Ilustres excluidas

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Rosario de Acuña y Sofía Casanova, las dos periodistas sabían que las beneficiadas de su lucha serían las mujeres de las generaciones futuras

Bismarck repetía que España era una gran nación porque llevaba apuñalándose varios siglos y aún sobrevivía.No hay mejor metáfora del alma cainita española. Cuando se habla de mujeres escritoras españolas del XIX y principios del XX parece que solo existen Emilia Pardo Bazán, Cecilia Bhöl de Faber, alias Fernán Caballero, Gertrudis Gómez de Avellaneda o Carmen de Burgos, alias Colombine.

http://www.ahorasemanal.es/ilustres-excluidas-rosario-de-acuna-y-sofia-casanova

Conferencia homenaje a Esmeralda Cervantes

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El 30 de abril tuvo lugar la conferencia homenaje a Esmeralda Cervantes en Casa Elizalde, a cargo de Zoraida Avila, en la cuál pudimos disfrutar de un concierto a cargo de Zoraida Avila (arpista) y Begoña Alberdi (soprano).

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Hipatia, un mito que perdura

Hipatia nació en Alejandría en una fecha incierta, pero si sabe el año de su muerte el 415. Estas dudas respecto al año de su nacimiento han propiciado todo tipo de elucubraciones en cuanto a la edad que tenía cuando murió. Era hija…

http://losojosdehipatia.com.es/cultura/historia/un-mito-que-perdura-hipatia/

Julia Conesa, que mi nombre no se borre de la historia

En esta ocasión, desde la curiosa mirada de Hipatia queremos hablarles de una mujer que antes de morir le rogó a su madre que su nombre no se borrase de la historia. En su carta, Julia Conesa, antes de ser fusilada junto a sus doce compañeras, escribiría: “Madre, hermanos, con todo el cariño y entusiasmo os pido que no me lloréis nadie. Salgo sin llorar. Me matan inocente, pero muero como debe morir una inocente. Madre, madrecita, me voy a reunir con mi hermana y papá al otro mundo, pero ten presente que muero por persona honrada. Adiós, madre querida, adiós para siempre. Tu hija, que ya jamás te podrá besar ni abrazar”. Julia cerraba su carta con una suplica, “que mi nombre no se borre en la historia”.
http://losojosdehipatia.com.es/cultura/historia/julia-conesa-que-mi-nombre-no-se-borre-de-la-historia/

Teresa Claramunt

Teresa Claramunt, anarquista I maçona, va liderar totes les vagues de primers de segle XX I va pagar un preu molt car al llarg de tota una vida de lluita i repressio. Ara possiblement sembla que va ser en va, pero mai res s’atura… Recordem’ho i donem-ne homenatge.facebook_1428259328911

Permiso para hacer la revolución

Una visión de la mujer como ‘sororidad’, como colectivo de hermanas, desde la comunidad de monjas que compusieron en el siglo XII el ‘Hortum Deliciarum’ hasta las modernos grupos de activismo feminista

Un instante del siglo XII: el momento en el que sesenta monjas, fatigadas sus miradas, manos e intelecto, terminan El Hortus Deliciarum. Tras treinta años de trabajo se detienen y posan: “Aquí estamos, nosotras fuimos las autoras de este libro”.

mujeres masonas

A la derecha aparece una figura preeminente, se trata de Herralda, la abadesa del scriptorium de Hohenburg, quien sostiene un pergamino en el que podemos leer la siguiente dedicatoria: “Herralda, por gracia de Dios abadesa de la iglesia de Hohenburg, aunque indigna, augura la gracia y la gloria del Señor a las dulcísimas vírgenes de Cristo (…). Para vuestra santidad os ofrezco este libro, que se titula Jardín de delicias”. Consciente de que su obra era un esfuerzo coral, quiso recompensar el trabajo de las novicias representándolas para la posteridad tal y como eran: unas jóvenes y otras ancianas, altas o encorvadas, cada una con su tocado particular, su nombre propio y singularidad intransferible. El Hortus fue una obra hecha en colaboración por las mujeres de la orden (las trescientas treinta y seis ilustraciones miniadas que recogen desde temas filosóficos, teológicos, históricos y literarios hasta escenas de la vida cotidiana en torno al convento de Hohenburg nos hablan de un trabajo desarrollado en equipo) y para las mujeres de la orden (con este “libro de texto” se las instruía en la lectura, en el aprendizaje de la, la composición e interpretación de textos, el estudio del latín y el aprendizaje de las técnicas para realizar miniaturas).

