea consiste en decidir cuál de ellas cultivar y cuál superar. Las diosas de cada mujer explica que cuando una mujer comprende sus propios patrones internos puede llegar a superar toda una serie de dicotomías restrictivas, tales como: masculino/­femenino, madre/amante, profesional/­ama de casa, etc. Estos patrones internos toman la forma de siete diosas arquetípicas que son otros tantos tipos de personalidad. Se trata de que cada mujer identifique a sus diosas dominantes (que van desde la autónoma Artemisa y la fría Atenea hasta la nutritiva Deméter y la creativa Afrodita, pasando por Hera, diosa del matrimonio, o Perséfone, reina del mundo subterráneo, o Hestia, prototipo de la mujer paciente).

Las diosas de cada mujer es, en suma, una guía escrita para todas las mujeres por la fuente de su propio misterio, y para todos los hombres encantados por una mujer.

Entrevista a Jean Shinoda Bolen

http://­cuadernodemujere­s.blogspot.com.­ar/2007/07/­jean-shidona-bol­en.html — amb Dalila Dolores.

Ada Lovelace

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Esta mujer es Ada Lovelace (1815 – 1852), considerada la primera programadora. Ojo! no la primera mujer programadora, la primera persona programadora. Como siempre, mujeres invisibilizadas en la historiografía patriarcal, como ya señalamos en algún que otro meme (por ejemplo: http://www.facebook.com/photo.php?fbid=216406788491496&set=pb.205025526296289.-2207520000.1366206291.&type=3&theater).

El meme nos lo ha inspirado el reciente artículo publicado por Diagonal sobre mujeres hacker: http://www.diagonalperiodico.net/saberes/explorar-la-clandestinidad-clave-genero-mujeres-hacker.html Puedes encontrar más información sobre todos estos temas en webs como las de LelaCoders, proyecto de investigacción cyberfeminista acerca de la presencia de mujeres en el desarrollo de la informática así como el software libre (https://n-1.cc/g/donestech+lelacoders); Donestech, grupo de investigación sobre mujeres y tecnología (http://www.donestech.net/); Generatech, quienes proponen un agenciamiento de género en la tecno-cultura audiovisual (http://generatech.org/); o los diferentes grupos FOSSchix. En concreto recomendamos a nuestras amigas de FOSSchix Colombia, en cuya web podrás encontrar un montón de material interesante sobre ciberfeminsmo, hacktivismo feminista, género y TIC, etc (http://www.fosschix.co/).

Desde Memes Feministas

John Stuart Mill: el marido de la feminista

Nuria Varela

Celia Amorós en Carne Cruda

John Stuart Mill: el marido de la feminista
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Quizá parezca irrespetuoso presentar así a uno de los grandes pensadores del siglo XIX. Todo lo contrario, es un homenaje a un hombre que esperó veinte años para casarse con Harriet Taylor, la mujer que amaba y junto a la que construyó una relación de amor y respeto rebosante de pasión, cariño, complicidad y confianza entre iguales. Pero no sólo eso. Harriet Taylor y John Stuart Mill pusieron las bases de la teoría política en la que creció y se movió el sufragismo.

El feminismo respeta a John Stuart Mill especialmente por su libro “La sujeción de la mujer” –publicado en 1869–, y también, por su trabajo político como diputado en la Cámara de los Comunes (el Parlamento inglés). Mill no consiguió ninguna de sus iniciativas, tuvo que soportar la sorna de sus compañeros diputados e incluso en el periódico Times se escribió con ironía que Mill intentaba realizar “una gran reforma social” mediante el cambio de una simple palabra cuando éste pretendió cambiar hombre por persona en la reforma electoral que se discutía en ese momento. Sin embargo, llevar la petición del voto al parlamento fue muy importante para las sufragistas y para que la cuestión llegara a la opinión pública. Como ejemplo del agradecimiento feminista a la obra de Mill y la repercusión que ésta tuvo entre las mujeres de su época, nada mejor que la carta que Elizabeth Cady Stanton, líder de las sufragistas norteamericanas, le escribió tras leer La sujeción de la mujer:

“Terminé el libro con una paz y una alegría que nunca antes había sentido. Se trata, en efecto, de la primera respuesta de un hombre que se muestra capaz de ver y sentir todos los sutiles matices y grados de los agravios hechos a la mujer, y el núcleo de su debilidad y degradación”

Pero no sólo Elizabeth Cady Stanton se deslumbró por la lectura del libro de Mill, feministas de todo el mundo se sintieron impresionadas:

“El ensayo de Mill, La sujeción de la mujer, publicado en 1869, fue la biblia de las feministas. Es difícil exagerar la enorme impresión que causó en la mentalidad de las mujeres cultas de todo el mundo. En el mismo año en que se publicó en Inglaterra y Norteamérica, Australia y Nueva Zelanda, también apareció traducido en Francia, Alemania, Austria, Suecia y Dinamarca. En 1870 fue publicado en polaco e italiano, y también las estudiantes de San Petersburgo hablaban de él con entusiasmo. Hacia 1883, la traducción sueca dio lugar a un debate entre un grupo de mujeres de Helsinki que fundaron el movimiento femenino finlandés tan pronto como terminaron de leer el libro. Desde toda Europa llegaron testimonios impresionantes del impacto inmediato y profundo que ejerció el opúsculo de Mill; su publicación coincidió con la fundación de movimientos feministas no sólo en Finlandia, sino también en Francia y Alemania y muy posiblemente en otros países”.

