Permiso para hacer la revolución

Una visión de la mujer como ‘sororidad’, como colectivo de hermanas, desde la comunidad de monjas que compusieron en el siglo XII el ‘Hortum Deliciarum’ hasta las modernos grupos de activismo feminista

Un instante del siglo XII: el momento en el que sesenta monjas, fatigadas sus miradas, manos e intelecto, terminan El Hortus Deliciarum. Tras treinta años de trabajo se detienen y posan: “Aquí estamos, nosotras fuimos las autoras de este libro”.

mujeres masonas

A la derecha aparece una figura preeminente, se trata de Herralda, la abadesa del scriptorium de Hohenburg, quien sostiene un pergamino en el que podemos leer la siguiente dedicatoria: “Herralda, por gracia de Dios abadesa de la iglesia de Hohenburg, aunque indigna, augura la gracia y la gloria del Señor a las dulcísimas vírgenes de Cristo (…). Para vuestra santidad os ofrezco este libro, que se titula Jardín de delicias”. Consciente de que su obra era un esfuerzo coral, quiso recompensar el trabajo de las novicias representándolas para la posteridad tal y como eran: unas jóvenes y otras ancianas, altas o encorvadas, cada una con su tocado particular, su nombre propio y singularidad intransferible. El Hortus fue una obra hecha en colaboración por las mujeres de la orden (las trescientas treinta y seis ilustraciones miniadas que recogen desde temas filosóficos, teológicos, históricos y literarios hasta escenas de la vida cotidiana en torno al convento de Hohenburg nos hablan de un trabajo desarrollado en equipo) y para las mujeres de la orden (con este “libro de texto” se las instruía en la lectura, en el aprendizaje de la, la composición e interpretación de textos, el estudio del latín y el aprendizaje de las técnicas para realizar miniaturas).

Pero si algo resulta sorprendente de esta imagen del siglo XII es que retrata el fin de una época: una época en la que, al menos intramuros, las mujeres se reconocen como maestras cultas y alumnas atentas, como sujetos ilustrados hermanadas, en este caso, por su valía intelectual.

DE HERRALDA A SHULAMIT

No años, sino siglos después nos encontramos con la fotografía de una joven que con sus enormes ojos miopes mira atentamente a la cámara de Michael Hardy. Su aspecto físico delata la época que corre, finales de los sesenta, pero jamás podríamos derivar de él la vasta experiencia política que esta mujer atesora: a los 23 años ha fundado tres de las organizaciones feministas más importantes de Nueva York, el New York Radical Women, Redstockings y la organización New York Radical Feminist. Ella es Shulamith Firestone y tras el éxito de su Dialéctica del sexo, publicada a los veintiséis años, abandonará la vida pública.

mujeres masonas

Podríamos ahora buscar un paralelismo entre la imagen del siglo XII y la fotografía de 1970, hacer un ejercicio literario que capture las similitudes entre la foto de tres cuartos de Firestone y las imágenes de las hermanas del Hortus. Pero no es necesario acudir a tal ejercicio para engarzar ambos momentos, ya que la propia Firestone urdió su trabazón en el Manifiesto de las Redstockings publicado en 969. Para acabar con las diferencias que mantenían separadas a las mujeres, las Redstockings se centraron en modelar una teoría de la hermandad o sororidad. Con este término se hacía referencia a la conciencia femenina del sometimiento dentro de la estructura patriarcal y a la reacción contra el mismo. El término sororidad, ausente en los diccionarios de la lengua española, procede de la raíz etimológica “sor” (definida como “hermana” casi siempre en relación con el ámbito religioso) y alude a la hermandad de las mujeres en el rechazo del papel que les ha tocado jugar en el guión patriarcal. Todas las mujeres unidas por una experiencia común de opresión, podría ser el lema que convirtió a las Redstockings en uno de los grupos más representativos del activismo feminista.

Desde 1967 los grupos en los que militó Shulamith Firestone bien fuera junto a Pan Allen (en el NYRW) Anne Koedt (en el NYRF) o Ellen Willis (en Redstockings) protagonizaron acciones de desobediencia civil en las que se empleaban métodos creativos para despertar la autoconciencia de las mujeres.