Pero si algo resulta sorprendente de esta imagen del siglo XII es que retrata el fin de una época: una época en la que, al menos intramuros, las mujeres se reconocen como maestras cultas y alumnas atentas, como sujetos ilustrados hermanadas, en este caso, por su valía intelectual.

DE HERRALDA A SHULAMIT

No años, sino siglos después nos encontramos con la fotografía de una joven que con sus enormes ojos miopes mira atentamente a la cámara de Michael Hardy. Su aspecto físico delata la época que corre, finales de los sesenta, pero jamás podríamos derivar de él la vasta experiencia política que esta mujer atesora: a los 23 años ha fundado tres de las organizaciones feministas más importantes de Nueva York, el New York Radical Women, Redstockings y la organización New York Radical Feminist. Ella es Shulamith Firestone y tras el éxito de su Dialéctica del sexo, publicada a los veintiséis años, abandonará la vida pública.

mujeres masonas

Podríamos ahora buscar un paralelismo entre la imagen del siglo XII y la fotografía de 1970, hacer un ejercicio literario que capture las similitudes entre la foto de tres cuartos de Firestone y las imágenes de las hermanas del Hortus. Pero no es necesario acudir a tal ejercicio para engarzar ambos momentos, ya que la propia Firestone urdió su trabazón en el Manifiesto de las Redstockings publicado en 969. Para acabar con las diferencias que mantenían separadas a las mujeres, las Redstockings se centraron en modelar una teoría de la hermandad o sororidad. Con este término se hacía referencia a la conciencia femenina del sometimiento dentro de la estructura patriarcal y a la reacción contra el mismo. El término sororidad, ausente en los diccionarios de la lengua española, procede de la raíz etimológica “sor” (definida como “hermana” casi siempre en relación con el ámbito religioso) y alude a la hermandad de las mujeres en el rechazo del papel que les ha tocado jugar en el guión patriarcal. Todas las mujeres unidas por una experiencia común de opresión, podría ser el lema que convirtió a las Redstockings en uno de los grupos más representativos del activismo feminista.

Desde 1967 los grupos en los que militó Shulamith Firestone bien fuera junto a Pan Allen (en el NYRW) Anne Koedt (en el NYRF) o Ellen Willis (en Redstockings) protagonizaron acciones de desobediencia civil en las que se empleaban métodos creativos para despertar la autoconciencia de las mujeres.

CABEZAS DE CERDO EN BANDEJA

Esta creatividad activista no pretendía ser arte, aunque sí utilizaba herramientas propias de él como los happening, las performances o el teatro de calle. Las componentes de WITCH emularon aquelarres en Wall Street y ante la sede de la Union Fruit Company , se pasearon desnudas portando bandejas con cabezas de cerdo durante la convención del partido demócrata en 1968, aunaron esfuerzos con el Women’s Liberation Movement (WLM) para boicotear el concurso de belleza de Miss America en Atlantic City, tiraron simbólicamente a la basura sujetadores, fajas, cosméticos y zapatos de tacón, asaltaron la Feria Nupcial de Nueva York de 1969…

Todas estas acciones tuvieron como denominador común el cruce entre creatividad plástica, práctica comunitaria y activismo político al asalto de instituciones clave en la dominación patriarcal. Formas de protesta social que fueron en sí estructuras estéticas y cuyo éxito dependía de su efectividad artística pero, al mismo tiempo, superaban los límites de la estética al influir en la opinión pública y a través de ella en la política. No cabe duda de que esto último sucedió: muchas mujeres fueron tomando las riendas de su vida y motivaron a otras a hacer lo mismo, se construyeron redes más amplias, agendas más completas y se multiplicaron las organizaciones, las protestas, marchas y manifestaciones.