Además de respeto intelectual y político, el feminismo guarda especial cariño a Mill por su vida privada. Era un romántico que se enamoró completamente de Harriet Taylor y juntos formaron una pareja sorprendente, provocadora para su época. John Stuart y Harriet Taylor se conocieron en el verano de 1830. Harriet tenía 23 años y John Stuart 25. Ella se había casado a los 18 con John Taylor, un hombre de negocios interesado en la política radical y al que Harriet quería y respetaba aunque ni estaba –ni ella lo consideraba–, a su nivel intelectual. Harriet era una mujer de grandes cualidades, inteligencia y belleza. Y lo que parece indiscutible es que deslumbró a Mill y Mill la deslumbró a ella. Cuando se conocieron, ella era madre de dos hijos y al año nacería Helen, la pequeña. Harriet era hija de un cirujano acomodado y había recibido una buena educación. En aquella época, colaboraba en la revista Monthly Repository, una publicación política y radical en consonancia con su grupo de amigos y su círculo más próximo. Neus Campillo nos presenta a una Harriet que antes de conocer a Mill mostraba ser una madre feliz y buena esposa aún con distintos gustos a su marido y con ideología feminista y anticonvencional.
Cuando Mill conoce a Harriet, éste se encuentra en medio de una fuerte depresión. Mill era un hombre extraño con el que su padre, James Mill, había experimentado desde que era muy pequeño educándole de manera extraordinariamente precoz. De hecho, le trató y le educó como si nunca hubiese sido un niño. “No guardo memoria del momento en que empecé a aprender griego. Me han dicho que fue cuando tenía tres años”.
Mill llama a su propia depresión “una crisis en mi historia mental” y parece que fue provocada por la falta de interés sobre lo que hasta entonces había sido el centro de su vida, “ser un reformador del mundo”. Cuando esto dejó de interesarle, se derrumbó . Esa depresión, sin embargo, no le había paralizado. Mantenía una intensa actividad intelectual y completaba su formación visitando y conociendo a fondo a los pensadores más destacados de su época, buena parte de ellos, amigos de su padre. Sus males melancólicos desaparecieron cuando conoció a Harriet y juntos protagonizaron una relación apasionada que rompió todos los tópicos: componen una serie de libros y escritos esenciales en la historia del pensamiento. Dos personas con una enorme complicidad intelectual y personal y, además, una gran pasión que no encajaba de ninguna manera en los ideales románticos de la época en los que las mujeres sólo eran receptoras pasivas del amor. Dos apasionados que renuncian a las relaciones sexuales por respeto al marido de Harriet y a las convenciones del momento, puesto que no existía divorcio en la Inglaterra de mediados del siglo XIX, en plena época de puritanismo victoriano. Dos personas, una mujer y un hombre, que se tratan de igual a igual en una época en la que las mujeres comenzaban la pelea por sus derechos políticos y empezaban a soñar con los derechos civiles.
Aunque la época no daba para pasiones dentro de los límites de lo respetable, por la correspondencia que se conserva, ésta, aunque contenida, debió de ser arrolladora y supuso una gran crisis en el matrimonio de Harriet. Para resolverla, la pareja –parece que no sin largas discusiones–, decidió separarse durante seis meses . Harriet se mudó a París y Mill también. Seis meses felices que Harriet resolvió con un acuerdo con su esposo: conservar su vida familiar con él y sus hijos y mantener también la relación de amistad con Mill .
Tanto su marido como Mill aceptaron la solución de Harriet. Ella evidenciaba con su propia vida, con sus sentimientos y deseos, que las normas y las leyes que la sociedad había creado para las mujeres eran sólo diques de contención ante su libertad. Esas mismas mujeres no se parecían a la caricatura que la sociedad les había dibujado sobre lo que debía de ser una mujer. A Harriet, culta e inteligente, no le bastaba con tener un marido, una casa y unos hijos, quería una vida propia y buscó la rendija del dique para conseguirla.
La situación era extraña y se convirtió en objeto de murmuraciones de todo tipo que ni Harriet ni Mill dejaron que enturbiaran su especial amistad. La desaprobación fue general, pero ellos prefirieron romper con las actividades sociales e incluso con los amigos que criticaban sus vidas antes que con su relación.
Mill fue, además, un hombre consecuente. Lejos de aprovecharse de las leyes del momento que le regalaban toneladas de privilegios por ser varón, reniega de ellas. Así, el 6 de marzo de 1851, después de veinte años de amistad, Harriet Taylor y John Stuart Mill van a casarse. Con ese motivo él escribió la siguiente declaración:

“Estando a punto –si tengo la dicha de obtener su consentimiento–, de entrar en relación de matrimonio con la única mujer con la que, de las que he conocido, podría haber yo entrado en ese estado; y siendo todo el carácter de la relación matrimonial tal y como la ley establece, algo que tanto ella como yo conscientemente desaprobamos, entre otras razones porque la ley confiere sobre una de las partes contratantes poder legal y control sobre la persona, la propiedad y la libertad de acción de la otra parte, sin tener en cuenta los deseos y la voluntad de ésta, yo, careciendo de los medios para despojarme legalmente a mí mismo de esos poderes odiosos, siento que es mi deber hacer que conste mi protesta formal contra la actual ley del matrimonio en lo concerniente al conferimiento de dichos poderes; y prometo solemnemente no hacer nunca uso de ellos en ningún caso o bajo ninguna circunstancia. Y en la eventualidad de que llegara a realizarse el matrimonio entre Mrs. Taylor y yo, declaro que es mi voluntad e intención, así como la condición del enlace entre nosotros, el que ella retenga en todo respecto la misma absoluta libertad de acción y la libertad de disponer de sí misma y de todo lo que pertenece o pueda pertenecer en algún momento a ella, como si tal matrimonio no hubiera tenido lugar. Y de manera absoluta renuncio y repudio toda pretensión de haber adquirido cualesquiera derechos por virtud de dicho matrimonio”.

De esa unión extraordinaria quedó una obra extraordinaria. En 1832 publican Los ensayos sobre el matrimonio y el divorcio. En ellos indagan en una nueva manera de entender y vivir las relaciones de pareja que no supongan la esclavitud de la mujer, sino un contrato entre iguales. Como queda reflejado en la carta previa a su propio matrimonio, fueron consecuentes en su vida con las ideas que quedaron reflejadas en los ensayos.
Su matrimonio se produjo dos años después de la muerte de John Taylor, el marido de Harriet. Éste murió por un cáncer y Harriet le cuidó hasta el final. En la correspondencia quedó reflejado el respeto –mutuo–, con el que Harriet Taylor también había conseguido vivir ese primer matrimonio.
Harriet falleció en noviembre de 1858. A partir de la muerte de su esposa, fue su hija, Helen, a quien Mill consideraba también hija suya, la que le ayudó en su trabajo intelectual. Helen era digna heredera de su madre en ideas sociales y políticas y especialmente respecto a los derechos de las mujeres.
Mill, respetuoso en cuanto a las aportaciones que tanto Harriet como Helen hacían a su obra, se encargó de reseñar ese trabajo en su autobiografía e incluso en las introducciones de los propios textos. La sujeción de la mujer fue escrito en 1861, pero Mill lo publicó en 1869. En su autobiografía explica sobre este libro:

“Fue escrito por sugerencia de mi hija para dejar constancia de las que eran mis opiniones sobre esta gran cuestión, expresadas de la manera más completa y conclusiva de que fuese capaz. (…) Tal y como fue hecho público en última instancia, contiene importantes ideas de mi hija y pasajes de sus propios escritos que enriquecen la obra. Pero lo que en el libro está compuesto por mí y contiene los pasajes más eficaces y profundos pertenece a mi esposa y proviene del repertorio de ideas que nos era común a los dos y que fue el resultado de nuestras innumerables conversaciones y discusiones sobre un asunto que tanto ocupó nuestra atención”.