CABEZAS DE CERDO EN BANDEJA

Esta creatividad activista no pretendía ser arte, aunque sí utilizaba herramientas propias de él como los happening, las performances o el teatro de calle. Las componentes de WITCH emularon aquelarres en Wall Street y ante la sede de la Union Fruit Company , se pasearon desnudas portando bandejas con cabezas de cerdo durante la convención del partido demócrata en 1968, aunaron esfuerzos con el Women’s Liberation Movement (WLM) para boicotear el concurso de belleza de Miss America en Atlantic City, tiraron simbólicamente a la basura sujetadores, fajas, cosméticos y zapatos de tacón, asaltaron la Feria Nupcial de Nueva York de 1969…

Todas estas acciones tuvieron como denominador común el cruce entre creatividad plástica, práctica comunitaria y activismo político al asalto de instituciones clave en la dominación patriarcal. Formas de protesta social que fueron en sí estructuras estéticas y cuyo éxito dependía de su efectividad artística pero, al mismo tiempo, superaban los límites de la estética al influir en la opinión pública y a través de ella en la política. No cabe duda de que esto último sucedió: muchas mujeres fueron tomando las riendas de su vida y motivaron a otras a hacer lo mismo, se construyeron redes más amplias, agendas más completas y se multiplicaron las organizaciones, las protestas, marchas y manifestaciones.

En el año 1959 Simone de Beauvoir escribía: “A lo largo de la Historia las mujeres no han ganado más que lo que los hombres han querido concederles; no han tomado nada, han recibido” . Y esto, a juicio de la filósofa francesa, se debía a que entre las mujeres no había solidaridad ni sentimiento de unidad: “Viven dispersas entre los hombres, conectadas por el hábito, el trabajo, los intereses económicos y la condición social a algún hombre más estrechamente que a otras mujeres”. Diez años después de que Beauvoir describiera esta situación todo empezaba a cambiar gracias a la consrucción de la sororidad y de la pronunciación del “nosotras” como declaración de principios. El relevo de las Redstockings o de WITCH fue tomado por las Guerrilla Girls, las Pussy Riot, Femmen…

Kathleen Hanna y sus compañeras de Bratmobile escribían: “Porque nosotras, las chicas, ansiamos discos y libros y fanzines que nos hablen a nosotras y en los que nosotras nos sintamos incluidas y comprendidas”. Los nueve siglos que han pasado entre las líneas del Riot Grrrl Manifesto y el El Hortus Deliciarium confirman que cuando las mujeres son capaces de pensarse como colectivo no es necesario pedir permiso para hacer la revolución. Sólo añadir a este lance final una proclama a su altura, la de las chicas rojas e intelectuales del 69, las Redstockings:

“Convocamos a todas nuestras hermanas a unirse con nosotras en lucha. Llamamos a todos hombres a dejar su privilegio masculino y apoyar la liberación de las mujeres para el interés de la humanidad y de ellas mismas. El tiempo de las pequeñas batallas individuales ha pasado. Ahora vamos hasta el fin”.

Fuente original de este artículo [en línea]: http://mas.asturias24.es/secciones/lecturas/noticias/permiso-para-hacer-la-revolucion/1409725780

Autora del artículo: Susana Carro Fernández
Susana Carro Fernández (Mieres, 1971) es Doctora en Filosofía por la Universidad de Oviedo con la tesis que lleva por título Del arte feminista al arte femenino. Tiene en su haber tres obras publicadas: Educación para la igualdad de oportunidades (Ediciones FMB, 2001), Tras las huellas de El segundo sexo en el pensamiento feminista contemporáneo (KRK Ediciones, 2002) y Mujeres de ojos rojos (Editorial Trea, 2010). Actualmente coordina la edición del volumen Salud sexual y reproductiva y opciones de maternidad, de próxima publicación en la Editorial Trabe. En la actualidad es miembro de la asociación Deméter, colabora con la Universidad de Oviedo en tareas de investigación sobre estudios de género y escribe en publicaciones como las revistas Koré de Historia y Pensamiento de Género y la Revista Internacional de Culturas y Literaturas. En el presente desarrolla su actividad profesional como docente en el Instituto de Enseñanza Secundaria de Candás, Asturies.