En el año 1959 Simone de Beauvoir escribía: “A lo largo de la Historia las mujeres no han ganado más que lo que los hombres han querido concederles; no han tomado nada, han recibido” . Y esto, a juicio de la filósofa francesa, se debía a que entre las mujeres no había solidaridad ni sentimiento de unidad: “Viven dispersas entre los hombres, conectadas por el hábito, el trabajo, los intereses económicos y la condición social a algún hombre más estrechamente que a otras mujeres”. Diez años después de que Beauvoir describiera esta situación todo empezaba a cambiar gracias a la consrucción de la sororidad y de la pronunciación del “nosotras” como declaración de principios. El relevo de las Redstockings o de WITCH fue tomado por las Guerrilla Girls, las Pussy Riot, Femmen…

Kathleen Hanna y sus compañeras de Bratmobile escribían: “Porque nosotras, las chicas, ansiamos discos y libros y fanzines que nos hablen a nosotras y en los que nosotras nos sintamos incluidas y comprendidas”. Los nueve siglos que han pasado entre las líneas del Riot Grrrl Manifesto y el El Hortus Deliciarium confirman que cuando las mujeres son capaces de pensarse como colectivo no es necesario pedir permiso para hacer la revolución. Sólo añadir a este lance final una proclama a su altura, la de las chicas rojas e intelectuales del 69, las Redstockings:

“Convocamos a todas nuestras hermanas a unirse con nosotras en lucha. Llamamos a todos hombres a dejar su privilegio masculino y apoyar la liberación de las mujeres para el interés de la humanidad y de ellas mismas. El tiempo de las pequeñas batallas individuales ha pasado. Ahora vamos hasta el fin”.

Fuente original de este artículo [en línea]: http://mas.asturias24.es/secciones/lecturas/noticias/permiso-para-hacer-la-revolucion/1409725780

Autora del artículo: Susana Carro Fernández
Susana Carro Fernández (Mieres, 1971) es Doctora en Filosofía por la Universidad de Oviedo con la tesis que lleva por título Del arte feminista al arte femenino. Tiene en su haber tres obras publicadas: Educación para la igualdad de oportunidades (Ediciones FMB, 2001), Tras las huellas de El segundo sexo en el pensamiento feminista contemporáneo (KRK Ediciones, 2002) y Mujeres de ojos rojos (Editorial Trea, 2010). Actualmente coordina la edición del volumen Salud sexual y reproductiva y opciones de maternidad, de próxima publicación en la Editorial Trabe. En la actualidad es miembro de la asociación Deméter, colabora con la Universidad de Oviedo en tareas de investigación sobre estudios de género y escribe en publicaciones como las revistas Koré de Historia y Pensamiento de Género y la Revista Internacional de Culturas y Literaturas. En el presente desarrolla su actividad profesional como docente en el Instituto de Enseñanza Secundaria de Candás, Asturies.

Camille Claudel, la escultora de la tumba sin nombre – Arte secreto

Detalle de un retrato de juventud de Camille Claudel | Crédito: Wikipedia

Detalle de un retrato de juventud de Camille Claudel | Crédito: Wikipedia

Durante siglos, las mujeres artistas no han tenido fácil destacar en un mundo que, al igual que en el resto de los ámbitos, ha estado dominado siempre por hombres.

[Relacionado: Sofonisba Anguissola, la única pintora del Prado]

Sin importar su talento, muchas de estas mujeres dotadas para la pintura, la escultura u otras artes fueron relegadas a un segundo plano, a menudo eclipsadas por sus contemporáneos varones, hasta que la crítica y la historiografía moderna las fue rescatando, poco a poco, del olvido.

En algunos casos la obra de estas mujeres sí fue reconocida en su momento, aunque no ocurrió lo mismo con su forma de vida bohemia, libre e independiente, demasiado adelantada para su tiempo.

Eso es precisamente lo que le sucedió a la francesa Camille Claudel Camille Claudel(1864-1943), una genial escultora que consiguió el éxito de la crítica, pero cuya vida personal estuvo marcada por la desesperación, la enfermedad y el desamor, así como por el rechazo de su familia y el fracaso de su relación con los hombres.