La trascendencia de La sujeción de la mujer fue excepcional. Se convirtió en el libro de referencia, algo así como la música de fondo de todo el Sufragismo. Su tesis principal, que Mill desarrollará no sólo con argumentos racionales, sino también apelando a la emoción –pues, como él mismo explica, los prejuicios son difícilmente desmontables desde la lógica–, es la afirmación nítida de las mujeres como individuos libres.
Para los Mill, el matrimonio, tal como estaba regulado, era una forma de prostitución –“acto de entregar su persona por pan”– y defienden el cambio de la ley de matrimonio, el divorcio y la necesidad de que las mujeres recibieran una educación que permitiera su independencia económica y que sólo por amor decidieran la relación con un hombre.
El único punto sobre el que discrepan es sobre el derecho de las mujeres al trabajo. Para Mill no era deseable cargar el mercado laboral con un número doble de competidores. Esta controvertida afirmación de Mill fue muy discutida por Harriet Taylor. Para ella, las mujeres no deberían sufrir ningún límite en sus actividades. Harriet defiende que si hubiera igualdad, no harían falta leyes sobre el matrimonio puesto que las mujeres se formarían para trabajar en lo que gustasen.
Frente al argumento que se esgrimía en aquella época, a saber, que con la entrada de las mujeres en el mercado laboral bajarían los salarios, Harriet defiende que aunque así fuera y la pareja ganara menos que lo que podría ganar sólo el hombre, aún así, se produciría un cambio notable en el matrimonio: la mujer pasaría de sirvienta a socia. Para Harriet Taylor, la desigualdad de las mujeres es un prejuicio debido a la costumbre y mantenido por la ley del más fuerte –en sintonía con lo ya explicado por Poulain de la Barre y Mary Wollstonecraft–, pero Harriet añadía que además, el sexo y el ámbito emocional hacen que la dominación del hombre sobre la mujer sea distinta a todas las demás .
Quizá sea el desarrollo de esta idea en La sujeción de la mujer, la que proporciona la novedad y el punto de vista original a esta obra, “los sutiles matices” de los que le habla Elizabeth Cady Stanton a John Stuart Mill en su carta. Así, además de subrayar la dificultad que tiene acabar con esta desigualdad por la relación íntima y sentimental que se da entre hombres y mujeres, Mill señala que el caso de las mujeres es diferente al de cualquier otra clase sometida lo que hace muy difícil una rebelión colectiva de éstas contra los varones. La peculiaridad, según Mill, consiste en que sus amos no quieren sólo sus servicios o su obediencia, quieren además sus sentimientos: “no una esclava forzada, sino voluntaria”. Para lograr este objetivo han encaminado toda la fuerza de la educación a esclavizar su espíritu:

“Así, todas las mujeres son educadas desde su niñez en la creencia de que el ideal de su carácter es absolutamente opuesto al del hombre: se les enseña a no tener iniciativa y a no conducirse según su voluntad consciente, sino a someterse y a consentir en la voluntad de los demás. Todos los principios del buen comportamiento les dicen que el deber de la mujer es vivir para los demás; y el sentimentalismo corriente, que su naturaleza así lo requiere: debe negarse completamente a sí misma y no vivir más que para sus afectos”.

Para los Mill, los seres humanos son libres e iguales. Desde ese punto de vista su trabajo se esfuerza en criticar y desarticular todas las formas de dominio de las mujeres por parte de los hombres.

Este artículo fue publicado por Nuria el marzo 19, 2013 a las 4:14 pm, y está archivado en 2013, Feminismo para tod@s, Historia del feminismo, Marzo, Sufragismo.

Artículo de Público: Mujeres en guerra: resistencia ‘roja’ y ‘liberada’

Adjuntamos artículo publicado en el Diario Público.es, que podeis ver directament en el siguiente enlace:

Lleva por título: Mujeres en guerra: resistencia ‘roja’ y ‘liberada’ y es obra de Alejandro Torrús.

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Mujeres en guerra: resistencia ‘roja’ y ‘liberada’

La resistencia al régimen de Franco no se puede entender sin el rol de la mujer. Mujeres que, en el punto de mira del dictador por su ideología y por su género, tuvieron que sacar adelante a sus familias con sus hombres fusilados, encerrados o desaparecidos y el cartel de ‘roja’ en la frente.

ALEJANDRO TORRÚS Madrid 05/03/2013 07:00 Actualizado: 05/03/2013 15:57

A Juliana Cortés, en 1947, a la edad de 64 años, la metieron en una poza con el agua hasta las rodillas para forzarla a decir dónde estaba su hijo, republicano huido en los montes de Escañuela, en Jaén. A Dolores Martínez la condenaron a muerte en 1941 por ser una “mal bicho procaz”. Enriqueta Martín tenía que andar 34 kilómetros, el camino de ida y vuelta hasta el pueblo vecino, para introducir tabaco, harina y aceite en su pequeño pueblo de Granada, y alimentar, así, a sus cuatro hijos. Su marido, pastor de profesión, y sus dos hijos mayores desaparecieron en 1937. Rosa Cañadas, con apenas 20 años, tuvo que limpiar casas, picar piedra y coser pantalones, entre otras funciones, para sacar adelante a una familia de cinco hermanos cuyo padre, alcalde de Guadalajara durante la República, había sido fusilado y todas sus pertenencias requisadas.

Todas estas historias son historias reales, con nombres reales, que sucedieron en la larga noche de la dictadura franquista. Son sólo un pequeño número de casos tan comunes como ciertos. Mujeres que, en el punto de mira del régimen por su ideología y por su género, tuvieron que sacar adelante a sus familias con sus hombres fusilados, encerrados o desaparecidos y el cartel de ‘roja’ en la frente. Heroínas que a base de trabajo, sacrificio y agallas consiguieron sacar adelante a sus familias sin olvidar que la lucha por la democracia dejó en la cuneta a muchos de sus seres más queridos.