Claudel (izda.) en el taller de Rodin | Crédito: Wikipedia.

Claudel (izda.) en el taller de Rodin | Crédito: Wikipedia.

Hermana del célebre poeta y diplomático Paul Claudel, Camille sintió desde muy joven la atracción por la escultura, iniciando sus estudios junto a Paul Dubois –por aquel entonces director de la Escuela de Bellas Artes de París–, y más tarde en la Academia Colarussi, también en la capital del Sena.
Fue en aquella etapa parisina, en 1883, cuando la joven Camille conoció al genial escultor Auguste Rodin, en cuyo taller comenzó a trabajar. La relación entre ambos fue en un principio la habitual entre un discípulo y su maestro, pero no pasó mucho tiempo antes de convertirse en algo más.
Con su singular y delicada belleza, su pasión juvenil y su particular temperamento, Camille no tardó en convertirse en la musa, modelo y amante de su maestro, a quien también ayudó en algunas de sus obras más famosas, como las imponentes y monumentales ‘Puertas del Infierno’.
Por desgracia para la joven artista, el corazón de Rodin pertenecía a otra mujer, Rose Beuret, con quien acabaría casándose al final de su vida. Pese a todo, Camille mantuvo la relación con su maestro –que le superaba ampliamente en edad– durante varios años.
En todo aquel tiempo las peleas, rupturas y reconciliaciones fueron continuas y habituales, pero paradójicamente sirvieron para espolear el espíritu creativo de ambos artistas. Un buen ejemplo de ello es la escultura de Camille ‘L’Âge Mûr’ (La edad madura), en la que la joven se representó a sí misma de rodillas ante Rodin, quien aparece dándole la espalda mientras un ángel-demonio (Rose) le aparta de su lado.
Camille llegó a quedar embarazada y, a pesar de que Rodin le prometió por escrito que se casaría con ella, el maestro nunca cumplió su palabra. Este rechazo, unido al aborto que sufrió, llevaron a Camille a romper con Rodin en 1892, aunque seguiría viéndole a menudo durante otros seis años.
Tras la ruptura con Rodin, la escultora inició una nueva relación sentimental con el músico Claude Debussy, que acabó de nuevo en fracaso, pues también él mantenía relaciones con otras mujeres al mismo tiempo.

'La edad madura', una de las obras maestras de Claudel | Crédito: Flickr! - Kwong Yee Cheng.

‘La edad madura’, una de las obras maestras de Claudel | Crédito: Flickr! – Kwong Yee Cheng.

A diferencia de su atormentada vida sentimental –que lógicamente fue haciendo mella en el ánimo de la artista–, su carrera artística parecía imparable, pues la crítica se deshacía en elogios hacia su obra. No obstante, Camille siempre sintió que seguían considerándola como una simple discípula de Rodin.

Para aquel entonces –comienzos de siglo XX–, Claudel ya había comenzado a sufrir crisis nerviosas, que en ocasiones la llevaron a destruir algunas de sus obras ante la atónita mirada de críticos y admiradores.
Su estado mental fue empeorando con el tiempo, pues se encerró en su piso de la calle Bourbon de París, donde vivía rodeada de gatos y gritaba a todas horas. Aunque la mayor parte de su familia –y en especial su madre y hermana– quisieron ingresarla en una institución psiquiátrica, su padre se opuso hasta su muerte, ocurrida en marzo de 1913.
Fue entonces cuando sus familiares consiguieron internarla en un manicomio –primero en el sanatorio de Ville-Evrard, y más tarde en el de Montdevergues, en Avignon–, donde permanecería encerrada treinta años, hasta sus últimos días.

Detalle de 'El Vals', hoy en el Neue Pinakothek de Munich | Crédito: Flirck! - Gaetanku

Detalle de ‘El Vals’, hoy en el Neue Pinakothek de Munich | Crédito: Flirck! – Gaetanku

Camille había llevado una forma de vida que resultaba inaceptable para una mujer a ojos de la rígida moral de la época –siempre, además, a espaldas de parte de su familia–, así que su madre y su hermana vieron en su enfermedad mental la ocasión perfecta para deshacerse de su incómodo comportamiento.
Ni siquiera cuando años después parecía haber recobrado la salud y suplicó a su hermano Paul que la sacara de aquel lugar hicieron caso a sus ruegos. De hecho, la familia prohibió tajantemente que pudiera recibir visitas de sus antiguos amigos y admiradores. Así pasó el resto de sus días, hasta su muerte en 1943.

Incluso entonces fue víctima del olvido, pues acabó enterrada en una tumba sin nombre, en el propio camposanto del manicomio. Cuando su hermano Paul falleció en 1955, algunos familiares y admiradores decidieron recuperar sus restos y darle una sepultura digna. Pero ya era tarde. Unas obras en el sanatorio habían removido el lugar del enterramiento, y sus restos habían desaparecido.

[Relacionado: Artemisia Gentileschi: la pintora seducida y robada por su maestro ]

Hoy un humilde monumento recuerda en el cementerio de Montfavet a la genial escultora, cuyas obras se encuentran repartidas por museos de todo el mundo, mostrando el producto de un talento que nada tiene que envidiar al de quien un día fue su compañero, amante y maestro.

Fuente original: Camille Claudel, la escultora de la tumba sin nombre – Arte secreto [En línea]https://es.noticias.yahoo.com/blogs/arte-secreto/camille-claudel-la-escultora-la-tumba-sin-nombre-124458276.html [Consulta: 24/06/2014]

Louise Michel, vida revolucionaria en la Comuna de París

Mujeres combatientes en la Comuna de París

Mujeres combatientes en la Comuna de París

“No quiero defenderme, no quiero ser defendida; pertenezco por entero a la revolución social y declaro aceptar la responsabilidad de todos mis actos; la acepto sin restricción […]. “No me ofendáis, no me degradéis con un perdón que ni quiero, ni necesito, ni merezco. He luchado con los que más han luchado, he disparado junto con los que más lo han hecho…”.

Ni un paso atrás en su compromiso con la Comuna de París. Con esta valentía se incriminaba Louise Michel de las acusaciones del tribunal que la juzgaba tras la sublevación popular parisina. Un carácter indomable el de esta pedagoga, escritora, poeta, periodista, activista y agitadora que fue una de las protagonistas principales de la primera revolución obrera de la Historia, una experiencia de autogestión ciudadana que sólo duró 2 meses pero que aún se conmemora periódicamente con iniciativas tan creativas como la de Raspouteam.

Cubierta de las memorias de Louise Michel sobre la Comuna de París, libro publicado por LaMalatesta Editorial

Cubierta de las memorias de Louise Michel sobre la Comuna de París, libro publicado por LaMalatesta Editorial

No puede decirse lo mismo de Louise Michel, una revolucionaria ignorada cuando no despreciada todavía por el patriarcado. La editorial LaMalatesta la rescata del olvido con la traducción al español de sus memorias sobre la Comuna de París, una edición cuidada que reivindica el valor histórico de una mujer libre, transgresora y avanzada a a su tiempo al defender la dignidad de las clases populares y la igualdad entre hombres y mujeres.
Las memorias de Louise Michel son una crónica tan apasionada como precisa y detallada de los hechos de la Comuna de París, desde el contexto político que desemboca en el alzamiento popular a la represión feroz que desencadena el poder burgués tras la caída de la Comuna. Gracias a la reproducción de manifiestos, proclamas y testimonios de quienes compartieron la experiencia con ella, reconstruye el día a día para “revivir el tiempo de la lucha y la libertad, que fue mi verdadera existencia” dice. “Y sin apenas contar nada mío” por el fastidio de hablar sobre ella misma.

a igualdad entre hombres y mujeres en la Comuna de París

a igualdad entre hombres y mujeres en la Comuna de París

El relato de Louise Michel también incluye su experiencia en Nueva Caledonia, colonia francesa en el Pacífico, tras el destierro como condena por su participación en las revueltas. Un período en el que defenderá las reivindicaciones de los indígenas contra la opresión de los colonizadores, una actitud rechazada por sus compañeros de destierro. También allí se convertirá en anarquista: “el poder está maldito y por eso soy anarquista”. Y completa: “llegadas al poder, las personas no pueden hacer otra cosa que cometer crímenes si son débiles o egoístas; o ser aniquiladas si son abnegadas y enérgicas”. En 2009, la tv movie Louise Michel, la rebelle de Solveig Anspach , recuperaría esta fase de su vida.