Emilia Cañadas, una mujer de 84 años que con tan sólo ocho primaveras vio cómo los falangistas fusilaron a su padre, Antonio Cañadas, alcalde de Izquierda Republicana de Guadalajara, resume a la perfección el sentimiento de toda una generación de mujeres que trabajó por la dignidad y la democracia: “He luchado en mi infancia para sacar adelante a mis hermanos. Después, para alimentar a mis hijos y ahora, mi obligación, a pesar de mi edad, es morir luchando. No tengo otra misión en esta vida. Siempre me he sentido feminista, revolucionaria y comunista. Con 14 años entré a una fábrica y allí sentí la opresión del trabajador. Después pasé a trabajar en una oficina de seguros y jamás logré entender por qué cobraba menos que mi compañero hombre”.

La República significó para la mujer el inicio de la conquista del espacio público. El derecho al voto, a la educación y al divorcio fue el reflejo legislativo de un espíritu liberador que agitó España. Las esperanzas de emancipación, no obstante, fueron cortadas de raíz por la cruzada católica emprendida por el autodenominado bando nacional.

La represión de la mujer en la dictadura franquista, cuenta Pura Sánchez, autora del libro Mujeres de dudosa moral, fue doble. Por “rojas” y por “liberadas”. Por tanto, el castigo también fue doble. Por una parte, las mujeres fueron juzgadas y condenadas por tribunales militares por delitos de auxilio, incitación o excitación a la rebelión. Es decir, por rojas. Por otro lado, se produce una segunda condena social. La condena a la reclusión en el espacio doméstico y al abandono de los espacios públicos que sólo podían ser ocupados única y exclusivamente por hombres.

Emilia: “Mi obligación, a pesar de mi edad, es morir luchando. No tengo otra misión en esta vida”
“Además, hay otra forma de represión protagonizada por las fuerzas paramilitares del régimen”, cuenta Pura Sánchez. “Fue un tercer tipo de represión extremadamente violenta y arbitraria que tenía un fuerte carácter ejemplificador. Consistía en llegar al pueblo recién conquistado por el bando franquista, escoger a un grupito de mujeres, afeitarles la cabeza, hacerles beber aceite de ricino y exponerlas a la vergüenza pública. Las demás ya sabían a qué se arriesgaban si decidían desobedecer al régimen”, explica Sánchez, quien añade que la mujer fue utilizada durante la Guerra Civil como un “botín de guerra”. “El cuerpo femenino sirvió para evidenciar el poder de los hombres”, sentencia Sánchez.

Con la cabeza ‘pelada’
La explicación histórica de Pura Sánchez encuentra su reflejo en la realidad en la vida de Juliana Cortés, una mujer de Escañuela (Jaén) a la que pelaron dos veces, una al terminar la guerra y otra un poco después, cuando ya le había crecido el pelo y fue un día a por agua, con tan mala suerte que se encontró a “una mujer de derechas, que avisó de nuevo a los falangistas” de que Juliana se había dejado ver por el pueblo.

“A mi madre y a nueve mujeres más las “pelaron”; a mi madre no la pasearon, pero a las otras sí, con tambores por la calle, a finales de abril del 39. Se echaron a la calle los falangistas, que eran del pueblo. Las “pelaron” en la cárcel y en la casa de Falange y les dieron aceite de ricino. La gente, los de derechas, iban a mirar, los niños y los mayorcitos iban detrás. Las mujeres de nuestra clase no iban a ver, pero las otras sí”, recuerda hoy María González, hija de Juliana.

“Con nosotros, el régimen se encabronó sobremanera”, resume María
La vida de María, no obstante, no fue más fácil que la de su madre. Cuando estalló la guerra civil esta mujer tenía 17 años recién cumplidos. Conoció a su marido, y padre de sus ocho hijos, Joaquín Pérez Sicilia, durante la Guerra Civil , en la cárcel de Jaén, donde compartía celda con uno de sus hermanos. Su padre había muerto poco antes del inicio del conflicto, uno de sus hermanos fue fusilado en noviembre del 39 y el otro huyó a la sierra para no correr la misma suerte que su familiar. “Con nosotros, el régimen se encabronó sobremanera”, resume María, quien en los años de la Guerra tuvo que trabajar para poder llevar alimentos a su hermano encarcelado.

Tras “picar mucha piedra”, como ella misma señala, María y su marido deciden emigrar a Madrid, en 1947, para intentar mejorar su vida y la de los suyos. No había sabido nada de su hermano huido. Sin embargo, al poco de llegar a la capital un guardia civil de Escañuela se presentó en la casa de María y se llevaron preso a Joaquín, su marido. Se trataba de una acción destinada a forzar la entrega de su hermano Adriano, que seguía en la sierra. Al día siguiente, María fue a buscar a su marido con ropa y comida, iba con su hijo de 17 meses en brazos, y embarazada de otro, pero también fue apresada.