La igualdad entre hombres y mujeres en la Comuna de París

De Louise Michel la prensa de la época decía que era “la imagen revolucionaria de la Comuna” por el protagonismo asumido desde el principio: “puede decirse que era su inspiradora, incluso el soplo revolucionario” se escribía. Pero ella no fue la única mujer que defendió con firmeza aquellas ideas y principios. Con esta rebelión las mujeres irrumpen por primera vez en las calles, en el espacio público: “Los ejércitos de la Comuna también fueron mujeres, que se portaron como heroínas, pero sólo algunas fueron conocidas” explica Louise Michel.

Enfermeras y camilleras que cuidaban a los heridos, maestras para las que la enseñanza era un instrumento de liberación personal de la clase obrera, pero también combatientes que lucharon en las barricadas y las murallas por a defensa de la ciudad. “Las mujeres eran numerosas entre las más implacables luchadoras que combatieron la invasión y defendieron la República”. Y añade Louise Michel: “Las mujeres no se preguntaban si una cosa era posible, sino si era útil, y entonces lograban llevarla a cabo”.

Con esa ruptura del rol de la mujer en la época, aparece la leyenda de las petroleras, las mujeres que quemaban París para cubrir la retirada de las tropas comuneras. “Sobre las petroleras circularon las más locas leyendas. No hubo petroleras: las mujeres lucharon como leonas; peró sólo me vi a mi misma gritando: ¡Fuego!”. Y de nuevo se incrimina: “En cuanto al incendio de París, sí, he participado. Quería combatir con una barrera de llamas a los invasores de Versalles. No tengo cómplices en esta acción, he actuado por mi propio impulso”.

La Comuna, un estallido popular contra las desigualdades

Frente a las pretensiones imperialistas, la paz entre los pueblos. Contra la monarquía, la república. De la imposición del orden burgués a la libertad de la autogestión obrera. Frente a los privilegios de clase, la igualdad para todas las personas. Por primera vez en la Historia, la clase obrera es la protagonista de una revolución política.

La rebelión de las multitudes parisinas en 1871 se erige en referente de la lucha contra el autoritarismo y las desigualdades. Con una organización política que se construye desde abajo gracias a la actividad constante de las asambleas vecinales en los barrios de la ciudad. En un contexto de vacío de poder, el pueblo de París no se rinde, toma las armas y se organiza contra el gobierno huido a Versalles y el asedio de las tropas prusianas vencedoras de la guerra contra el imperio de Napoleón III.

Pintura de Jules Girardet que muestra a Louise Michel hablando a los comuneros

Pintura de Jules Girardet que muestra a Louise Michel hablando a los comuneros

Pintura de Jules Girardet que muestra a Louise Michel hablando a los comuneros
Louise Michel a los comuneros, obra de Jules Girardet
“Se quería todo a la vez: artes, ciencias, literatura, descubrimiento; la vida resplandecía. Todos teníamos prisa por escapar del viejo mundo”, según Louise Michel. Y por fundar una sociedad de personas libres que derribara los privilegios del antiguo régimen. Por ello se adoptaron una serie de medidas sociales para promover la igualdad, entre las que también destacaron medidas laicistas para la separación Iglesia- Estado. Casi un siglo y medio después, muchas de esas aspiraciones no han perdido vigencia: sigue la lucha por la dignidad y la justicia social contra el neoliberalismo imperante.

La experiencia revolucionaria sólo duró 2 meses. La Comuna fue atrevida en sus planteamientos, pero débil al defenderse de sus enemigos. Y es que la moderación, la permisividad y la ingenuidad respecto al gobierno de Versalles contribuyeron de forma decisiva a la restitución del orden burgués con la complicidad del ejército prusiano, que quería evitar el contagio de la sublevación al resto de Europa en un momento de nacimiento del movimiento obrero. Después llegaría el baño de sangre, con la ejecución de más de 40.000 comuneros y 5.000 deportados.