María pasó dos días y una noche en el cuartel de Vallehermoso. En ese tiempo le pegaron varias veces con un vergajo para quitarle al niño, pero ella resistió. Al mismo tiempo, habían encarcelado en Jaén a su madre, Juliana Cortés, de 64 años, a la que pegaron y metieron en una poza con el agua hasta las rodillas para forzarla a decir dónde estaba su hijo. Pero nadie lo sabía. Hasta cinco familiares llegaron a estar procesados por esta causa. A María, a Joaquín -su marido- y a su madre -Juliana- les condenaron a seis años de cárcel; a su hermano Miguel, a 20.

María recuerda, como si fuera ayer, el día del juicio: “Se celebró en una sala enorme, como un pabellón de deportes, en el que juzgaron de una vez a unas trescientas personas. Estaban unos sentados en bancos y otros de pie y levantaban la mano conforme eran nombrados. Entramos todos como una manada de cerdos, serían las nueve de la mañana, y a las dos de la tarde estaba todo el mundo fuera…. Todo estaba escrito ya”, recuerda hoy María, quien tras cumplir condena y dar a luz a su segundo hijo en la propia cárcel volvió a Madrid para proseguir su vida. Vivió durante casi 20 años en una chabola, hasta que los ahorros conseguidos, de trabajar de limpiadora en el Ejército del Aire le permitieron a ella y a su marido comprar su actual casa en un barrio obrero de Madrid.

Recuperar la cotidianidad
El mérito de estas mujeres fue doble. Durante la guerra trabajaron a deshoras para tratar, como fuera, de mantener con vida a sus familiares encarcelados o huidos. Llevaban comida a la prisión, introducían mensajes secretos para los presos o lavaban la ropa a sus presos. También echaban una mano, en lo que podían, a los encarcelados sin familia. Una vez terminada la Guerra, no obstante, la función a desempeñar era otra. Se trataba de resistir, porque en la medida en la que ellas pudieran hacerlo, también sobrevivirían sus familias. Debían reconstruir la cotidianidad destruida, “rehacer un hogar desde las cenizas de la Guerra en las condiciones que fuera”, asevera Pura Sánchez.

La resistencia de la mujer durante la Guerra Civil mediante la creación de redes de cooperación de carácter informal para proporcionar ropa limpia, comida e información a los presos la ejemplifica la lucha de Francisca Gámez, quien acaba de cumplir 91 años. “La única pena que me queda en el cuerpo, después de todo lo que he sufrido en esta vida, es que me muera sin que los jóvenes sepan todo lo que hemos luchado para tener una democracia en este país. Aunque ahora la quieran destruir. Deben saber cuánto nos ha costado llegar hasta aquí”, cuenta Francisca a Público.

El padre de Francisca, ex guardia civil, fue condenado a muerte, en un primer momento, y , después, su condena fue conmutada a 30 años de prisión por ayudar al bando republicano desde la retaguardia. Durante el tiempo que su padre estuvo en la cárcel, antes de ser enviado a campos de trabajo forzosos, Francisca llevaba todos los días a su padre ropa limpia y comida en un cesto de alambres que aun conserva, “para no olvidar sus orígenes”. Tenía 16 años, pero debía comportarse como una adulta.

Concha: “El cuerpo de la mujer sirvió para que el hombre demostrara su poder”, denuncia SánchezA través de las zapatillas, que tenían un falso fondo, se intercambiaba cartas con su padre y el resto de presos. “No me daba cuenta del peligro que corría. Cuando eres joven todo lo ves más normal. Ahí dentro morían como chinches: unos por enfermedades y otros fusilados durante la madrugada”, recuerda.

Sin embargo, lo más duro para Francisca no fue la Guerra Civil sino la larga noche de los 40 años. “Durante la Guerra sabías que luchabas por la libertad. Una vez terminada, no había nada. Ni comida, ni futuro, ni libertad. La miseria nos comía por todos lados y vi a mi abuela morir de hambre”, señala esta mujer, a quien la Guerra le había quitado a un hermano, fusilado, y a su padre, preso durante décadas.

“Cada vez que escucho la frase de ‘”¡Que frío hace!” se me viene a la mente aquel tiempo. No sé cómo pudimos sobrevivir. Me tiré años picando piedra para conseguir unas pesetas. Nos llamaban para trabajar en el campo de la lástima que dábamos”, se lamenta.

A base de esfuerzo, trabajo y de sacrificar su vida por la de los demás, Francisca consiguió sacar adelante a su familia y formar la suya propia. Una vez llegada la democracia, su gran pena era no haber tenido la oportunidad de escribir para que sus descendientes no olvidaran los orígenes de su familia. Por ello, se apuntó a una escuela de mayores y aprendió a leer y a escribir. “Allí empecé a escribir poesía y, a mi manera, he hecho poesía medianamente de todo lo que he vivido. Si no me escuchan hablando, que me escuchen recitando”, concluye.

“Nunca serviremos en casa de señoritos”
El deseo de aprender a escribir poesía de Francisca es compartido por Concha Martín, vecina de una pequeña localidad de Granada. A Concha, sin embargo, no le gusta escribir la historia de su familia, prefiere escribir de amor, aunque no olvida ni por un segundo su pasado. “Mi padre está en un monte perdido por ser de izquierdas y eso no lo voy a olvidar mientras viva”, asevera.

Concha es el vivo ejemplo de una mujer a la que ningún obstáculo ha conseguido borrar la sonrisa de la cara. Sonríe hasta cuando llora. Sonríe hasta cuando narra cómo los “señoritos del pueblo” vinieron a buscar a su padre para ajusticiarle. “El 2 de marzo del 37”. Él no estaba entonces en casa, sino con sus cabras. Era pastor. Cuando regresó decidió huir junto a sus dos hijos varones. “Me voy, a ver si me salvo”, dijo. José, que así se llamaba su padre, murió congelado en la sierra, según contó un vecino del pueblo que sí consiguió regresar. De sus dos hermanos, nunca más se supo.

Los falangistas volvieron pocos días después buscando a la madre de Concha, Enriqueta. No eran del pueblo. “¡Enriqueta!”, gritaban desde las calles. Ella se escondió. No así una vecina del mismo nombre y de reconocida “ideología de derechas” que salió a ver qué pasaba. Nadie la reconoció y fue rapada. La Enriqueta de izquierdas, la matrona de esta pequeña localidad, se libró de la humillación.

Con el marido muerto y dos hijos desaparecidos, Enriqueta tuvo que sacar adelante a sus otros cuatro hijos. La consigna de partida estaba clara: “Nunca serviremos en casa de ningún señorito”, repetía esta mujer, según relata Concha, quien en 1936 tenía solamente seis años. Y así fue. Enriqueta y Concha, madre e hija, realizaban casi semanalmente un trayecto de 34 kilómetros para traer tabaco, harina y aceite de estraperlo. 20 kilos a cuestas. El tabaco y el aceite lo vendían. Con la harina hacían pan.

Concha: “Pido justicia para el pueblo y justicia para los que nos han estado robando tantos años”
Manuela y Encarna, las hermanas de Concha, trabajaban en casa cosiendo pantalones, cocinando pan o con cualquier otra labor. Así como cuidando de Miguel, el pequeño de los hermanos, quien pronto también tuvo que empezar a trabajar. “Dicen que ahora están mal los tiempos, pero es que lo de antes no tiene nombre. Cada día era una lucha por la supervivencia. Cuando te ibas a la cama no sabías qué desgracia podía pasar mañana”, asegura Concha.

El recuerdo de lo vivido, la dureza de la dictadura y la seguridad de que la democracia sólo es viable a través de la justa y equilibrada distribución de recursos hizo de Concha y de sus hermanas unas mujeres de fuertes convicciones progresistas. Ninguna de las tres pudo aceptar jamás que un partido cuyo fundador provenía del régimen franquista pudiera defender los intereses del pueblo.

Concha sabe que el futuro está complicado. Lo ve en su pequeña localidad donde cada vez hay menos trabajo. “Se están perdiendo valores”, asegura. Ahora, tras una vida de incansable lucha, pasa las tardes devorando novelas y escribiendo algunos versos. La fórmula para un futuro mejor la tiene clara. Aunque nadie con poder la escuchará. “El único futuro viable pasa por que se haga justicia de una vez por todas. Justicia con el pueblo y justicia para los que nos han estado robando tantos años”, sentencia.

Pies de foto:
Imagen 2. Emilia Cañadas posa con la Constitución española de 1931
Imagen 3. Bando del comandante militar de Fuente de Cantos (Badajoz). Cedido por Pura Sánchez
Imagen 4. Sentencia de muerte de Dolores Martinez. Cedido por Pura Sánchez
Imagen 5. Enriqueta y José.

Rita Levi

Us adjuntem aquest article, extret del blog: El mirador de les dones, i que creiem molt interessant. L’article es va escriure el 2009, amb motiu del 100 anniversari de Rita Levi.

“Mai he pensat en mi. Viure o morir són la mateixa cosa”

“És ridícul obsessionar-nos per l’envelliment. El meu cervell aviat tindrà un segle, però no coneix la senilitat, és millor que quan era jove. El cos se m’ha arrugat, però no el cervell!”