La Commune (Paris, 1871), de Peter Watkins

La Commune (Paris, 1871), de Peter Watkins

La Commune (Paris, 1871), de Peter Watkins


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La última película de Peter Watkins es una recreación de seis horas de duración de la historia de la Comuna de París […]. Esta obra tardía perfecciona los principales métodos y objetivos cinematográficos del director: hechos históricos recreados con el estilo de los reportajes informativos de televisión, colaboración con actores amateurs que se identifican realmente con los puntos de vista expresados por los personajes que interpretan y los complementan con cuestiones contemporáneas, la creación cinematográfica entendida como proceso abierto que implica a todos los que forman parte de él, la posibilidad de que el público participe en la distribución de la información y en debates sociales, y un ejemplo cinematográfico de activismo político que estimula la identificación activa con una determinada postura en lugar de la observación pasiva.

Fuente: Macba

Fuente Original: Louise Michel, vida revolucionaria en la Comuna de París – Cultura en acción [en línea] http://www.culturaenaccion.com/louise-michel/ Consulta: 24/06/2014

Opinión de Angeles Caso

Viejas pintoras

Magazine | 28/02/2014 -Ángeles Caso

Se acerca el día de la Mujer, y algunos amigos me piden que escriba sobre las viejas pintoras, aquellas que, a lo largo de los siglos, triunfaron en algún momento como artistas, pero que, sin embargo, han sido tachadas de los cánones. Silenciadas como si jamás hubieran existido. Como historiadora del arte (que lo soy por formación universitaria y por vocación), he dedicado mucho tiempo a buscarlas y estudiarlas, constatando de paso la injusticia a la que sus obras han sido sometidas.

Ahí está, por ejemplo, Sofonisba Anguissola, retratista en la corte de Felipe II, cuyos lienzos han colgado durante décadas en el Museo del Prado bajo el nombre de otros pintores de la época, por supuesto varones. Elisabetta Sirani, comparada en vida al famoso Guido Reni. Elisabetta Sirani que a menudo ha sido confundida con el cotizadísimo Frans Hals. O Artemisia Gentileschi, millonaria en el siglo XVII gracias al éxito en media Euro­pa de su trabajo.

Ahí están las grandes artistas del XVIII, codiciadas en todas las cortes europeas: Rosalba Carriera, Adélaïde Labille-Guiard, Elisabeth Vigée-Le Brun, Anne Valayer-Coster, Angelica Kauffmann y Anna Dorothea Therbusch. O aquellas que pintaron en la Francia revolucionaria y napoleónica, triunfando con sus retratos de la burguesía ascendente o sus escenas de género, como Marie-Geneviève Bouliard, Marie-Gabrielle Capet o Marguerite Gérard.

Y, claro, las decimonónicas, Emily Mary Osborn –protegida de la reina Victoria–, Rosa Bonheur –riquísima gracias a sus cuadros de animales–, o las tres impresionistas, Berthe ­Morisot, Eva Gonzalès y Mary Cassatt, admiradas incluso por sus misóginos colegas. Todas ellas fueron las antepasadas de las pintoras del siglo XX, muchas veces igualmente ninguneadas por aquellos –y aquellas– que deciden cánones y marcan cotizaciones.

He mencionado tan sólo a un pequeño número de todas las que fueron. Artistas importantes, no peores –a veces, incluso mejores– que muchos de los hombres cuyas obras cuelgan en los lugares más destacados de los museos. Mujeres sin duda valientes, que lucharon contra las presiones sociales, pero que han sido muy mal tratadas por la posteridad. Pintoras incluso saqueadas, cuyas obras a veces han sido atribuidas a pinceles masculinos. Sólo en estos últimos años, gracias al esfuerzo de muchos historiadores rebeldes, su valor empieza a salir a la luz. Quienes las admiramos deseamos que pronto, también en este ámbito, se logre la igualdad.

Fuente original: http://www.lavanguardia.com/magazine/20140228/54401670602/opinion-angeles-caso-magazine.html#.UyXT94uMETI.facebook

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