Aquestes afirmacions pertanyen a la neuròloga i premi Nobel de Medicina, Rita Levi Montalcini: la descobridora del factor de creixement nerviós (NFG) que ha permès explicar el creixement de les cèl·lules del sistema nerviós.

La científica assegura que els nostres cervells tenen una gran plasticitat neuronal i que, malgrat la mort de neurones, el cervell troba nous camins per a continuar funcionant. Això si, cal estimular-lo i mantenir-lo actiu i il·lusionat. Levi-Montalcini el manté actiu: no ha deixat d’investigar i conserva el seu compromís social i la curiositat pel que passa al món. Continua investigant, no admet la paraula jubilació. Opina que la jubilació està destruint cervells; molta gent es jubila i s’abandona, i això mata el seu cervell i emmalalteix.

La seva vista és deficient i la seva oïda no és massa bona. Necessita de la seva secretària per a utilitzar Internet, una de les seves eines favorites, però conserva la vitalitat, la ironia i la lucidesa.

La setmana vinent aniré molt atrafegada i no voldria que em passés per alt que la Rita Levi Montalcini fa 100 anys el dia 22 d’abril  (de 2009)

Rita Levi Montalcini va néixer a Torí el 1909. El seu pare, un enginyer apassionat per les matemàtiques, es va negar a deixar-la estudiar. Fa un segle,les dones no feien aquestes coses. El seu futur, per tant, era fer un bon matrimoni i ser mare. Finalment, però, gràcies a la insistència i perseverança(una de les seves virtuts), va poder assolir el seu desig: estudiar. Quan tenia 20 anys, va accedir al batxillerat superior i després a la facultat de medecina, on es gradua

Es va veure obligada a deixar la universitat, en aplicació de les lleis antisemites del feixista Mussolini. També es va tenir que amagar per evitar la deportació. Malgrat això, no es va donar per vençuda i va muntar un laboratori al seu amagatall i va continuar estudiant i investigant. Durant la guerra, va ser metge de la Resistència i de les tropes aliades.

Acabada la segona guerra mundial va acceptar la invitació de la Washington University in St. Louis (Missouri, EUA). Durant 30 anys hi va ensenyar i treballar i és allà on va descobrir el NGF. El 1986, juntament amb el seu col.laborador Stanley Cohen, rep el premi Nobel de fisiologia i medicina.

La seva carrera és plena d’altres premis i reconeixements. No els mencionaré (podeu cercar-los a la xarxa). Faig menció només a un dels darrers: el 23 d’octubre de l’any passat va ser investida doctora honoris causa per la Universidad Complutense (Madrid).

Solidària, feminista i ecologista.
Laica i agnòstica

La lluita contra la pobresa i les desigualtats socials, la defensa de la igualtat per a les dones i el respecte al medi ambient han estat i són preocupacions bàsiques de Rita Levi-Montalcini. A TIEMPO DE CAMBIOS: PENSAR Y VIVIR A FAVOR DE LA SUPERVIVENCIA DE LA ESPECIE HUMANA, el llibre que va escriure quan ja tenia 96 anys, parla d’aquestes preocupacions i crida l’atenció sobre els perills als que ens enfrontem com a espècie.

“La situació del món, de la humanitat, no és bona, però no és desesperada. Podem sortir-nos-en si apliquem noves regles, si som capaços de dur a terme alguns canvis. Hem de fugir dels determinismes”

El futur no està escrit a les estrelles (determinisme exogen), ni en el cor de cada cèl.lula (determinisme endogen). Levi-Montalcini diu que la vida de tot ésser humà és el resultat del programa genètic escrit als seus gens, però també de les condicions ambientals en les que aquest programa es pot desenvolupar i afirma que les condicions influeixen més que els gens.

“Reconèixer i respectar els drets humans equival a assumir deures específics, com el de garantir uns nivells adequats de vida a tots els pobles i, per tant, condicions ambientals acceptables per a les generacions del futur”

“Si canviem la forma d’educar els nens i nens, d’enfrontar-nos amb la vida. Canviarem el món. Els mètodes tradicionals són absurds”

Fins ara, diu Levi-Montalcini, ens hem mogut entre l’autoritarisme victorià, o sigui, fes això perquè tu ets petit i jo sóc gran, i el permissivitat, o sigui, fes el que vulguis.

“La informàtica ens dóna accés a un món nou que no existia fa solament mig segle. A falta d’un nou desenvolupament de la neocòrtex, disposem dels ordinadors”

La informàtica és molt important per a permetre a les noves generacions una visió del món més generosa i intel·ligent”

“La incorporació de les dones a les altes esferes polítiques y socials i la seva plena implicació són imperatives per a un nou ordre mundial”

Nature li dedica 4 pàgines (gentilesa de Mercé Piqueras. ACCC)

Publicat per anna gonzález batlle al blog: El mirador de les dones